Hay informes que valen por una sola frase, y este es uno de ellos. La Strategic Research Unit de Schroders abre su Equity Lens de mayo de 2025 con una imagen que cualquier inversor reconoce al instante: si te hubieras quedado dormido todo el mes de abril, al despertar pensarías que no había pasado nada. Las pantallas se tiñeron de rojo, los titulares hablaron de pánico, y un mes después el rebote había borrado por completo la caída en muchos mercados. La fotografía de fin de mes no recoge el sofoco; solo el resultado.

El Equity Lens es una pieza recurrente: un repaso de carácter visual al estado de la renta variable mundial, organizado en cinco bloques —gráficos del mes, comportamiento regional, fundamentales y valoraciones, sectores y estilos, y composición de los índices—. No es una nota de opinión con una apuesta concreta, sino un cuadro de mandos. Y precisamente por eso es tan útil: obliga a mirar el bosque cuando los titulares solo dejan ver el árbol que arde.

A continuación recorremos las ideas que, a mi juicio, merecen quedarse de esta edición. Todas tienen un hilo conductor: detrás de la calma de abril hay un cambio de régimen silencioso que conviene no pasar por alto.

El mes que no pasó

El primer gráfico es también el más elocuente. Muestra el rendimiento acumulado en el año, en dólares, de los grandes bloques regionales hasta el 30 de abril. Lo que se ve es un viaje de ida y vuelta: una caída brusca a comienzos de abril —especialmente violenta en EE. UU. y Japón— seguida de una recuperación igual de vertical. Al cierre del mes, Europa ex Reino Unido y el Reino Unido encabezaban el año con ganancias de doble dígito, mientras que EE. UU. seguía siendo el único gran bloque en territorio negativo.

Rentabilidad acumulada en el año hasta el 30 de abril de 2025, en dólares, para los principales bloques regionales del MSCI. La caída de comienzos de abril —que llevó a EE. UU. y Japón a hundirse hasta cerca de -15%— se recuperó en cuestión de semanas. A fin de mes Europa ex Reino Unido lideraba por encima del +15%, seguida de Reino Unido por encima del +10%, con Japón y emergentes ligeramente positivos y EE. UU. en torno a -5%, el único gran mercado en negativo. Fuente: LSEG Datastream, MSCI y Schroders Strategic Research Unit.

La lectura es doble. La primera es de templanza: quien vendió en el peor momento de abril cristalizó una pérdida que el mercado borró en pocas semanas. La segunda es más estructural y vertebra todo el informe: el liderazgo de 2025 no es el de los años anteriores. Durante más de una década, la frase «EE. UU. lo hace mejor» se había convertido casi en una ley física de los mercados. En los primeros cuatro meses de 2025, esa ley se invierte. Y no por un detalle: por un margen histórico.

Europa firma su tercer mejor arranque frente a EE. UU. en medio siglo

Para dimensionar lo anterior, Schroders recurre a un histograma que pone las cosas en perspectiva. Cuenta cuántas veces, desde 1970, la diferencia de rentabilidad de enero a abril entre Europa ex Reino Unido y EE. UU. ha caído en cada tramo. La inmensa mayoría de los años se agolpan en torno al centro, entre -6% y +10%: los mercados, normalmente, no se separan tanto en cuatro meses.

Histograma del número de veces, desde 1970, que la diferencia de rentabilidad enero-abril entre Europa ex Reino Unido y EE. UU. (en dólares) cayó en cada tramo. La distribución se concentra en el centro: 11 ocasiones en el tramo -6% a -2%, 13 en el de -2% a +2%, 9 en +2% a +6% y 9 en +6% a +10%. Los extremos positivos son rarísimos: solo 2 años en +10% a +14% y un único año en cada uno de los tramos superiores. Una flecha roja marca 2025 en el tramo +18% a +22%, evidenciando lo excepcional del arranque. Fuente: LSEG Datastream, MSCI y Schroders Strategic Research Unit.

El año 2025, en cambio, aparece marcado con una flecha en el extremo derecho de la distribución, en el tramo del 18% al 22% de ventaja para Europa. Schroders lo resume sin rodeos: es el tercer mejor arranque para Europa frente a EE. UU. en más de medio siglo. Cuando un fenómeno se sitúa en la cola de una distribución de cincuenta y tres años, lo prudente no es extrapolarlo —no es razonable apostar a que Europa batirá a EE. UU. por veinte puntos cada año— pero tampoco ignorarlo. Algo se ha movido en los cimientos.

Conviene además precisar un matiz que el propio informe subraya: parte de esa ventaja europea en dólares es divisa. Europa lo hizo mejor en moneda local, sí, pero la debilidad del dólar amplificó la diferencia para un inversor que mide en dólares. Volveremos sobre esto, porque es uno de los puntos más finos de toda la edición.

Las caídas bruscas son la norma, no la excepción

Si hay un gráfico que debería estar enmarcado en la pared de todo inversor nervioso, es este. Schroders representa la mayor caída registrada dentro de cada uno de los últimos 53 años naturales en el MSCI World. El resultado desmonta de un plumazo la idea de que 2025 fue un año especialmente turbulento.

Mayor caída intraanual del MSCI World (en dólares) en cada uno de los últimos 53 años, de 1972 a 2025. Casi todos los años presentan algún retroceso significativo desde máximos. Dos líneas de referencia horizontales muestran que el umbral del -10% se superó en 30 ocasiones y el del -20% en 13. Los grandes desplomes destacan: en torno a -35% a mediados de los setenta, alrededor de -30% en 2002, más de -50% en 2008 y cerca de -35% en 2020. La barra roja de 2025, a la derecha, es modesta en comparación. Fuente: LSEG Datastream, MSCI y Schroders.

Los números son contundentes: en 53 años, el mercado mundial ha sufrido una caída de más del 10% en 30 ocasiones —es decir, en más años de los que no— y de más del 20% en 13 ocasiones, aproximadamente una de cada cuatro. Las grandes catástrofes —2008 con más del 50%, los setenta y 2020 con caídas en torno al 35%— son visibles y memorables, pero lo verdaderamente revelador es la base: el sobresalto es el estado natural de la bolsa, no una anomalía.

La conclusión de Schroders enlaza con un segundo gráfico, este de muy largo plazo, que recoge las rentabilidades reales —descontada la inflación— de las distintas clases de activo estadounidenses desde 1926. Siempre hay un motivo para preocuparse, pero en el largo plazo las acciones han batido a los bonos, y los bonos al efectivo.

Rentabilidades reales (en exceso de inflación) de los activos estadounidenses por horizonte temporal: últimos 10 años, últimos 20, últimos 50 y el periodo completo 1926-2024. En el largo plazo manda la jerarquía clásica: las acciones rinden 8,7% real a 50 años y 7,5% desde 1926, frente al 2,1%-4,1% de los bonos corporativos, el 2,1%-3,4% de los bonos del Estado y el 0,3%-0,6% del efectivo. En los últimos 10 años la jerarquía se exagera: acciones +10,1% real, mientras los bonos del Estado pierden -3,4% y el efectivo -1,3% en términos reales. Fuente: Morningstar Direct vía CFA Institute, LSEG Datastream, ICE Data Indices y Schroders.

El gráfico tiene una segunda lectura que no conviene perder. En el muy largo plazo, las cuatro clases de activo respetan el orden esperado. Pero en la última década, ese orden se ha extremado de forma notable: las acciones han rentado un 10,1% real anual, mientras que los bonos del Estado han perdido un 3,4% real y el efectivo un 1,3%. Dicho de otro modo, el periodo reciente ha sido especialmente generoso con la renta variable y especialmente duro con los activos «seguros» en términos reales. Quien dé por hecho que esos números se repetirán está extrapolando precisamente lo que el primer gráfico de las caídas advierte que no se debe extrapolar.

Por qué Europa ganó: divisa, beneficios y valoración

Uno de los ejercicios más valiosos del informe es descomponer de dónde sale la rentabilidad de cada región. No basta con saber que Europa ganó; importa saber por qué. Schroders separa el rendimiento del año en cuatro motores: el dividendo (income), el crecimiento de los beneficios, el cambio de valoración (la expansión o contracción del múltiplo) y el impacto de la divisa.

Descomposición de los motores de la rentabilidad acumulada en el año hasta el 30 de abril de 2025, en dólares, para EE. UU., Reino Unido, Europa ex Reino Unido, Japón y emergentes. Cada barra desglosa cuatro componentes —dividendo, crecimiento de beneficios, cambio de valoración e impacto de la divisa— y un rombo rojo marca la rentabilidad total. En EE. UU. la rentabilidad total es negativa (en torno a -5%), arrastrada por una fuerte contracción de valoración. En Reino Unido y Europa ex Reino Unido la rentabilidad total ronda el +12% y el +16%, con una contribución muy grande del impacto positivo de la divisa (la franja rosa superior). Japón y emergentes quedan en positivo moderado. Fuente: LSEG Datastream, MSCI y Schroders Strategic Research Unit.

Aquí aparece el matiz crucial. La franja que mide el impacto de la divisa es enorme en Europa y el Reino Unido: buena parte de su ventaja para un inversor en dólares vino de la debilidad del dólar, no solo de que las empresas europeas lo hicieran mejor. EE. UU., por su parte, no sufrió un derrumbe de beneficios; lo que le penalizó fue una contracción de la valoración, esto es, el mercado pagó menos por cada dólar de beneficio que a comienzos de año. Es una distinción importante: no es lo mismo que una bolsa caiga porque sus empresas ganan menos —señal de deterioro— que porque los inversores estaban dispuestos a pagar múltiplos extraordinarios y han moderado su entusiasmo —señal de normalización—.

Para un inversor español o europeo, además, esta descomposición tiene una lectura directa: gran parte de la «ventaja» europea de 2025 se evapora si uno mide en euros en lugar de en dólares. La divisa da y la divisa quita. Conviene tenerlo presente antes de concluir que «Europa va como un tiro».

El mapa de valoraciones: EE. UU. caro, Japón barato

Llegamos al corazón analítico del informe. Schroders construye un mapa de calor que compara la valoración actual de cada gran bloque regional con su mediana de los últimos quince años, usando cinco métricas distintas: el PER ajustado al ciclo (CAPE), el PER adelantado, el PER actual, el precio sobre valor en libros y la rentabilidad por dividendo. Verde es barato, rojo es caro.

Mapa de calor de valoración a 30 de abril de 2025 frente a la mediana de 15 años (% por encima o por debajo), por mercado y por métrica. EE. UU. aparece en rojo intenso en todas las columnas: CAPE de 33 (+24% sobre su mediana), PER adelantado de 20 (+19%), PER actual de 25 (+19%), precio/valor en libros de 4,8 (+51%) y dividendo en 1,4 (-41%). Japón muestra varias casillas verdes —CAPE 21 (-5%), PER actual 14 (-14%), dividendo 2,4 (-12%)— y figura como el bloque más barato. Reino Unido, Europa ex Reino Unido y emergentes quedan en su mayoría en tonos neutros. Fuente: LSEG Datastream, MSCI y Schroders Strategic Research Unit.

La tabla habla por sí sola. EE. UU. es la única fila completamente roja: cotiza por encima de su propia mediana de quince años en las cinco métricas, con casos llamativos como el precio sobre valor en libros (un 4,8, un 51% por encima de lo habitual) o la baja rentabilidad por dividendo (un 41% por debajo). Japón, en cambio, es el bloque más barato, con varias casillas verdes; su PER actual está un 14% por debajo de su mediana histórica. Reino Unido, Europa y emergentes se mueven en tonos neutros, ni especialmente caros ni especialmente baratos.

El mensaje del informe es matizado y por eso es bueno: EE. UU. sigue caro, pero su prima frente al resto del mundo ha bajado. No estamos ante una corrección que haya abaratado a Wall Street hasta convertirlo en ganga —ni mucho menos—, sino ante un estrechamiento de la diferencia. Esa distinción es la que separa un titular sensacionalista de un análisis serio.

Para ver ese estrechamiento en movimiento, Schroders traza la evolución del CAPE estadounidense frente al del resto del mundo desde 2010. La brecha se abrió de forma espectacular en la última década, pero en los últimos meses se ha reducido algo.

Evolución del PER ajustado al ciclo (CAPE) de 2010 a abril de 2025 para el MSCI USA y el MSCI AC World ex US. Ambas series parten juntas en torno a 18-20 en 2010. La línea de EE. UU. (azul oscuro) se despega y escala hasta máximos cercanos a 37 en 2021, corrige y vuelve a subir, cerrando en torno a 32-33 a 30 de abril de 2025. La línea del resto del mundo (verde) se mantiene mucho más plana, oscilando entre 13 y 18 durante todo el periodo y terminando alrededor de 16. La distancia entre ambas se ha estrechado respecto a su máximo, pero sigue siendo amplia. Fuente: LSEG Datastream, MSCI y Schroders Strategic Research Unit.

El gráfico es la mejor síntesis visual del informe: la brecha se ha estrechado, pero sigue siendo ancha. EE. UU. cotiza a un CAPE de algo más de 30 frente a un resto del mundo en torno a 16. La prima no ha desaparecido; solo ha dejado de ensancharse. Y eso, después de una década de divergencia incesante, ya es noticia.

A esta foto regional el informe añade un detalle que conviene retener para cualquier conversación sobre dónde buscar valor: las compañías pequeñas están baratas frente a su historia, sobre todo las de fuera de EE. UU. Tras años de dominio aplastante de las grandes capitalizadas, el descuento de las pequeñas se ha ampliado hasta niveles que, históricamente, han sido buenos puntos de partida —aunque la propia historia recuerde también que «barato» puede seguir abaratándose un buen tiempo antes de girar—.

El elefante en la habitación: la concentración

Si hay un tema que recorre toda la última parte del Equity Lens, es la concentración. Y Schroders la aborda desde su ángulo más demoledor: el peso que han alcanzado un puñado de valores estadounidenses dentro del índice mundial.

Peso en el MSCI ACWI (%) de siete grandes compañías estadounidenses —Apple, Microsoft, Nvidia, Amazon, Alphabet, Meta y Tesla, apiladas en una columna— frente a una columna con los cinco mayores países del índice tras EE. UU.: Japón, Reino Unido, China, Canadá y Francia. Ambas columnas alcanzan una altura similar, en torno al 16-17% del índice. El gráfico señala además que esas siete compañías pesan tanto como las 2.055 empresas más pequeñas del índice juntas, y que a cierre de diciembre llegaban a igualar a los ocho mayores países, no a cinco. Fuente: LSEG Datastream y Schroders.

El gráfico es de los que se quedan grabados. Siete compañías estadounidenses pesan en el índice mundial tanto como Japón, Reino Unido, China, Canadá y Francia juntos —los cinco mayores países por detrás de EE. UU.—. Y, según el propio informe, esas siete valen lo mismo que las 2.055 empresas más pequeñas del índice combinadas. Es importante señalar el matiz que Schroders incluye con honestidad: esa concentración había disminuido en los meses previos; a cierre de diciembre, las siete igualaban no a los cinco mayores países, sino a los ocho. La corrección de abril, paradójicamente, ha aliviado un poco el problema.

El informe sitúa esta concentración dentro de un cuadro más amplio que merece resumirse, aunque no todos sus gráficos se reproduzcan aquí. EE. UU. pesa cerca de máximos históricos dentro de los grandes índices globales —una cartera mundial «pasiva» es hoy, en realidad, una apuesta enorme y poco diversificada por una sola geografía—. Y dentro del propio EE. UU., las diez mayores compañías del S&P 500 acaparan una porción del índice no vista en décadas. La concentración, además, no es solo un fenómeno americano: aparece también, en grados distintos, en otros mercados. Pero ninguno se acerca al caso estadounidense.

Schroders aporta una pieza de contexto especialmente lúcida frente a la tentación de equiparar bolsa y economía: la bolsa no es la economía. El origen geográfico de los ingresos de las grandes compañías de cada índice difiere mucho del país donde cotizan; las multinacionales estadounidenses generan buena parte de sus ventas fuera, y las pequeñas compañías y las de valor son mucho más «domésticas» que las grandes. Es un recordatorio útil: comprar el índice de un país no equivale a comprar su economía.

Beneficios, márgenes y la otra cara de la moneda

Sería injusto pintar a EE. UU. solo como un mercado caro. El informe se esfuerza por explicar por qué está caro, y la respuesta no es la exuberancia irracional sino, en buena medida, los fundamentales. Los márgenes de beneficio han ido subiendo en muchos mercados, y las compañías estadounidenses generan ingresos y beneficios por empleado cerca de máximos, recuperándose con fuerza del bache posterior a la crisis financiera. La superioridad de Wall Street, en otras palabras, descansa sobre resultados reales, no solo sobre el humor del mercado.

Eso sí, el informe introduce dos señales de cautela en el cuadro de beneficios. Por un lado, las expectativas de crecimiento de beneficios para 2025 han bajado ligeramente según el consenso, aunque no las de 2026-27, y se espera que EE. UU. siga liderando. Por otro, las revisiones de beneficios —el saldo entre mejoras y recortes de previsiones por parte de los analistas— vienen mostrando una tendencia de deterioro en la mayoría de mercados, con la notable excepción de Japón, donde los beneficios se siguen revisando al alza. Es el tipo de matiz que distingue una foto estática de una película: la valoración dice dónde estamos; las revisiones, hacia dónde apunta el viento.

En el plano de estilos, la edición recoge una rotación característica del año: el valor rebotó con fuerza frente al crecimiento en los primeros compases de 2025, aunque más recientemente ha perdido algo de fuelle; el estilo de momentum ha sido el más fuerte, mientras que la baja volatilidad se ha quedado atrás. Las compañías de crecimiento, por cierto, están más baratas frente a las de valor que en cualquier momento desde 2019, si bien siguen caras respecto a sus normas de largo plazo. De nuevo, la palabra clave es relativa: más barato no es lo mismo que barato.

La lectura BISSAN

Este Equity Lens envejecerá bien por la misma razón que envejecen bien los buenos mapas: no apuesta a adivinar el titular del mes que viene, sino que ordena el terreno para tomar decisiones con la cabeza fría. Y de ese mapa extraemos, para las conversaciones que tenemos con las familias, tres ideas que encajan como un guante con nuestra forma de gestionar el riesgo.

La primera es de temperamento. El gráfico de las caídas de 53 años debería ser de lectura obligatoria cada vez que un mes de abril aprieta. Un retroceso de doble dígito ocurre más años de los que no; uno del 20%, una de cada cuatro. No son accidentes a evitar prediciendo el futuro, sino peajes a atravesar con una cartera construida para resistirlos. El que vendió en el peor día de abril de 2025 convirtió un susto en una pérdida real; el que aguantó, ni se enteró. Nuestra metodología de gestión del riesgo de flujos de caja existe precisamente para que la decisión no la tome el miedo, sino el plan.

La segunda es de diversificación con sentido. Que siete valores pesen en el índice mundial tanto como cinco grandes países, y que una cartera «global» pasiva sea en realidad una apuesta concentradísima por una sola geografía, es el mejor argumento que conocemos a favor de repartir conscientemente el riesgo entre regiones, tamaños y estilos. La concentración funciona de maravilla mientras el relato se cumple, y se convierte en una trampa el día que aparece una decepción. El estrechamiento de la prima estadounidense, el descuento de Japón y de las pequeñas compañías, y la caída de la dependencia de un puñado de valores no son una invitación a salir corriendo de EE. UU. —su superioridad de beneficios es real—, sino a no tenerlo todo colgado del mismo clavo.

La tercera es un recordatorio técnico que a menudo se olvida: la divisa importa, y mucho. Buena parte del brillo europeo de 2025 fue, medido en dólares, debilidad del billete verde más que mérito de las empresas. Para un inversor que vive y gasta en euros, ese mismo gráfico se lee al revés. Antes de dejarse seducir por una rentabilidad regional, hay que preguntarse en qué moneda está expresada y en qué moneda se van a pagar las facturas. Es una disciplina poco glamurosa, pero ahorra muchos disgustos.

Una última cautela, fiel a nuestro estilo: analizar y entender el mapa de las valoraciones, la concentración o la rotación de estilos es parte de nuestro trabajo, y de ese análisis no se deduce ninguna recomendación concreta de comprar tal región o tal estilo. Lo que sí extraemos es la disciplina de fondo: seguir invertidos, repartir el riesgo, vigilar la divisa y construir la cartera para el inevitable abril que volverá a llegar. Como dice el propio informe, siempre hay un motivo para preocuparse; en el largo plazo, quien aguanta bien diversificado es quien gana.