Cada enero, Boston Consulting Group toma la tensión al sector biofarmacéutico y publica su pronóstico de tendencias para el año. La edición de 2026 lleva un título que no deja lugar a dudas: Pressures Mount —Now and into the Future, "las presiones se acumulan, ahora y hacia el futuro". Es un documento corto y denso, firmado por cinco socios de la consultora, que conviene leer con doble lente: por un lado, ofrece un mapa razonable de las fuerzas que están reconfigurando una de las industrias más rentables y estratégicas del planeta; por otro, no deja de ser el producto de una consultora cuyo negocio consiste precisamente en cobrar por ayudar a las farmacéuticas a "reinventar su modelo de negocio". El sesgo no invalida el análisis, pero invita a separar el diagnóstico —sólido y bien documentado— de la implícita oferta comercial que lo envuelve.
Un sector que llevaba cinco años parado
El dato que abre el informe es el que más debería preocupar a un inversor. La rentabilidad total para el accionista del sector biofarma fue del 0% entre 2021 y 2025, frente al 16% anual del S&P 500. Cinco años de travesía en plano mientras el resto del mercado se revalorizaba con fuerza. Y la dispersión interna es igual de reveladora: de las 20 mayores compañías del sector, solo 6 batieron al S&P 500 en ese lustro, y apenas 12 lo lograron en el periodo más reciente de noviembre de 2024 a noviembre de 2025. Dicho de otro modo, ni siquiera dentro del propio sector la mediana de las grandes farmacéuticas ha sido capaz de seguir el ritmo del mercado.
Figura 1. Exhibit 1 — La rentabilidad para el accionista del biofarma se ha frenado, aunque algunos protagonistas siguen batiendo al mercado. Fuente: S&P Capital IQ; análisis de BCG.
Conviene leer bien el gráfico. El panel izquierdo muestra cómo el sector biotecnológico, que durante tres ventanas consecutivas batió al S&P 500 (un 29% anual de media en 2011-2015 frente al 13% del índice, y todavía un 19% frente al 16% en 2016-2020), perdió ese liderazgo en el último quinquenio, cuando se desplomó al citado 0% frente al 16% del índice. El panel derecho, en forma de cascada descendente, ordena a las grandes farmacéuticas por su rentabilidad del último año: las mejores rinden por encima del 40% e incluso del 58%, pero la cola es brutal, con valores que se desploman más de un 50%. La línea horizontal marca la referencia del S&P 500 a un año (un 15%): doce de las veinte la superan, ocho se quedan por debajo. La conclusión de BCG es matizada y honesta: el sector se ha frenado en su conjunto, pero sigue habiendo ganadores claros. El problema, para el inversor, es acertar de qué lado de la cascada estará cada nombre.
La tormenta perfecta: aranceles, precios y patent cliff
Sobre ese suelo de rentabilidad nula, BCG dibuja una acumulación de presiones que, lejos de aliviarse, se intensificarán. La primera es regulatoria y de precios. La administración estadounidense ha introducido un enfoque de "nación más favorecida" (MFN, en sus siglas inglesas) que pretende igualar los precios que paga Estados Unidos con los de otros países ricos. El problema, como bien señala el informe, es asimétrico: nada garantiza que los precios suban en Europa para compensar, mientras que rebajarlos drásticamente en el mercado estadounidense —el que financia la mayor parte de la I+D mundial— pone en cuestión la viabilidad del propio modelo de innovación.
A ello se suma la Inflation Reduction Act de 2022, que estrecha la ventana de poder de fijación de precios de los nuevos fármacos, y una capa arancelaria de nuevo cuño: en septiembre, Estados Unidos anunció aranceles del 100% sobre las importaciones de fármacos de marca, salvo para las compañías que cumplan exenciones de tipo "pala en tierra" —es decir, que demuestren inversión productiva en suelo estadounidense—. Y por encima de todo planea el patent cliff, el precipicio de patentes: la pérdida de exclusividad pone en riesgo unos 275.000 millones de dólares de ingresos en las 15 mayores compañías. Es la combinación de estas fuerzas —y no una sola de ellas— la que tensiona los márgenes justo cuando el sector ya rendía por debajo del mercado.
Hay, además, un componente reputacional que el informe no pasa por alto. Según datos de las encuestas Harris y Gallup que cita BCG, la percepción neta de la industria biofarmacéutica ha pasado de un positivo 60% a un negativo 40% desde 1998. Esa erosión de la aprobación pública alimenta el escrutinio político y debilita lo que la consultora llama el "contrato social" de la industria: innovar y entregar nuevas terapias a cambio de inversión y éxito comercial. Cuando ese contrato se resquebraja, el terreno regulatorio se vuelve más hostil.
Un nuevo equilibrio en la I+D y un giro hacia Asia
Frente a este cuadro, BCG describe cómo están reaccionando las compañías. En investigación y desarrollo, el péndulo ha vuelto a oscilar. Tras una década, de 2010 a 2020, volcada en biológicos especializados y modalidades novedosas —terapias CAR-T, ARN de interferencia, terapia génica—, desde 2020 reaparece el interés por enfermedades de grandes poblaciones con elevada necesidad no cubierta: los GLP-1 para la obesidad, los anticuerpos monoclonales para el alzhéimer. Casi el 90% de las ventas de las 20 mayores firmas procede ya de blockbusters o megablockbusters, y la consultora espera que esa concentración se mantenga hasta 2030.
El riesgo de esa convergencia es lo que BCG describe con acierto como "mentalidad de rebaño": hay más de 100 compuestos contra la obesidad en el pipeline de la industria, de los cuales más de 35 incorporan un componente GLP-1. Cuando todo el mundo persigue la misma diana, la diferenciación se vuelve cuestión de matices —eficacia, seguridad, dosificación, vía de administración—, y eso comprime los retornos esperados.
El segundo gran movimiento es geográfico, y es probablemente el más relevante para entender la próxima década. El centro de gravedad de la innovación se desplaza hacia Asia. China aporta ya cerca del 30% del pipeline biotecnológico mundial y se ha labrado un nicho dominante en ciertas modalidades: es responsable de aproximadamente el 50% de los nuevos conjugados anticuerpo-fármaco. Las valoraciones de los activos chinos se dispararon un 150% en el último año, superando a las de empresas europeas y estadounidenses, y los acuerdos de licencia que involucran a China supusieron casi la mitad de toda la actividad de licencias de 2025. India, por su parte, emerge como polo de inteligencia artificial, datos y fabricación: Roche ha invertido allí más de 1.500 millones de dólares y Amgen, 200 millones en IA y ciencia de datos. El informe lo enmarca, con realismo, dentro de un entorno geopolítico cada vez más hostil a la colaboración multinacional —incluida una orden ejecutiva reciente que limita la transferencia de datos a China—.
Fabricar más cerca, vender de otra manera, recortar plantilla
La tercera derivada es industrial. Los vientos geopolíticos han elevado la fabricación al primer puesto de las prioridades del consejo de administración. Para esquivar los aranceles, una docena de los mayores grupos ha anunciado planes de invertir más de 350.000 millones de dólares en nueva capacidad productiva en Estados Unidos hasta 2030. Es una cifra colosal que, paradójicamente, presiona aún más los márgenes a corto plazo: construir grandes plantas en suelo estadounidense convierte el talento y los recursos en cuellos de botella y encarece la estructura de costes. No es casual que Takeda y Novo Nordisk hayan abandonado recientemente la fabricación interna de terapia celular para reducir costes fijos y reenfocarse en su I+D nuclear.
En la comercialización, BCG identifica una creciente complejidad. Los sistemas de salud imponen procesos de compra más enrevesados, los médicos son cada vez más difíciles de visitar y las terapias avanzadas se administran ahora en entornos ambulatorios o domiciliarios. La respuesta de la industria pasa por lanzamientos más rápidos, equipos de ventas reorganizados en "pods" multidisciplinares, estrategias comerciales asistidas por IA y modelos alternativos que esquivan a los intermediarios tradicionales —venta directa al paciente y directa al empleador—. La consultora es prudente al señalar que estos canales no encajan en todos los productos (no habrá terapia génica vendida directamente al paciente), pero sí aportan margen en terapias con mala cobertura y alta disposición a pagar, como las de obesidad.
Y al final de la cadena, el ajuste se nota donde más duele. En el último año, 7 de las 20 mayores compañías anunciaron programas de optimización de costes que apuntan a reducciones del 5% al 16% en la base de costes y del 2% al 8% en plantilla. Aquí aparece el comodín de moda: la inteligencia artificial, que BCG presenta como gran esperanza para aumentar la eficiencia y preservar los márgenes a largo plazo. La consultora es, sin embargo, sorprendentemente sobria en este punto —y conviene subrayarlo, porque va contra su propio interés comercial—: la mayoría de las empresas sigue en fases tempranas de adopción, el impacto real es limitado y fragmentado, y la propia contratación de perfiles de IA muestra ya signos de estabilización e incluso de declive. La promesa, reconoce, está aún lejos de materializarse a escala.
Una lectura para el inversor
¿Qué saca en claro quien observa el sector desde una cartera? Primero, que la narrativa simplista de "la farmacéutica es un sector defensivo y rentable por definición" no se sostiene con los datos del último lustro: un 0% de rentabilidad acumulada es un suspenso difícil de maquillar. Segundo, que la dispersión entre ganadores y perdedores es enorme —de +58% a -57% en un solo año—, lo que convierte la selección de valores en algo decisivo y penaliza la exposición indiscriminada al sector. Tercero, que el eje de la innovación se está moviendo hacia China e India, un cambio estructural con implicaciones que van mucho más allá de lo sanitario y que reordena dónde se crea y se captura el valor.
El informe de BCG es útil precisamente porque no edulcora el diagnóstico, ni siquiera en el capítulo de la IA, donde lo esperable de una consultora habría sido vender humo. Conviene, eso sí, leerlo recordando quién lo firma: una consultora que, página tras página, describe transformaciones complejas que las farmacéuticas "deben" acometer en I+D, fabricación, comercialización y talento —exactamente el tipo de proyectos que BCG factura—. El sesgo es estructural y no resta valor al análisis, pero sí matiza el tono de urgencia. Para el inversor, la conclusión es más sobria que alarmista: el sector biofarmacéutico no está en crisis terminal —seguirá innovando y transformando vidas—, pero ha dejado de ser el refugio cómodo y rentable que muchos daban por hecho. En esta década, la diferencia entre los que se reinventan deprisa y los que se quedan mirando el patent cliff marcará la frontera entre los nombres que vuelvan a batir al mercado y los que se hundan en la cola de la cascada.
