El equipo de Market Insights de J.P. Morgan Asset Management, encabezado por su estratega jefe para EMEA, Karen Ward, cierra 2025 con una metáfora que vertebra todo su outlook para 2026: hay combustible en el motor. Pese a que el regreso de Trump y la vuelta de las hostilidades comerciales hacían presagiar un año difícil, la renta variable global cierra 2025 con otra ganancia de doble dígito. ¿La razón? Mientras los titulares se llenaban de geopolítica, lo que de verdad movía las bolsas era el chorro creciente de estímulo monetario y fiscal sobre una economía ya de por sí saludable.

El dato que la casa subraya es contundente: nunca antes se habían visto déficits fiscales ni recortes de tipos de esta magnitud fuera de una recesión. En EE. UU., el One Big Beautiful Bill repartirá rebajas fiscales relevantes a comienzos de 2026, que se suman al efecto riqueza de unas bolsas y una vivienda al alza. La Reserva Federal, bajo intensa presión política, parece dispuesta a llevar los tipos de vuelta al entorno neutral que sitúa en torno al 3%.

Europa y Asia se suman a la fiesta

La novedad de 2026 no es EE. UU., sino que el resto del mundo se anima. Alemania, durante años el "enfermo de Europa", lanza un enorme plan de estímulo cuya inversión pública J.P. Morgan espera que crezca un 20% interanual en 2026, abarcando desde defensa hasta infraestructura industrial. El resto de Europa se ha comprometido a elevar el gasto militar al 3,5% del PIB para 2035, con programas como el SAFE de 150.000 millones de euros en préstamos para procurement de defensa. La casa insiste en una idea que comparto: buena parte del diferencial de crecimiento entre EE. UU. y Europa en los últimos quince años se explica simplemente por la falta de estímulo fiscal de este lado.

En Asia, Japón asegura su papel de proveedor de capital barato al mundo con una primera ministra favorable al crecimiento, y China parece haber tocado fondo: el empujón de DeepSeek a sus valores tecnológicos y la estabilización del precio de la vivienda apuntan a un punto de inflexión.

Dos descarrilamientos posibles

Aquí está el matiz que separa este informe de un simple canto al optimismo. Tanto estímulo "en tiempos de paz" no es gratis. La historia enseña que el exceso de liquidez termina aflorando de una de dos formas: inflación (los años setenta, los primeros 2020) o burbujas de activos (los años veinte, los noventa).

Sobre la inflación, J.P. Morgan reconoce su propia humildad: los economistas tienen un historial pésimo prediciendo los repuntes, y el de 2022 no lo vio venir el consenso. El riesgo para 2026 es que, a medida que la actividad gane tracción, los trabajadores se animen a pedir subidas salariales. Si la inflación se reaviva, los bancos centrales tendrían que aparcar los recortes, y el activo más vulnerable sería el dólar —de ahí su insistencia, que suscribo, en pensar muy bien la exposición a divisa.

La concentración tecnológica: alta, pero con red

El segundo descarrilamiento es la burbuja. Y como el riesgo se concentra en la cima tecnológica del mercado, la casa le dedica un capítulo entero. Lo primero es entender el ecosistema de la IA, cada vez más interdependiente.

Esquema de J.P. Morgan (Exhibit 7) sobre el ecosistema de la IA, dispuesto en tres bloques horizontales con tres columnas (Demand flow / Key players / Critical inputs). En la cúspide, los usuarios empresariales y particulares; debajo, en bloque naranja, los "AI architects" (Anthropic, Mistral, OpenAI, xAI), que demandan capacidad de cómputo; en verde, los "hyperscalers" (Alphabet, Amazon, Meta, Microsoft, Oracle), con enormes necesidades de energía y refrigeración para los centros de datos; y en morado, el hardware (AMD, ASML, Broadcom, Nvidia, TSMC), dependiente de tierras raras críticas para la cadena de suministro de semiconductores.

La comparación con la burbuja puntocom es inevitable, pero J.P. Morgan la matiza con cuatro lentes. Valoración: el S&P 500 cotiza a 23x beneficios a doce meses y el sector tecnológico a 31x —alto, pero todavía por debajo del pico de 2000—. Salud financiera: aquí está la gran diferencia. Frente a los balances endebles de hace veinticinco años, Amazon, Apple, Alphabet, Meta, Microsoft y Nvidia se sientan hoy sobre una caja de 450.000 millones de dólares. El problema es que el capex comprometido empieza a comerse esa hucha.

Gráfico de J.P. Morgan (Exhibit 10) del gasto de capital de los cinco grandes hyperscalers estadounidenses de IA. Las barras azules (capex total, en miles de millones de USD, eje izquierdo) crecen desde casi cero a principios de los 2000 hasta unos 270.000 millones en 2024, y las barras de previsión (rayadas) saltan a unos 525.000, 590.000 y 605.000 millones hacia 2028. La línea naranja (porcentaje del flujo de caja operativo, eje derecho hasta 90) sube de forma sostenida hasta situarse en torno al 70-80% en el tramo de previsión.

Las otras dos lentes son la estructura de mercado —las salidas a bolsa son mucho menos exuberantes que en 1999, cuando el retorno mediano del primer día fue del 57% frente al 7% de media histórica— y los beneficios, que esta vez sí han acompañado a las cotizaciones, con márgenes del sector tecnológico que duplican los del índice. La pregunta que lo gobierna todo, y que la casa formula sin pudor, es si la demanda final acelerará lo bastante rápido para rentabilizar semejante inversión. Por ahora, solo el 5% de los 800 millones de usuarios de ChatGPT paga, y apenas el 9% de las empresas estadounidenses usa IA para producir.

Diversificar selectivamente: el mundo más allá de EE. UU.

La respuesta de J.P. Morgan a esta incertidumbre no es apostar fuerte en ninguna dirección, sino diversificar. Y aquí el informe se vuelve útil para un inversor europeo, porque la diversificación regional ya pagó en 2025.

Doble gráfico de J.P. Morgan (Exhibits 17 y 18). A la izquierda, retornos totales en lo que va de año en euros: lideran "Europe defence" y "Europe banks", seguidos de España e Italia, con el conjunto de EE. UU. y las "US small cap" en la cola. A la derecha, ratios P/E a doce meses vista por mercado, con un rombo gris para el nivel actual sobre cajas de percentiles: EE. UU. encabeza en torno a 22,6x —por encima de su mediana—, seguido de los mercados desarrollados (~20x) y el global (~19x), descendiendo hasta China y Reino Unido en torno a 13x.

Fuera de EE. UU., la casa ve las mejores oportunidades en áreas concretas: bancos europeos (a 1,1x valor en libros, con una rentabilidad para el accionista del 8%), beneficiarios del gasto fiscal —defensa europea, que se ha más que duplicado en el año—, y las GRANOLAS como rezagadas atractivas a 19x. En China, modestamente positivos: el mercado tecnológico cotiza a 25x frente a 31x del estadounidense, con un crecimiento de beneficios esperado superior. Y Japón, donde el TOPIX a 15,8x sigue por debajo de su media histórica, aunque con el yen siempre como variable a vigilar.

Mención aparte para los mercados privados, donde J.P. Morgan pide no dejarse llevar por los titulares alarmistas: su crecimiento —hasta más de 13 billones de dólares— responde, en su lectura, a un cambio estructural en la financiación corporativa (las empresas crecen ahora antes de salir a bolsa), no a un exceso.

Protegerse del descarrilamiento

El último capítulo es el que más me interesa: cómo construir la cartera para los dos escenarios malos. Si el problema viene de la tecnología —un susto profundamente desinflacionario—, el refugio son los bonos de calidad y larga duración.

Gráfico de barras de J.P. Morgan (Exhibit 30) con los retornos de la renta fija estadounidense durante las caídas bursátiles. En la crisis puntocom (S&P 500 cayendo), el US Aggregate rindió en torno a +23%, los US Treasuries ~+25%, los Treasuries de larga duración ~+29% y el crédito investment grade ~+22%. En la crisis financiera global, el US Aggregate ~+6%, los Treasuries ~+13% y los de larga duración ~+17%, mientras que el crédito investment grade fue el único negativo, en torno a -6%.

Si el problema es la inflación, el manual cambia: contra un shock agudo, activos reales como infraestructura y madera; contra una inflación crónica que erosiona poco a poco, inmobiliario, bonos ligados a la inflación y oro como reserva de valor frente a dudas sobre la credibilidad institucional o la divisa fiduciaria.

La lectura BISSAN

Este informe me gusta porque no vende certezas. Su tesis central —seguir invertido mientras se añade combustible, pero eligiendo bien el vagón— es exactamente la conversación que tenemos con las familias: estar dentro del mercado y, a la vez, blindar la cartera contra el día en que el relato falle. Y siempre falla; lo que no se sabe es cuándo ni por qué.

El acierto del documento es separar el ruido (geopolítica, titulares) de la estructura (concentración, valoración, dependencia mutua del ecosistema de IA). Una cartera donde todo el riesgo cuelga del mismo clavo tecnológico funciona de maravilla mientras dura la euforia y se convierte en trampa el primer día de decepción. La respuesta no es predecir el detonante, sino repartir: entre geografías, entre estilos, entre lo cotizado y lo privado, y tener preparado el colchón de bonos largos y activos reales para cada escenario.

Una última precisión de método, porque toca el tema: analizar la disrupción de la IA y su efecto sobre las valoraciones es parte de nuestro trabajo y lo hacemos sin complejos; de ahí no se deduce ninguna recomendación de invertir en una tecnología concreta. La disciplina que sí extraemos es la de siempre —diversificar y cubrir lo que se pueda cubrir—, que es, traducida a nuestro lenguaje, la mejor noticia de todo el informe.