Hay documentos que se leen por lo que dicen del año que viene y otros que se leen por lo que dicen de la próxima década. Las Long-Term Capital Market Assumptions (LTCMAs) de J.P. Morgan Asset Management pertenecen a la segunda categoría, y este año cumplen una efeméride redonda: es la edición número 30. Treinta años proyectando, con disciplina anual, qué cabe esperar de cada clase de activo en un horizonte de 10 a 15 años. No es un pronóstico de mercado para el próximo trimestre —de esos hay a docenas y casi todos envejecen mal—, sino el armazón sobre el que un inversor serio construye su asignación estratégica de activos.

La magnitud del ejercicio impresiona. La casa reúne la experiencia de más de 100 gestores de carteras, analistas de research y estrategas repartidos por todo el mundo para fijar expectativas de rentabilidad y riesgo de más de 200 activos y estrategias en 20 divisas base. El título elegido para esta edición resume bien el espíritu del momento: "Shifting landscapes and silver linings" —paisajes cambiantes y rayos de luz entre las nubes—. El paisaje cambia, sí: nacionalismo económico, activismo fiscal, una inflación más volátil. Pero, sostienen los autores, mucho de lo que hoy preocupa a los inversores acabará palideciendo frente a las oportunidades que se abren a largo plazo.

La tesis en una frase: los retornos aguantan

El mensaje central, firmado por John Bilton, Karen Ward y Grace Peters, es deliberadamente tranquilizador y, por eso mismo, conviene examinarlo con cuidado. Tras un año de fuertes ganancias bursátiles —que en buena lógica deberían haber encarecido las valoraciones y, por tanto, recortado los retornos futuros esperados—, las hipótesis de rentabilidad aguantan.

¿Cómo es posible? Por una compensación elegante entre fuerzas opuestas. En la renta variable global, la mejora de la rentabilidad corporativa (márgenes resilientes, recompras, dividendos) compensa el encarecimiento de los múltiplos. En la renta fija, unas primas de riesgo de plazo más altas empujan al alza las rentabilidades esperadas de los bonos. El resultado neto es que una cartera 60/40 global en dólares —60% renta variable, 40% bonos— proyecta un 6,4% anual, exactamente la misma cifra que el año pasado.

Esa estabilidad esconde una rotación importante en las fuentes del retorno, que es donde está la verdadera enjundia del informe. Pero antes de entrar en el detalle, conviene fijar el contexto macroeconómico que sostiene todo el edificio.

El telón de fondo macro: crecimiento resiliente, inflación más cálida

El crecimiento global se mantiene. J.P. Morgan deja su previsión de crecimiento mundial sin cambios en el 2,5%, pero por debajo de esa estabilidad hay una redistribución geográfica que merece atención. La previsión de crecimiento de Estados Unidos baja 20 puntos básicos, hasta el 1,8%, lastrada sobre todo por una oferta de trabajo más escasa: el endurecimiento migratorio y una demografía envejecida pesan sobre el potencial de la primera economía del mundo. Mientras tanto, otras regiones se animan. La eurozona se revisa al alza, hasta el 1,5%, impulsada por el giro fiscal alemán —el abandono del célebre Schuldenbremse, el freno constitucional a la deuda— y por el gasto en defensa e inversión. Ese movimiento reduce a la mitad el diferencial de crecimiento entre EE. UU. y Europa, de 60 a 30 puntos básicos.

La parte de la inflación es la que cambia de color. J.P. Morgan eleva sus previsiones de inflación de forma generalizada en los mercados desarrollados, sobre todo por las fricciones comerciales y los aranceles que arrancan en EE. UU. La inflación esperada estadounidense se sitúa en el 2,5%, por encima del objetivo. No es un drama de hiperinflación —ni mucho menos—, pero sí un mundo de inflación persistentemente por encima del objetivo y, sobre todo, más volátil. Y la volatilidad de la inflación, como veremos, es la verdadera protagonista silenciosa de toda esta edición: lo cambia casi todo en la construcción de carteras.

Exhibit 1 de J.P. Morgan: hipótesis macroeconómicas 2026 (PIB real e inflación, media anual, %), comparando 2026 con 2025. Para mercados desarrollados, PIB del 1,7% e inflación del 2,3%; para emergentes, 3,7% y 3,0%. Estados Unidos baja a 1,8% de PIB con 2,5% de inflación; la eurozona sube a 1,5% con 2,0%; China queda en 3,6% de PIB pero su inflación cae a 1,6%; India lidera con 5,9% de PIB y 4,5% de inflación; Japón en 0,9% y 1,7%.

Tres temas estructurales vertebran todo el informe, y conviene tenerlos presentes porque reaparecen una y otra vez. El primero es el nacionalismo económico: el giro proteccionista, los aranceles, las barreras al comercio y a la migración. El segundo es el activismo fiscal: la voluntad de los gobiernos de gastar e invertir para estimular sus economías, un tema que la casa lleva años destacando y que en 2025 vivió, en sus palabras, una "inflexión al alza notable". El tercero es la adopción y despliegue de la tecnología, con la inteligencia artificial en el centro: J.P. Morgan estima que estamos todavía en una fase temprana del ciclo de adopción y que la IA dará un empujón a los beneficios a corto plazo y a la productividad a largo.

La paradoja que recorre el documento es que estas tres fuerzas, que a primera vista parecen amenazas, generan también sus propios contrapesos —los famosos silver linings—. El proteccionismo obliga a los países exportadores como Alemania y Japón a estimular su demanda interna. La escasez de mano de obra empuja a las empresas hacia la tecnología. Y el activismo fiscal, con todos sus riesgos de déficit, sostiene el crecimiento y los beneficios corporativos. Hay, eso sí, un coste: más volatilidad y mayores primas de riesgo. Que es, precisamente, lo que infla las rentabilidades esperadas de los bonos.

Mercados públicos: la renta fija vuelve a la fiesta

Aquí está, a mi juicio, la noticia más importante del informe para un inversor conservador. Durante toda la década de 2010, los bonos fueron un activo deprimente: rentabilidades ínfimas, a veces negativas, que apenas compensaban tener dinero inmovilizado. Ese mundo se ha terminado. Con rentabilidades de partida más altas y curvas más empinadas, J.P. Morgan proyecta el mejor panorama para los treasuries intermedios desde la crisis financiera global.

Los números cuentan la historia. La rentabilidad esperada del bono del Tesoro a 10 años sube 40 puntos básicos, hasta el 4,6%. La previsión de rentabilidad neutral del ciclo para ese bono se eleva al 4,1%, con la prima de plazo entre el efectivo y el 10 años ampliándose hasta 120 puntos básicos. Para el conjunto de la renta fija de calidad, los ratios de Sharpe esperados —rentabilidad por unidad de riesgo— mejoran de forma significativa, especialmente en los bonos de mayor duración. El crédito también aguanta: el investment grade estadounidense proyecta un 5,2% y el high yield un 6,1%, con las mejores rentabilidades libres de riesgo compensando unos diferenciales que están ajustados.

Exhibit 1 de J.P. Morgan: previsiones de rentabilidad de los activos públicos (en dólares), comparando las LTCMA 2026 con las 2025. Efectivo en EE. UU. 3,1% (sin cambios); bonos del Gobierno de EE. UU. a 10 años 4,6% (frente a 4,2%, +0,4 puntos); crédito investment grade de EE. UU. 5,2% (+0,2); high yield de EE. UU. 6,1% (sin cambios); renta variable estadounidense de gran capitalización 6,7% (sin cambios); renta variable global 7,0% (frente a 7,1%, -0,1 puntos).

La tabla completa de renta fija matiza el cuadro por divisas, y aquí se ve un detalle relevante para nosotros: en euros, el bono a 10 años proyecta una rentabilidad esperada del 4,0% y el Long Bond Index (15 años y más) un 4,8%, mientras que el crédito investment grade en euros queda en el 4,0%. Son cifras decentes, aunque por debajo de las equivalentes en dólares, reflejo de unos tipos de partida algo más bajos en la eurozona. La misma tabla recoge las hipótesis de divisa, y ahí asoma el otro gran tema del informe: la casa proyecta que el dólar se debilite frente a las principales monedas, con el yen y el yuan como las que más margen tienen para apreciarse.

Exhibit 4A y 4B de J.P. Morgan: a la izquierda, tabla de rentabilidad de la renta fija por divisa (USD, GBP, EUR, JPY), con rentabilidades esperadas para 2026; en dólares, el bono a 10 años proyecta 4,6%, el Long Bond Index 5,2%, el investment grade 5,2% y el high yield 6,1%; en euros, el 10 años proyecta 4,0% y el investment grade 4,0%. A la derecha, tabla de hipótesis de divisa (spot terminal a 10-15 años): el yen pasa de 152,38 a 118,34 (apreciación del 4,3% frente al dólar) y el yuan de 7,12 a 5,46 (apreciación del 9,8%), mientras el euro va de 1,1644 a 1,26.

En la renta variable, el cuadro es de continuidad con un matiz interesante. La previsión para la bolsa estadounidense de gran capitalización se mantiene en el 6,7%, pese al rally del año y a la rebaja del crecimiento. ¿Cómo se sostiene? Por el optimismo de la casa sobre la inversión y la adopción tecnológica: J.P. Morgan espera que los líderes tecnológicos mantengan sus márgenes "supersized" en la primera parte del horizonte de previsión, antes de que se normalicen más adelante cuando el despliegue de la IA permita emerger a nuevos ganadores en otros sectores. La previsión para la renta variable global (MSCI ACWI) baja ligeramente, 10 puntos básicos, hasta el 7,0% en dólares. Y los emergentes mejoran 60 puntos básicos en dólares, hasta el 7,8%, ayudados sobre todo por un mejor panorama para algunas de sus divisas, en particular el yuan.

El subtexto es nítido: la renta variable estadounidense sigue siendo el núcleo de cualquier cartera de acciones porque ofrece la exposición más limpia a la adopción tecnológica. Pero el repunte de retorno disponible en otras regiones —combinado con la probable transición de la adopción tecnológica al despliegue en la próxima década— refuerza el argumento de la diversificación internacional.

El elefante en la habitación: las valoraciones están caras

J.P. Morgan no esquiva el problema incómodo. Tras el ida y vuelta de 2025 —una corrección dramática en primavera y una recuperación posterior—, las valoraciones de los activos corporativos han vuelto a niveles caros. El múltiplo forward del MSCI ACWI subió de 18,0x en septiembre de 2024 a 19,3x un año después. Y los desequilibrios de concentración siguen siendo extremos: la renta variable estadounidense mantiene una prima del 33% sobre el resto del mundo (frente a la estimación neutral del ciclo del 20%), pesa ya el 65% de los índices globales frente al 50% de hace una década, y dentro de EE. UU. las diez mayores compañías representan el 40% de la capitalización, de vuelta a máximos históricos.

El gráfico que mejor ilustra el problema es la comparación del múltiplo forward del S&P 500 con los diferenciales del high yield. Ambas series muestran lo mismo desde ángulos distintos: tanto la bolsa (vía un P/E elevado) como el crédito (vía unos diferenciales estrechos) están descontando un escenario benévolo. No hay colchón de valoración. Es la definición de un mercado "valorado para la perfección", expuesto a cualquier decepción.

Exhibit 7 de J.P. Morgan: gráfico de dos líneas desde 2000 que compara el P/E forward a 12 meses del S&P 500 (línea azul, eje izquierdo, de 4x a 28x) con el diferencial ajustado por opciones del high yield estadounidense (línea naranja, eje derecho, de 0% a 20%). El P/E azul se sitúa al final del periodo cerca de su nivel más alto del rango, en torno a 22-23x, mientras el diferencial naranja del high yield está cerca de sus mínimos históricos, alrededor del 3%. Las líneas punteadas marcan el último dato de cada serie.

La conclusión que extrae la casa de este cuadro de concentración es relevante y la firmaríamos sin dudar: los inversores deberían reducir su dependencia de las estrategias pasivas ponderadas por capitalización y girar hacia estrategias activas que reduzcan de forma constructiva el riesgo de concentración entre regiones, tamaños y estilos. Cuando el índice está tan escorado hacia un puñado de valores, comprar el índice es comprar concentración. Y la concentración, recordémoslo, funciona de maravilla hasta el día en que deja de hacerlo.

Activos privados y reales: los nuevos diversificadores

Si la renta fija vuelve a la fiesta, los activos privados y reales se confirman como los invitados de honor de esta edición. J.P. Morgan dedica un capítulo entero a "poner el capital en movimiento", y la tesis es que las mismas tres fuerzas estructurales —nacionalismo, activismo fiscal y tecnología— recalibran las valoraciones y abren oportunidades en mercados privados.

Las cifras de rentabilidad esperada son llamativas. El compuesto de private equity sube al 10,2% (desde el 9,9%), apoyado en la expectativa de tipos a la baja y en la expansión geográfica de los gestores. El real estate estadounidense core proyecta un 8,2%, el asiático-pacífico un 8,4% y el europeo un 6,9% —este último recortado por el endurecimiento de las valoraciones de salida—. Los REITs estadounidenses suben al 8,8%. Las infraestructuras core ofrecen un 6,5%, el transporte global un 7,9% y la madera (timberland) da un salto notable, del 5,3% al 6,3%. Y los fondos de cobertura (hedge funds) mejoran transversalmente: el sesgo largo de renta variable al 5,5%, el diversificado al 5,3%, con subidas de entre 30 y 70 puntos básicos por estrategia.

Mención especial merece el oro. J.P. Morgan eleva su rentabilidad esperada del 4,5% al 5,5%, cien puntos básicos más. El razonamiento no es especulativo: tras subir más de un 45% en 2025, la persistente volatilidad de la inflación, la diversificación de reservas de los bancos centrales y la demanda estructural sostienen el precio. Es un punto delicado que conviene tratar con la precisión que merece, y al que volveré en la lectura final.

Exhibit 5 de J.P. Morgan: tabla de rentabilidades esperadas (apalancadas, netas de comisiones, %) para 2026 frente a 2025, dividida en activos reales y alternativos financieros. En activos reales: real estate estadounidense core 8,2%, europeo core 6,9%, Asia-Pacífico core 8,4%; REITs estadounidenses 8,8%, europeos 6,7%, globales 8,7%; infraestructura global core 6,5%; transporte global core 7,9%; madera global 6,3%; oro 5,5%. En alternativos financieros: private equity compuesto 10,2%, large/mega cap 10,2%; direct lending 7,7%; venture capital 8,5%; hedge funds con sesgo largo de renta variable 5,5% y diversificados 5,3%.

No todo son subidas. El direct lending baja del 8,2% al 7,7%: las rentabilidades habían estado infladas por unos tipos base altos, y a medida que esos tipos cedan, los diferenciales tendrán que ampliarse. Es más, J.P. Morgan eleva su hipótesis de pérdidas por impago del 2,0% al 2,5% del sector, advirtiendo de un riesgo concreto: con tanto dry powder —capital comprometido sin invertir— acumulándose en el crédito privado, algunos gestores podrían tener dificultades para colocarlo bien. Y hay un dato que pide vigilancia: casi una cuarta parte del direct lending está ligado al sector tecnológico, un sector con valoraciones elevadas y muchas empresas "asset-light" cuyos activos blandos son difíciles de valorar en caso de quiebra.

El argumento de fondo que justifica la apuesta por los activos reales es su comportamiento frente a la inflación. Cuando los bonos dejan de ser un seguro fiable contra todo —algo que enseguida veremos por qué—, los activos reales (inmobiliario, infraestructuras, transporte, oro) se convierten en la cobertura natural frente a los shocks de inflación. Y sus ratios de Sharpe, especialmente el del real estate estadounidense core, siguen liderando la clasificación, por encima de los de los activos cotizados.

El gráfico de las rentabilidades de partida del inmobiliario lo resume bien: los rendimientos netos operativos (NOI yields) del real estate core ofrecen un buen punto de entrada, con el 6,0% en EE. UU., el 4,9% en Europa y el 4,4% en Asia-Pacífico. Son rentabilidades de partida atractivas que, junto a un crecimiento modesto de las rentas, ayudan a compensar los riesgos fiscales y la mayor volatilidad macro.

Exhibit 3 de J.P. Morgan: gráfico de barras con los rendimientos netos operativos (net operating income yields) del real estate core por región. APAC real estate 4,4%, European real estate 4,9% y U.S. real estate 6,0%. El gráfico ilustra que las rentabilidades de partida del inmobiliario siguen siendo elevadas y atractivas como punto de entrada.

El cambio que de verdad importa: el bono ya no es lo que era

Llegamos al corazón conceptual del informe, y es un cambio tan importante que merece explicarse despacio porque afecta a cómo se construye literalmente cualquier cartera equilibrada.

Durante décadas, la magia del 60/40 descansaba en una correlación baja o negativa entre acciones y bonos: cuando la bolsa caía, los bonos subían, y viceversa. Ese contrapeso amortiguaba la volatilidad de la cartera. Pues bien, J.P. Morgan proyecta que esa correlación siga subiendo y se vuelva positiva. Para esta edición, la casa estima una correlación a largo plazo entre la renta variable estadounidense de gran capitalización y el bono largo del Tesoro de +0,02, frente al -0,03 del año pasado. Es un cambio aparentemente diminuto, pero conceptualmente enorme.

¿Por qué importa tanto? Porque significa que en determinados escenarios —los shocks de inflación, no los de demanda— acciones y bonos pueden caer a la vez, exactamente como ocurrió en 2022, cuando ambos retrocedieron en tándem por primera vez desde 1970. El bono sigue siendo un buen seguro contra los shocks de crecimiento (cuando la economía se enfría, los tipos bajan y los bonos suben), pero ha dejado de ser un seguro fiable contra los shocks de inflación. Y dado que J.P. Morgan da más peso que nunca a la volatilidad de la inflación, ese matiz cambia las reglas del juego.

Exhibit 2A y 2B de J.P. Morgan: a la izquierda, correlaciones acción-bono realizadas (media móvil a 15 años) desde 2009; ambas series —renta variable estadounidense de gran capitalización frente a bonos agregados de EE. UU. (azul) y frente a bonos gubernamentales mundiales cubiertos (naranja)— caen hasta alrededor de 2013-2015 (la naranja hasta cerca de -0,35) y luego repuntan con fuerza desde 2022 hasta terreno claramente positivo (la azul en torno a +0,25). A la derecha, las correlaciones acción-bono proyectadas por año de publicación de las LTCMA, planas hasta 2022 y en fuerte ascenso desde entonces.

La respuesta de J.P. Morgan a este problema tiene un nombre afortunado: diversificar a los diversificadores. Si el bono ya no basta para amortiguar todos los golpes, hay que añadir otras fuentes de protección. La casa identifica tres vías complementarias: la diversificación de divisas, las estrategias de alpha (activas y sistemáticas) y ciertos activos alternativos (activos reales, oro, crédito privado, hedge funds). La prueba histórica es elocuente: durante el shock de inflación de 2022, una cartera con 40% acciones, 30% bonos y 30% alternativos cayó un 10%, frente al 17% que perdió un 60/40 tradicional.

Del 60/40 al "60/40+"

De ahí nace el concepto que vertebra la recomendación práctica del informe: el "60/40+". La idea es sencilla: parte de la asignación que tradicionalmente iba a activos líquidos se reasigna a activos de mercados privados. En la versión que maneja J.P. Morgan, un 60/40+ en dólares sería algo así como 40% MSCI ACWI, 30% bonos agregados de EE. UU., 7,5% private equity, 7,5% real estate, 7,5% activos reales, 4,5% crédito privado y 3% hedge funds.

¿Qué se gana? Las cifras son convincentes. Frente al 6,4% del 60/40 simple, el 60/40+ con un 30% de alternativos diversificados proyecta un 6,9% y, más importante aún, mejora el ratio de Sharpe en torno a un 25%. Es decir: no solo más rentabilidad, sino mejor rentabilidad ajustada al riesgo, con caídas menos profundas. La frontera eficiente acción-bono, además, se ha aplanado este año —las mejores rentabilidades de los bonos y unas rentabilidades de bolsa estables se compensan—, lo que aumenta el atractivo relativo de la renta fija en la asignación estratégica y deja a los activos alternativos por encima de la frontera.

Conviene subrayar la honestidad de la casa en este punto: no existe un 60/40+ único. La asignación exacta a alternativos depende del perfil del inversor, de su patrimonio total y, sobre todo, de sus necesidades de liquidez. Incluso una pequeña asignación a alternativos puede aportar resiliencia, pero la talla la fija cada inversor.

Exhibit 8A y 8B de J.P. Morgan: fronteras eficientes acción-bono y carteras 60/40, comparando las LTCMA 2026 con las 2025. A la izquierda, en dólares (8A): un mapa de riesgo-rentabilidad de las clases de activo, donde la curva de la frontera 2026 se sitúa de forma parecida a la del año anterior, con la cartera 60/40 entre el 6% y el 7% de rentabilidad y en torno al 11% de volatilidad; añadir alternativos (60/40+) eleva la rentabilidad reduciendo el riesgo. A la derecha, en euros (8B): la frontera queda algo por debajo de la del año anterior, con el 60/40 entre el 5% y el 6% de rentabilidad y alrededor del 9% de volatilidad, y de nuevo el 60/40+ desplaza la cartera hacia mejor rentabilidad ajustada al riesgo.

El dólar y la cuestión de la cobertura

Hay un hilo que cose todo el informe y que para un inversor europeo es, quizá, el más práctico de todos: el dólar. J.P. Morgan lleva tiempo viéndolo sobrevalorado, y aunque el billete verde cayó con fuerza en 2025 —el EURUSD subió un 13%, el GBPUSD un 7% y el CHFUSD un 14% desde principios de año—, la casa cree que sigue un 10% sobrevalorado en términos de tipo de cambio efectivo. Y proyecta más debilidad gradual a medida que el capital global se reparte hacia oportunidades más dispersas geográficamente. Concretamente, espera que el euro se aprecie un 0,6% anual frente al dólar a lo largo del horizonte de previsión.

Para un inversor en dólares, esto es un viento de cola a favor de la inversión internacional: sus activos extranjeros valdrán más al convertirlos. Pero para un inversor en euros —y aquí va lo que de verdad nos toca— la implicación es la contraria y más delicada: la exposición a activos en dólares conlleva un riesgo de divisa que hay que decidir activamente si cubrir o no. J.P. Morgan plantea la pregunta de manera muy clara con el ejemplo de un inversor europeo: ¿tiene sentido cubrir el dólar de una cartera de renta variable estadounidense? La respuesta tiene dos caras. Por el lado del retorno, si uno comparte la visión de debilidad del dólar, cubrir esa exposición añadiría rentabilidad a un inversor en euros. Por el lado del riesgo, la cosa depende de la correlación: cuando el dólar sube mientras la bolsa cae (correlación negativa), tener dólares sin cubrir aporta diversificación; cuando esa correlación se vuelve positiva —como está empezando a ocurrir—, el beneficio diversificador del dólar se reduce y conviene cubrir más.

La conclusión operativa que se desprende es que la decisión de cobertura de divisa, que durante años fue casi un tecnicismo de back office, asciende a decisión de cartera de primer orden. No es un detalle: es una de las palancas que más puede mover el resultado de un europeo invertido en activos globales en la próxima década.

Los riesgos que la propia casa reconoce

Un informe honesto es el que enumera lo que podría salir mal, y J.P. Morgan lo hace en una tabla de riesgos estructurales que merece la pena destilar. Los principales riesgos a la baja: que la preocupación por los déficits provoque un retorno a la austeridad fiscal (que recortaría el crecimiento); que los conflictos regionales se extiendan; que se reaviven las tensiones comerciales y tecnológicas entre EE. UU. y China; un estrés de la deuda estadounidense o un impago técnico por bloqueo presupuestario; y una sustitución rápida del dólar como divisa de reserva mundial.

Este último riesgo merece una nota de precisión por el detalle con que lo describe la casa. J.P. Morgan contempla, como escenario adverso, que los bancos centrales desplacen sus reservas marginales del dólar hacia otras divisas o hacia "activos no tradicionales como las criptomonedas". Es importante leerlo en su contexto: es un análisis de un riesgo macro de reservas oficiales, no una recomendación de inversión. Analizar el papel que las criptomonedas puedan jugar en la diversificación de reservas soberanas es legítimo y forma parte de entender el tablero; de ahí no se sigue ninguna recomendación de incorporarlas a una cartera. Lo dejo señalado porque es exactamente el tipo de matiz que conviene no malinterpretar.

Hay además dos riesgos más sutiles, casi filosóficos, que la casa subraya: la erosión de la credibilidad institucional —en particular, la independencia de los bancos centrales, que en su opinión "puede haber superado ya su punto álgido"— y la mala asignación del capital. Si toda esa inversión que se avecina estimula la demanda en lugar de construir oferta, alimentará más inflación que crecimiento de tendencia. Es el reverso oscuro del optimismo tecnológico.

Treinta años atrás, treinta años adelante

Que esta sea la edición número 30 no es un dato menor, y J.P. Morgan lo aprovecha con un ejercicio que titula "30-30": mirar treinta años atrás y treinta años adelante. Para ello, la casa hizo algo poco habitual en un documento de este tipo: entrevistó a más de 40 de sus inversores más veteranos sobre lo aprendido en sus carreras y encuestó a más de 150 de sus jóvenes de la "Generación Z" sobre cómo ven los mercados. El contraste de perspectivas resulta revelador.

El punto de partida es una constatación humilde: lo que empezó como una simple hoja de cálculo interna con un par de docenas de activos se ha convertido en un programa anual que cubre más de 200. Y, sin embargo, la enseñanza central de tres décadas es casi anticlimática: pese a que las fronteras entre lo público y lo privado, y entre clases de activos, se han difuminado, una filosofía antigua —invertir en una cartera equilibrada de acciones y bonos— ha seguido dando retornos estables durante 30 años. Cien dólares invertidos en una cartera 60/40 en dólares en septiembre de 1995 valdrían 785 dólares hoy.

Lo interesante es que el telón de fondo que sostuvo esos retornos —desinflación y globalización— puede estar cambiando. J.P. Morgan sugiere que quizá estemos en un punto de inflexión: del capital barato al capital caro; de la acumulación de riqueza a su transferencia generacional; de un mundo globalizado a uno multipolar; de la moderación al populismo. Tres temas estructurales emergen como protagonistas de las próximas décadas: la tecnología, los datos y la democratización de los mercados; un entorno regulatorio y político cambiante; y la aparición de nuevos activos y actores de mercado.

Sobre la tecnología, la casa es matizada y honesta. Los datos que antes eran escasos y caros se han vuelto ubicuos y casi gratuitos, lo que ha democratizado el acceso pero también ha amplificado los sesgos de comportamiento: la sobrecarga de información empuja al cortoplacismo y al seguimiento de tendencias. Mirando adelante, J.P. Morgan aventura una distinción elegante: la inversión a corto plazo podría convertirse en una arena de "IA contra IA" con supervisión humana, mientras que la inversión a largo plazo y la identificación de puntos de inflexión seguirán siendo un terreno de humano contra humano, con la IA como apoyo. Es una frase que conviene retener.

Y, sobre todo, hay una conclusión que cierra el círculo de las treinta ediciones y que da gusto leer: por mucho que cambien los activos y se amplíen las oportunidades, los principios atemporales de la inversión —objetivos claros, un proceso sólido, disciplina, diversificación y gestión del riesgo— seguirán vigentes. Eran las verdades de hace 30 años, son las de hoy y, apuesta la casa, serán las de dentro de 30. No es casualidad que sean también las nuestras.

La lectura BISSAN

Treinta ediciones dan para mucha perspectiva, y lo primero que conviene celebrar de este documento es su sobriedad. No vende un titular llamativo ni promete adivinar el próximo trimestre; ofrece un mapa de retornos a una década con sus supuestos a la vista. Eso es, precisamente, lo que un inversor patrimonial necesita: no profecías, sino un marco razonable de expectativas sobre el que construir una asignación estratégica de activos.

De toda la riqueza del informe, hay una idea que para nosotros es central y que coincide milimétricamente con nuestra forma de trabajar: el bono ya no es el seguro de hogar de toda la vida. Que la correlación entre acciones y bonos se vuelva positiva no es un tecnicismo académico; es la confirmación de que la cartera 60/40 que protegió a una generación de inversores necesita compañía. La respuesta de J.P. Morgan —diversificar a los diversificadores con activos reales, oro y alternativos— es la traducción a su lenguaje de lo que en BISSAN llamamos gestión del riesgo de los flujos de caja: construir la cartera para que resista distintos tipos de shock, no solo el de crecimiento, sino también el de inflación, que es el que de verdad castiga al bono.

La segunda lección práctica es la divisa. Buena parte de la literatura financiera está escrita por y para inversores en dólares, y conviene leerla con la traducción puesta. Para una familia que invierte desde Europa, la debilidad esperada del dólar y el ascenso de la cobertura de divisa a decisión de primer orden no son una nota a pie de página: son una palanca que puede sumar o restar varios puntos al resultado de la próxima década. Es justamente el tipo de decisión que no se delega en un índice y que exige criterio.

La tercera, sobre concentración y gestión activa, la firmamos sin reservas. Cuando los diez mayores valores del mundo pesan el 40% del índice estadounidense y EE. UU. representa el 65% del índice global, comprar el índice es comprar un riesgo enorme disfrazado de prudencia. La recomendación de la propia J.P. Morgan —reducir la dependencia del pasivo ponderado por capitalización y repartir entre regiones, tamaños y estilos— es la conversación que tenemos cada día con las familias que asesoramos.

Una última cautela, por honestidad intelectual. Estas son hipótesis, no certezas, y la propia casa lo recuerda al insistir en que los retornos realizados pueden diferir mucho de un año a otro. Un 6,4% anual esperado a 10-15 años no significa un 6,4% cada año: significa una media a través de años buenos, malos y regulares. El valor de un marco como este no está en acertar el número exacto, sino en obligar a pensar con disciplina sobre el riesgo que se asume y sobre por qué se asume. Y en eso, treinta años después, las LTCMAs siguen siendo una de las mejores brújulas disponibles —siempre que uno recuerde que una brújula señala el norte, pero no camina por ti.