Hay documentos que se leen con prisa y documentos que se leen con un café delante, sin mirar el reloj. La Guide to Global Financial Markets de Bryan Taylor, economista jefe de Finaeon (la edición 2026 tiene 350 páginas), es de los segundos. De hecho, no es exactamente un informe: es el mapa de cuatro siglos de mercados financieros, país por país y activo por activo, reconstruido a partir de periódicos antiguos, libros de cotizaciones y archivos que hasta hace treinta años solo podías consultar viajando a una biblioteca con un microfilm. El propio autor lo cuenta con cierta ternura: hoy reúne todos esos datos mirando por la ventana al Pacífico. La tecnología es maravillosa, dice. Y tiene razón.

Lo que me parece más valioso de este trabajo no es ningún pronóstico (el autor insiste, con una humildad que comparto, en que el futuro no se puede predecir), sino la perspectiva. Casi todo lo que leemos sobre mercados mira cincuenta, cien o, como mucho, ciento cincuenta años de historia. Ibbotson empieza en 1926; Dimson, Marsh y Staunton en 1900. Finaeon arranca en 1602, cuando empezaron a cotizar las acciones de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales en Ámsterdam, y para los bonos y los tipos de cambio se remonta todavía más atrás. ¿Qué se ve desde tan lejos que no se ve desde cerca? Pues bastante. Y casi todo aterriza, de una forma u otra, en una pregunta muy concreta: qué significa todo esto para tu patrimonio.

Los cuatro jinetes: comercio, guerra, inflación y gobierno

Taylor ha troceado cuatrocientos años de mercados en cinco eras financieras y veinte periodos, y al hacerlo se ha topado con un patrón que repite una y otra vez. Las rentabilidades cambian de un periodo a otro, sí, pero no caprichosamente: cambian porque cambian cuatro factores. Él los llama, medio en broma medio en serio, los Cuatro Jinetes de las finanzas (un guiño a los del Apocalipsis), y los resume en una palabra inglesa, TWIG: Trade, War, Inflation, Government. Comercio, guerra, inflación y gobierno. Rompe cualquiera de esas cuatro ramas y las rentabilidades caen.

Pensemos en la lógica, porque es sencilla y es sólida. El comercio libre genera crecimiento; el proteccionismo, la sustitución de importaciones y la autarquía lo asfixian (las economías anglosajonas y del este asiático, abiertas, prosperaron; las latinoamericanas, encerradas tras aranceles, se quedaron atrás). La guerra desvía la actividad económica de la producción, destruye recursos y empuja a los gobiernos a controlar las empresas y a inflar para pagar la factura. La inflación es el peor enemigo de los bonos y las letras: si compras un bono esperando un 3% y la inflación se va al 10%, tu rentabilidad se evapora, y a diferencia del accionista, el inversor en renta fija nunca recupera lo perdido. Y el gobierno, cuando controla, nacionaliza o simplemente amenaza con hacerlo, paraliza la innovación que necesita una economía para crecer.

De esa última idea sale una de las conclusiones que más me gustan del trabajo, porque es contraintuitiva y a la vez muy medible: los países en los que la capitalización bursátil supera a la deuda pública tienden a rentar más que los países en los que la deuda del Estado es mayor que su Bolsa. Tiene sentido si uno lo piensa. Un Estado endeudado hasta las cejas drena hacia sus bonos el capital que de otro modo iría a financiar empresas. Donde el mercado pesa más que el Estado, el dinero trabaja; donde pesa más el Estado, el dinero se aparca. Y esto, desgraciadamente, no es una abstracción de manual: es exactamente el tipo de tensión que estamos viendo hoy en buena parte del mundo desarrollado, con deudas públicas desbocadas.

Figura 30.8 de la Guide, "United States Market Cap and Government Debt as a Share of GDP, 1792 to 2025". Gráfico de dos líneas sobre fondo blanco con el eje vertical en "Percent of GDP" (de 0 a algo más de 200). Una serie traza la capitalización del mercado estadounidense como porcentaje del PIB ("GFD United States Market Cap as a Percent of GDP") y la otra la deuda pública per GDP ("United States Government Debt per GDP with GFD Extension"); la capitalización bursátil escala con fuerza hacia el final del periodo y supera con holgura los 200% del PIB. Fuente: Finaeon.

No existe "la" prima de riesgo (y conviene interiorizarlo)

Si tuviera que quedarme con una sola lección de las veinte que Taylor extrae de su base de datos, sería esta: no hay una prima de riesgo de las acciones fija. La famosa Equity Risk Premium (la diferencia de rentabilidad entre acciones y bonos) no es una constante que puedas buscar en una tabla y meter en un modelo de valoración. Fluctúa dramáticamente a lo largo del tiempo y entre países, y la prima futura puede no parecerse en nada a la pasada. Dice Taylor, con una frase que firmaría sin dudar: no tiene sentido buscar "la" prima de riesgo, no existe.

Esto, que suena muy técnico, tiene una consecuencia patrimonial enorme. La industria financiera vende continuamente cálculos de rentabilidad esperada apoyados en una prima de riesgo supuestamente estable. Pues bien, la historia dice que esa estabilidad es una ilusión. La prima fue altísima entre 1949 y 1968 (la recuperación de posguerra empujaba las acciones hacia arriba mientras los tipos al alza castigaban a los bonos) y fue raquítica entre 2000 y 2019, cuando la caída secular de los tipos disparó la rentabilidad de los bonos. En lo que llevamos de los años veinte, las pobres rentabilidades de la renta fija han devuelto la prima a terreno alto. ¿Conclusión práctica? Lo importante no es predecir un número mágico, sino entender qué fuerzas mueven a cada activo en cada momento y construir una cartera que no dependa de adivinarlo.

El gráfico de la prima de riesgo para cualquier país lo deja clarísimo. Mira el de Australia, por ejemplo: una media móvil a diez años que pasa décadas en positivo, se hunde en negativo en momentos puntuales, vuelve a subir. No es una línea plana ni de lejos. Es un electrocardiograma. Y la moraleja de Taylor es honesta: la baja (o alta) prima de cada país explica buena parte de lo bien o mal que les fue a sus inversores.

Figura 4.3 de la Guide, "Australia 10-year Equity Risk Premium, 1860 to 2025". Gráfico de área de la media móvil a diez años de la prima de riesgo de las acciones australianas: las zonas por encima de cero aparecen en gris (prima positiva, acciones batiendo a bonos) y las zonas por debajo de cero en rojo (prima negativa). La serie pasa la mayor parte del tiempo en positivo, con tramos rojos puntuales en torno a finales del XIX, los años setenta, los dos mil y principios de los 2020. Etiqueta de la serie: "GFD Indices Australia 10-year Equity Bond Premium (GFERAU10BM)". Fuente: Finaeon.

El ciclo de treinta años y la disciplina de no olvidarlo

Hay otra observación que me parece valiosísima para cualquiera que invierta de verdad a largo plazo, no para el trimestre que viene. Desde 1900, las rentabilidades de las acciones parecen seguir un ciclo de unos treinta años. Las mejores décadas fueron los años veinte, los cincuenta, los ochenta y los dos mil diez; las peores, los años diez, los cuarenta, los setenta y los dos mil. Es decir, a cada gran década le siguió una década positiva pero más floja, y las peores décadas fueron, curiosamente, las que precedían a las mejores. Aplicando esa lógica, Taylor espera que los años veinte renten menos que los dos mil diez (aunque en positivo, con las acciones batiendo a bonos y letras) y que los años treinta sean inferiores. No lo presenta como una profecía, ojo, sino como una extrapolación de un patrón que reconoce que puede romperse.

¿Y por qué me importa tanto un ciclo de treinta años? Porque la peor enemiga del inversor no es la volatilidad, es su propia impaciencia. Si uno sabe que las décadas buenas y malas se alternan, que negativas reales a diez años solo ocurren una vez por siglo más o menos (las dos únicas décadas claramente negativas del índice mundial en el último siglo fueron los años diez y los dos mil), entonces tiene munición para no perder los nervios cuando toca la travesía floja. Esto es, exactamente, el núcleo de lo que hacemos en BISSAN con la planificación financiera: no se trata de acertar el timing, se trata de tener un plan que te permita aguantar sentado mientras el ciclo hace su trabajo. La geopolítica y la macro te dan la dirección; los mercados te dan el momento; nosotros vigilamos las dos cosas para que tú no tengas que vender en el peor instante.

Conviene añadir aquí una concesión honesta, porque Taylor también la hace. Que el patrón haya funcionado durante 125 años no garantiza que funcione en los próximos veinticinco. Él mismo lo dice: las eras se identifican siempre a toro pasado. El inversor de 1914 no sabía que empezaba la era de las Guerras Mundiales, igual que nosotros no sabemos qué será de verdad la década de 2030. Esa modestia, lejos de restar valor al trabajo, se lo da.

Acciones, bonos, letras… y ladrillo

Una virtud poco común de esta guía es que no se queda en las acciones. Cada país se analiza con ocho lentes: rentabilidad de acciones, bonos y letras; prima de riesgo; mercados alcistas y bajistas; capitalización por sectores; capitalización bursátil frente a deuda pública; inmobiliario; y tipo de cambio. Esa amplitud multiactivo es justamente lo que la convierte en una herramienta de asignación de activos y no en un simple anuario bursátil.

El inmobiliario, por ejemplo, da páginas memorables. El caso más extremo es Japón: tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial, los precios reales de la vivienda se multiplicaron por cinco en los años cincuenta y sesenta, volvieron a multiplicarse hacia el final de la burbuja, y desde 1990 han caído de forma brutal. El gráfico es uno de esos que se quedan grabados. ¿La lección para el ahorrador? Que el ladrillo, ese activo en el que la mayoría de las familias concentra una parte enorme de su patrimonio, también tiene sus burbujas y sus travesías por el desierto, y que conviene mirarlo con la misma frialdad con la que miramos una acción. El propio Taylor recuerda que la Gran Crisis Financiera de 2007-2008 nació, precisamente, del colapso del mercado inmobiliario.

Figura 17.8 de la Guide, "Japan Price of Real Estate after Inflation, 1936 to 2025". Gráfico de área que muestra el precio real (ajustado por inflación) de la vivienda en Japón: tras un mínimo en torno a la posguerra, los precios escalan con fuerza hasta un pico pronunciado alrededor de 1990, y a partir de ahí descienden de forma sostenida durante las décadas siguientes sin recuperar aquel máximo. Fuente: Finaeon.

Y aquí hay un detalle metodológico que merece un paréntesis (porque Taylor es muy cuidadoso con estas cosas). Define un mercado bajista como una caída del 20% en el índice principal, pero un mercado alcista como una subida del 50% o un nuevo máximo tras una caída del 20%. ¿Por qué no usar el 20% para ambos? Porque sería un disparate aritmético: si el mercado cae un 20% y luego sube un 20%, no vuelve a 100, vuelve a 96. Con la regla del 20% en ambos sentidos, un mercado podría caer eternamente sin recuperar nunca su valor original. Es el tipo de rigor que distingue un trabajo serio de un titular vistoso.

El mundo entero, y por qué la inflación expolia más de lo que parece

Taylor también ha construido lo que dice ser el primer índice mundial de acciones que se remonta a antes de 1900 y que se reponderá de forma regular: arranca con 73 compañías en 1602 y va incorporando países a medida que aparecen datos (los Países Bajos en 1602, India en 1657, Reino Unido en 1694, Estados Unidos en 1784, y así hasta más de cincuenta mercados). De ese índice mundial sale la confirmación de lo esperable a largo plazo: las acciones superan ampliamente a bonos y letras a lo largo de los siglos, y la diferencia entre bonos y letras es pequeña.

Sobre la inflación, hay un dato que da escalofríos y que conviene tener muy presente. Tras ajustar por inflación, algunos países han visto pérdidas reales de más del 90% para sus inversores en renta variable cuando la inflación se desbocaba y las acciones no lograban seguirle el ritmo. Y mientras las acciones acaban recuperando su valor real una vez que la inflación se detiene, la destrucción de valor en bonos y letras se queda. Permanece. El inversor en renta fija no tiene forma de recuperar lo que la inflación le ha robado. Llamar a esto "expolio" no es exagerar: es describirlo.

Esto enlaza con otra observación incómoda sobre las divisas. Desde la Primera Guerra Mundial, solo dos monedas se han apreciado frente al dólar a lo largo de un siglo: el florín holandés y el franco suizo. Todas las demás se han depreciado, porque casi todos los países han controlado peor la inflación que Estados Unidos. Y eso a pesar de que a Estados Unidos se le critica, con razón, por sus déficits. Que conste que esto no es un brindis al dólar (tengo mis dudas sobre su trayectoria), sino un recordatorio de que la inflación es una constante histórica contra la que el ahorrador tiene que protegerse activamente, sobretodo el más conservador, no un accidente del que uno se libra quedándose quieto en "lo seguro".

¿Y qué hacemos con todo esto?

Taylor reduce todo su trabajo a tres preguntas, y sus respuestas me parecen un buen resumen para llevarse a casa. ¿Se puede aumentar la rentabilidad y reducir el riesgo de todos los activos? Sí: evitando a los Cuatro Jinetes (restricciones al comercio, guerra, inflación y control gubernamental). ¿Puede un inversor individual batir a la media? Analizando los factores que mueven cada activo y reasignando la cartera en consecuencia, en lugar de buscar la piedra filosofal del stock picking. ¿Se puede influir en la prima de riesgo? No para uno mismo, pero sí entenderla: sube cuando suben las acciones y caen los bonos, y baja cuando ocurre lo contrario.

Si me detengo a pensar qué tiene de bissaniano este documento, diría que casi todo. La idea de que el riesgo no es la volatilidad sino la pérdida permanente de capital (que es lo que hace la inflación con los bonos). La idea de que el comportamiento del inversor, su capacidad de aguantar el ciclo, manda más que cualquier acierto puntual. La idea de que solo unas pocas cosas (guerra perdida, burbuja, control estatal de la economía) deben preocuparnos de verdad, y que el resto es ruido. Taylor lo ha demostrado con cuatro siglos de datos en treinta países. Así pues, nosotros intentamos aplicarlo, cada día, a carteras concretas de familias concretas. ¿Tiene sentido seguir invirtiendo sin esta perspectiva histórica? Yo creo que no. El tiempo dirá.


Nota de cumplimiento: este artículo es un comentario divulgativo sobre un documento de terceros (Finaeon / Global Financial Data) y no constituye asesoramiento financiero ni recomendación de inversión. Las cifras, gráficos y conclusiones citadas proceden de la Finaeon Guide to Global Financial Markets, 2026 Edition, de Bryan Taylor, y reflejan su metodología (rentabilidades totales reconstruidas a partir de fuentes históricas, convertidas a dólares estadounidenses y ajustadas por inflación para hacerlas comparables); BISSAN no ha auditado esos datos de forma independiente. Las rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras. Cualquier decisión de inversión debe tomarse en el marco de una planificación financiera personalizada y atendiendo a las circunstancias de cada inversor.