Hay un dato que me ronda desde hace semanas, y no es una cifra: es una palabra. Singularidad. Ese momento (mitad ciencia, mitad teología secular) en el que la inteligencia artificial y los robots superarían las capacidades humanas y entrarían en un bucle de automejora hacia el infinito. Lo que hace unos años era una idea de frontera, casi de tertulia friki, hoy ocupa portadas y conversaciones serias. Y, como suele pasar cuando un debate se vuelve mainstream, ha terminado partido en dos extremos.
A un lado, los que están convencidos de que la singularidad nos lleva a la extinción de la especie, una visión distópica que se expresa con una fórmula que se ha puesto de moda: p(doom) = 1. Al otro, los que tienen la predisposición utópica de que esa misma singularidad nos hará ricos más allá de nuestros sueños. Los economistas del BCG Center for Macroeconomics —Philipp Carlsson-Szlezak y Paul Swartz— bautizan ese segundo extremo, con guasa, como p(bling) = 1. Y dedican su última «Macroscope» a algo que me parece sano: poner los dos extremos sobre la mesa y preguntarse, con calma, cuánto de cada uno hay que creerse.
Te lo cuento porque, aunque suene a debate de filósofos de Silicon Valley, todo esto aterriza tarde o temprano en tu patrimonio. Si la IA fuera a destruir el trabajo de forma masiva, las implicaciones para el consumo, los salarios y las valoraciones de medio mundo serían descomunales. Y si fuera a hacernos infinitamente ricos, también. Así pues, conviene entender qué dicen los datos antes de dejar que los titulares decidan por nosotros.
Lo que la historia le hace a la curva
Empecemos por el gráfico que abre el informe, porque me parece el más honesto de los tres. Los autores toman una idea que ya había puesto sobre papel la propia Reserva Federal de Dallas —gente sobria, como ellos mismos reconocen— y le superponen una selección de los grandes inventos de los dos últimos siglos.

¿Qué se ve? Una curva de crecimiento del PIB per cápita que sube de forma notablemente constante desde 1870, en escala logarítmica, con los grandes hitos tecnológicos repartidos a lo largo del camino: el coche, la electricidad, el fertilizante, el avión, el transistor, la penicilina, el circuito integrado, el ordenador personal, internet, el smartphone. Y aquí está el detalle que importa: ninguno de esos inventos —ni uno solo— provocó una desviación apreciable de la trayectoria histórica. La curva siguió su camino como si tal cosa. Al final del gráfico, eso sí, las tres líneas se abren en abanico: la rama del p(doom)=1 que se desploma, la del p(bling)=1 que se dispara hacia el infinito, y una intermedia, más sobria, etiquetada como tendencia impulsada por la IA.
La lectura de los autores —y la mía— es que doblar esa curva hacia arriba es endiabladamente difícil. La historia no garantiza que la IA no vaya a ser distinta; puede serlo. Pero recuerda lo dura que es la roca contra la que han chocado todas las revoluciones anteriores. De hecho, ese es el primer antídoto contra el delirio en ambas direcciones: la inercia de la curva.
¿Significa eso que el p(doom) es cero? No. Y aquí los economistas del BCG hacen algo que se agradece: no se ponen el disfraz de profeta. Reconocen que no pueden afirmar p(doom)=0, sencillamente porque no es falsable. No se puede demostrar que una IA creada para ser «como un humano» no acabe haciendo lo más humano del mundo: intentar dominar a la siguiente especie en la cadena evolutiva. Y subrayan que no son los vendedores y showmen de la era IA quienes han firmado las advertencias más serias, sino científicos con credibilidad —Geoffrey Hinton, Demis Hassabis— que se sintieron obligados a alertar del riesgo existencial. Así pues, el riesgo distópico no se descarta; se toma en serio, pero sin dejar que distorsione la lectura del escenario más probable.
Del otro extremo, el del p(bling)=1, son igual de escépticos, y por razones que tienen menos de poesía y más de fontanería. Para que todo sea gratis por capacidad infinita harían falta demasiadas cosas a la vez: que la tecnología llegue, que la infraestructura llegue, que aprendamos a usarla, que la sociedad la acepte en sus preferencias y a través del sistema político. Cada obstáculo, en cierto modo, es más difícil que el anterior. Tal vez algún día alguna versión de esto resulte cierta, pero el calendario que sugieren las narrativas de la singularidad es, sencillamente, poco creíble.
La tecnología es deflacionaria (y eso lo cambia casi todo)
Aquí llegamos al corazón del argumento, y es el que de verdad merece atención. La tecnología es genuinamente deflacionaria. Suena técnico, pero es de una lógica casi doméstica: un avance tecnológico genera crecimiento de la productividad ahorrando trabajo, lo que empuja una competencia de costes y precios que muchas veces erosiona los márgenes de las empresas y eleva la renta real de los consumidores. ¿Y qué hace la gente con esa renta extra? La gasta. En bienes nuevos y —sobretodo— en servicios. Lo cual, a su vez, crea empleo nuevo.
El segundo gráfico ilustra esa cascada con un ejemplo que vale mil ecuaciones.

A la izquierda, la naturaleza deflacionaria de la tecnología en acción: la proporción de americanos que trabajaban en una granja y la proporción de su presupuesto que se iba en comida, ambas partiendo de cerca del 50% allá por 1870 y cayendo de forma sostenida durante un siglo y medio. Mecanización, fertilizantes, revolución verde, modificación genética... una sucesión de avances que abarataron el alimento y liberaron renta. Hoy menos del 1% de los americanos trabaja en el campo y solo se gasta en torno al 12% de la renta en comer. A la derecha, lo que pasó con todo ese trabajo y toda esa renta liberados: las nóminas no agrícolas de Estados Unidos no han parado de subir desde mediados del siglo XX, hacia los 160 millones. Más de 100 millones de empleos nuevos. El «paro tecnológico», dicen los autores con el título del panel derecho, es un mito.
¿Tiene sentido? Para mí, mucho. Es la vieja historia que la economía cuenta una y otra vez y que el inversor de a pie olvida una y otra vez: la destrucción de empleo en un sector visible y antiguo convive con la creación de empleo en sectores que ni siquiera sabíamos nombrar. El problema es que lo destruido sale en la prensa y lo creado tarda años en tener nombre.
Por eso los autores aprovechan para zanjar otro debate que la IA ha resucitado: el de la renta básica universal (UBI). Su argumento tiene una elegancia incómoda. En un mundo de p(bling)=1, el «paro» como medida del bienestar humano queda obsoleto, porque el problema clásico de la economía —asignar recursos escasos— estaría esencialmente resuelto y el precio de una cesta de bienes básicos tendería a cero (piensa en la fuente pública de tu barrio). De ahí la frase que he querido rescatar como cita del artículo: si necesitamos una renta básica para atajar el paro masivo, podremos permitírnosla; y si no podemos permitírnosla, es que en realidad no la necesitamos. Una de esas frases que parecen un juego de palabras y esconden una verdad seria.
Tres espejismos del «ya está pasando»
Llegamos al gráfico que más me ha hecho pensar, porque ataca de frente la sensación de inevitabilidad que destilan los titulares. En estos meses, cada noticia sobre despidos de cuello blanco se toma como prueba de un paro tecnológico que ya está en marcha. Los autores identifican tres «arenques rojos» —tres pistas falsas— y los ponen en tres paneles.

El primer espejismo: sí, el enfriamiento del mercado laboral coincide visualmente con la salida de ChatGPT. Pero una explicación mejor es el principio y el final del ciclo de política monetaria —el endurecimiento y los recortes están marcados en el propio gráfico—. Las vacantes suben y bajan al ritmo de los tipos, no al ritmo de los modelos de lenguaje.
El segundo: sí, el empleo en el sector «información» está cayendo. Pero la descomposición muestra que es una tendencia secular que precede a ChatGPT, y que la sangría no está en los subsectores de tecnología de la información, sino en cosas como los periódicos. De hecho, la contratación en IT se ha estabilizado, no se ha hundido. Estamos confundiendo la decadencia del papel de prensa con la supuesta revolución de la IA.
El tercero, y mi favorito por lo que tiene de honestidad intelectual: sí, el paro juvenil estaba subiendo y la llegada de ChatGPT encaja de forma sospechosamente limpia con esa subida. Solo que después ha caído tanto como había subido. Y aquí los autores lanzan una pregunta que desarma: si vamos a culpar a la IA de la subida del paro, ¿estamos dispuestos a darle el crédito por la bajada? No se puede tener las dos cosas.
Conviene no malinterpretar el mensaje. Esto no significa que la IA no tenga ningún impacto sobre el empleo en ningún sitio. Probablemente lo tenga —igual que crea empleo nuevo en su propio ecosistema—. Pero los titulares sobre decenas de miles de despidos de cuello blanco, por impresionantes que suenen, no mueven la aguja en un mercado laboral donde más de 5 millones de trabajadores entran y salen del empleo cada mes. Si alguien quiere sostener que el apocalipsis laboral de la IA ya está aquí, la evidencia anecdótica no basta.
Y esto qué significa para tu dinero
Permíteme aterrizarlo, que es lo que hacemos en BISSAN con cada idea macro. La conclusión de este informe no es un veredicto sobre la IA; es un antídoto contra los extremos. Y ese antídoto tiene una traducción patrimonial directa.
El inversor que compra la tesis del p(doom) —«esto se acaba, la IA destruye el trabajo y con él el consumo»— tiende a quedarse fuera del mercado, a esperar la catástrofe, a confundir la volatilidad con el riesgo. Desgraciadamente, esos suelen ser los que se pierden los mejores años. El inversor que compra la tesis del p(bling) —«esto lo cambia todo, hay que pagar lo que sea por cualquier cosa que lleve la etiqueta IA»— acaba pagando valoraciones absurdamente caras por promesas con un calendario que, como recuerdan los autores, es poco creíble. Ni el pánico ni la euforia son una estrategia.
Mi lectura es que la historia que cuenta este informe —la cascada deflacionaria, el empleo que se destruye en lo viejo y reaparece en lo nuevo, los ciclos monetarios disfrazados de revoluciones tecnológicas— invita a una postura serena. No a ignorar la IA (sería irresponsable), sino a no dejar que dos extremos ruidosos sustituyan a la disciplina de siempre: planificar, diversificar por estrategias y no perder la paciencia cuando los titulares aprieten. La tecnología lleva siglo y medio doblándole el pulso a los profetas del fin del trabajo. Puede que esta vez sea distinto. El tiempo dirá. Pero yo no apostaría la cartera de una familia a que la curva, por fin, se rompe.
Nota de cumplimiento: este texto es un comentario divulgativo de BISSAN sobre un documento de terceros (BCG Center for Macroeconomics) y no constituye asesoramiento financiero ni una recomendación de inversión. Las cifras y los gráficos proceden del informe original y de las fuentes que en él se citan (Federal Reserve Bank of Dallas, Bureau of Economic Analysis y BCG Center for Macroeconomics); su metodología y conclusiones son responsabilidad de sus autores y no han sido verificadas de forma independiente por BISSAN. Las rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras. Cualquier decisión de inversión debe tomarse en el marco de una planificación financiera adaptada a las circunstancias de cada inversor.
