Hace un año, en septiembre de 2024, Mario Draghi presentó a la Comisión Europea su informe sobre el futuro de la competitividad europea: un diagnóstico durísimo del retraso del continente frente a Estados Unidos y una hoja de ruta con 383 recomendaciones concretas. El Deutsche Bank Research Institute, con Marion Muehlberger y Ursula Walther a la firma, publica ahora un balance del primer aniversario. El título lo dice todo: Need for speed. Y el veredicto, también: progreso mixto, ningún game changer, pero algunas reformas sustanciales.
El dato que enmarca toda la pieza es demoledor en su modestia. Un análisis puramente cuantitativo del think tank EPIC cifra en torno al 11% las 383 recomendaciones de Draghi efectivamente implementadas hasta la fecha. DBRI no se queda en ese recuento mecánico: pondera la materialidad de cada cambio, clasificándolo según su impacto potencial en una escala que va de «limitado» a «game changer». La fotografía resultante es la de una Europa que se ha movido donde le resultaba menos doloroso —donde los intereses nacionales estaban alineados o la presión externa era más fuerte— y se ha atascado allí donde los intereses divergen.

El punto de partida: una brecha que se ensancha
Conviene recordar por qué hizo falta el informe. La brecha de productividad entre Estados Unidos y la zona euro —medida como PIB por hora trabajada en paridad de poder adquisitivo— no ha dejado de ensancharse desde mediados de los noventa. Los dolores principales que Draghi identificó son conocidos: precios de la electricidad comparativamente altos, un mercado único incompleto (sin integración de los mercados de capitales), una estructura industrial estática, dependencias externas excesivas y una carga administrativa asfixiante.
En enero, la Comisión respondió con la Competitiveness Compass, una selección de medidas insignia que, significativamente, renunció a los elementos más controvertidos: nada de nueva deuda conjunta, nada de requisitos de contenido local. DBRI reconstruye además un cuadro de mando de la competitividad europea a enero, donde el punto más débil es nítido: el acceso al capital privado y a la inversión, con la inversión en capital riesgo cayendo del 0,09% al 0,05% del PIB. Sobre ese diagnóstico, el informe organiza las recomendaciones en cuatro objetivos: escalar la industria de defensa y reducir dependencias; aligerar la carga regulatoria y agilizar la toma de decisiones; cerrar la brecha de innovación tecnológica con EE.UU.; y bajar los precios de la energía convirtiendo la descarbonización en fuente de crecimiento.
Defensa: donde más se ha avanzado
El bloque con más tracción es la defensa, y la razón es sencilla: el sentido de urgencia ha sido aquí el más intenso. Las dudas sobre el compromiso estadounidense con la seguridad europea tras el discurso de J.D. Vance en Múnich, la oleada de ataques híbridos rusos contra infraestructuras críticas y la disposición china a «armar» su dominio sobre varias materias primas críticas han empujado la acción política como ningún documento de estrategia podría haberlo hecho.
A nivel nacional, Alemania lidera: eleva su gasto en defensa de 74.000 M€ en 2024 a 109.000 M€ el año que viene, y ese gasto ya se traduce en capacidad productiva —a finales de agosto, una gran empresa alemana inauguró lo que será la mayor fábrica de munición de la UE—. A nivel supranacional, el instrumento estrella es SAFE: un mecanismo de préstamos baratos por 150.000 M€ que ya han solicitado 19 países, con fecha límite de presentación de proyectos el 30 de noviembre. En octubre, además, se espera una hoja de ruta sobre cómo cerrar las brechas de defensa de aquí a 2030.

El gráfico que mejor cuantifica el reto es la Figure 7. El déficit de gasto frente al nuevo objetivo del 3,5% del PIB asciende a 226.000 M$ en 2025. Las barras muestran quién tiene más camino por recorrer en términos absolutos —Alemania, Francia, Italia y España a la cabeza— mientras los rombos amarillos señalan que solo Polonia, ya por encima del 4,5% del PIB, ha superado el listón. Cerrar ese hueco exigirá un nuevo escalón de inversión. Y aquí DBRI aporta una nota geopolítica: que el acuerdo comercial con EE.UU. incluya compromisos de comprar «sustancialmente más» armamento estadounidense no debería frenar el desarrollo de la industria europea, porque la dependencia de sistemas americanos en capacidades modernas críticas iba a persistir de todos modos, y porque Europa tendrá que cargar con el grueso de las garantías de seguridad para Ucrania.
Red tape y mercado único: los Omnibus
El segundo bloque con avances reales es la simplificación regulatoria. La Comisión ha lanzado una serie de propuestas Omnibus que aligeran requisitos en múltiples normativas, con el foco puesto en refocalizar la regulación sobre las grandes empresas y dar respiro a las pymes en obligaciones de reporting. El ahorro de costes total estimado para la economía asciende a 9.000 M€. El Omnibus I aplaza, por ejemplo, las obligaciones de la directiva de sostenibilidad corporativa (CSRD) a 2028; otros simplifican finanzas sostenibles, taxonomía, el mecanismo de ajuste de carbono en frontera o las reglas de protección de datos.
A esto se suma el ambicioso «régimen 28»: un marco regulatorio voluntario y paneuropeo al que cualquier empresa podría acogerse, saliéndose de su régimen nacional, para crecer y escalar por toda la UE sin fricción. La propuesta legislativa está prevista para el primer trimestre de 2026, pero DBRI advierte de la dificultad intrínseca: si es demasiado ambiciosa no logrará el apoyo político suficiente; si es demasiado estrecha, las empresas no la usarán. El mercado único, en paralelo, arrastra diez barreras «terribles» —desde reglas excesivamente complejas hasta restricciones territoriales de suministro— que la Estrategia de Mercado Único de mayo intenta abordar, aunque su éxito dependerá críticamente de que los Estados miembros asuman como propia la aplicación efectiva de las reglas comunes.
Innovación y la Unión del Ahorro y la Inversión
En innovación el progreso es más tenue. La estructura industrial estadounidense es más dinámica: el gasto en I+D de las mayores empresas estadounidenses está dominado por las tecnológicas, mientras que en Europa siguen mandando las del automóvil. La UE ha empezado a mover ficha —la iniciativa InvestAI aspira a movilizar 200.000 M€, con un fondo de 20.000 M€ para gigafábricas de IA, y se prepara un Scaleup Europe Fund para 2026— pero son apuestas que tardarán en materializarse, y la adopción corporativa de IA todavía despega lentamente.
El capítulo que más debería interesar a un asignador de patrimonio es la Unión del Ahorro y la Inversión (SIU), donde el progreso es solo incremental. Un mercado de capitales plenamente integrado es central para la competitividad, porque permitiría movilizar y asignar mejor el ahorro privado europeo. El indicador compuesto de integración financiera del BCE apunta a cierto avance, pero los mercados siguen fragmentados: el FMI estima que las barreras restantes en servicios financieros equivalen a un arancel del 100%. El potencial es enorme —un estudio cifra en 416.000 M€ la inversión que generaría reasignar una sola vez el 10% del ahorro de los hogares de depósitos hacia seguros y pensiones—, y la estrategia SIU ataca las debilidades correctas: canalizar más inversión minorista hacia los mercados, reforzar el pilar de pensiones de capitalización, armonizar la supervisión y revitalizar la titulización. Pero la experiencia con la antigua Unión de Mercados de Capitales enseña que los intereses nacionales divergentes en supervisión, pensiones, fiscalidad e insolvencia frenan una y otra vez la integración. La cuenta paneuropea de ahorro e inversión, pieza clave, seguía pendiente de presentarse en el tercer trimestre.
El presupuesto: mejor, pero no mayor
La recomendación más debatida de Draghi —emitir deuda conjunta para financiar bienes públicos europeos— se ha quedado sin recorrido. No hay apetito por otra ronda de endeudamiento común. Lo que sí recoge el borrador del próximo presupuesto plurianual es la otra parte del mensaje: «gastar mejor».

La Comisión presentó en julio un plan de 1,8 bn€ para el presupuesto 2028-2034. La cifra es elevada a propósito: se descuenta que se negociará a la baja —potencialmente a 1,5 bn€— porque los Estados miembros tienen poco margen fiscal para aumentar sus contribuciones. Lo relevante es la reasignación: 410.000 M€ a competitividad y defensa, lo que eleva su peso del 14% al 23% del presupuesto, mientras agricultura y cohesión, aún pesos pesados, ven caer su cuota conjunta del 70% al 48%. La parte más espinosa es un nuevo instrumento de gestión de crisis de 400.000 M€ planeado fuera del presupuesto y financiado con deuda conjunta, que previsiblemente encontrará la resistencia feroz de los países «frugales». Y un detalle que conviene no perder de vista: el repago e intereses del NGEU sumarán 24.000 M€ al año —168.000 M€ en total—, sin que haya roll-over de esa deuda en la propuesta.
La lectura de Maya
El balance de DBRI es honesto y, por eso mismo, útil. La conclusión que más nos interesa no es el 11% de EPIC —un número que mide cantidad, no calidad— sino la regularidad que lo explica: Europa avanza donde los intereses nacionales se alinean (simplificación) o donde la presión externa aprieta (defensa), y se atasca donde la soberanía nacional es competencia exclusiva de los Estados: mercado laboral, pensiones, fiscalidad. Esa frontera entre lo comunitarizable y lo que no lo es es el verdadero techo de la competitividad europea, y ningún informe lo derriba.
Para un inversor patrimonial, lo accionable está en el capítulo del ahorro y la inversión. Si la SIU prospera —aunque sea de forma incremental—, el efecto a una década es estructural: más ahorro de los hogares europeos hacia renta variable y fondos, un pilar de pensiones de capitalización más profundo y un mercado de titulización revivido. Son exactamente los vientos de cola que sostienen una mayor cultura de inversión en el continente, justo el terreno donde trabajamos. La cifra de los 416.000 M€ por reasignar un 10% del ahorro da la escala de lo que está en juego. No es para mañana, pero es la dirección correcta.
Y un apunte de cautela inversora: el rerating de la renta variable europea de 2025 se ha apoyado en parte en esta narrativa de reformas. DBRI deja claro que los game changers no han llegado y que las reformas estructurales más potentes dependen de capitales nacionales con un contexto político —Francia, el auge de la extrema derecha— poco propicio. Conviene separar el impulso fiscal-defensivo, que es real y tiene tracción, de la promesa de integración de mercados de capitales, que es lenta por diseño. La velocidad que pide el título sigue siendo, un año después, más aspiración que hecho.
