Hay informes que se leen como una foto del momento y otros que se leen como un mapa. Este, firmado por Loredana Muharremi, Nicolas Owens y Andrea Burigana —los analistas de aeroespacio y defensa de Morningstar Equity Research—, pertenece a la segunda categoría. Son más de ochenta páginas que arrancan con una afirmación rotunda y la van sosteniendo capa a capa: las tensiones geopolíticas han disparado un nuevo supercicio global de gasto en defensa, y no estamos al final, sino al principio.

La tesis central conviene leerla despacio porque tiene número y dirección. Los presupuestos europeos de defensa van a crecer un 6,8% anual entre 2024 y 2035, superando a Estados Unidos (1,7%), Rusia (3,2%) y China (3,1%). Europa pasaría del 16% al 22% del gasto mundial en defensa hacia 2030, estabilizándose después hasta 2035. Estados Unidos, que viene subiendo de forma sostenida desde 2017, crecería más o menos en línea con su PIB, hasta el 3,3% en 2035, ligeramente por debajo del 3,5% de 2024. En el medio plazo, ambas regiones priorizarán munición y equipamiento «de catálogo» para cubrir necesidades inmediatas.

No es un sector cómodo de mirar. Hablamos de armas, de conflictos, de munición que se gasta porque se dispara. Pero como analistas tenemos la obligación de entender lo que mueve los mercados, y pocas industrias están viviendo una reasignación de capital tan estructural como esta. Vamos por partes.

El punto de partida: dónde se gasta y cuánto

Antes de hablar del ciclo, conviene situar la escala. En 2024, el gasto militar mundial rondó los 2,6 billones de dólares, y está extraordinariamente concentrado: los diez mayores países suman alrededor del 75% del total. Estados Unidos y China son, con diferencia, los dos primeros y juntos representan aproximadamente la mitad del gasto global.

Top 10 de países por gasto en defensa en 2024, según SIPRI y Morningstar. Sobre un total mundial de 2,6 billones de dólares, EE. UU. encabeza con el 37,2%, seguido de China (12,2%), Rusia (5,8%), Alemania (3,3%), India (3,2%), Arabia Saudí (3,0%), Reino Unido (3,0%), Ucrania (2,6%), Francia (2,4%) y Japón (2,2%); el 25,0% restante se reparte entre el resto del mundo.

Las palancas que mueven ese gasto son cuatro y se entienden sin necesidad de ser estratega militar. La primera es la disuasión: los países invierten para hacer creíble una amenaza de represalia, y los conflictos abiertos o que escalan en una región empujan a los vecinos a subir presupuesto. La segunda son las alianzas: pertenecer a la OTAN, por ejemplo, conlleva compromisos concretos de capacidad militar. La tercera es la modernización: el material envejece y hay que reemplazarlo, lo que implica gasto en tecnologías y plataformas nuevas. Y la cuarta, transversal a todas, es la geopolítica del momento —la invasión rusa de Ucrania y la creciente asertividad de China en el Indo-Pacífico están detrás de buena parte del giro—.

Un oligopolio que se refuerza con el tiempo

El lado de la oferta es tan concentrado como el de la demanda. Quince contratistas dominan el mercado, y las empresas estadounidenses suponen el 59% de ese top 15 por ingresos. Si se mira el conjunto de los cien mayores contratistas globales, que facturan unos 606.000 millones de dólares, el top 15 acapara el 65,6%; el resto se reparte entre «otros EE. UU.» (15,9%), «otros Europa» (12,6%) y el resto del mundo (6,0%).

Dos gráficos de Morningstar con datos de SIPRI. A la izquierda, reparto de ingresos de los 100 mayores contratistas globales de defensa en 2023 (total 606.000 millones de dólares): el top 15 global concentra el 65,6%, otros EE. UU. el 15,9%, otros Europa el 12,6% y resto del mundo el 6,0%. A la derecha, cuota de ingresos del top 15 sobre los 100 mayores en 2023: Lockheed Martin (LMT) lidera con casi un 11%, seguido del chino AVIC (en torno al 8%), RTX (~7%), Northrop Grumman, General Dynamics, Boeing y BAE; las banderas identifican el país de cada contratista y las empresas estadounidenses dominan la parte alta.

Lo relevante no es solo la concentración, sino su persistencia. El informe muestra que el top 15 apenas ha cambiado en una década y que, si acaso, ha reforzado su posición. Esto no es casualidad ni resultado de prácticas opacas: es la consecuencia natural de la estructura del sector. Y aquí entramos en el terreno que, como inversores en calidad, más nos interesa.

Por qué la defensa tiene los fosos más anchos del mercado

Si hay un concepto que vertebra todo el análisis de Morningstar, es el del foso económico (economic moat): la ventaja competitiva duradera que permite a una empresa defender su rentabilidad frente a la competencia. Pues bien, la cobertura de defensa de Morningstar es la que tiene la mayor concentración de fosos amplios de todo su universo.

Dos gráficos de Morningstar sobre los fosos competitivos del sector defensa. Arriba, distribución de fosos: en defensa, el 0% de las empresas no tiene foso, el 12% tiene foso estrecho y el 88% foso amplio; en el conjunto de sectores, el 40% no tiene foso, el 41% estrecho y solo el 19% amplio. Abajo, fuentes del foso: en defensa, costes de cambio y activos intangibles alcanzan el 100%, frente al 26% y 39% respectivamente en el resto de sectores; ventaja en costes, escala eficiente y efectos de red son del 0% en defensa.

Los números son llamativos: el 88% de las empresas de defensa cubiertas (14 de 16) tienen foso amplio, frente a un 19% de media en el resto de sectores. Y todas, sin excepción, tienen algún tipo de foso. El segundo gráfico explica de dónde sale esa fortaleza: el 100% se apoya en costes de cambio y el 100% en activos intangibles, muy por encima del 26% y 39% del mercado general. En cambio, la ventaja en costes, la escala eficiente y los efectos de red apenas pesan.

¿Por qué son tan duraderos estos fosos? Por la propia mecánica de la industria. La regulación gubernamental y la complejidad del producto son barreras de entrada enormes, reforzadas por ciclos de producto que duran décadas y por estructuras de contrato que reducen el riesgo del incumbente y excluyen de hecho a los proveedores alternativos. Además, los costes de cambio son altísimos para un cliente —el Estado— que es por naturaleza averso al riesgo: cambiar de proveedor a mitad de programa implica tiempo, coste e incertidumbre que casi nadie quiere asumir.

El informe matiza con elegancia que la fortaleza del foso depende de la plataforma. Las plataformas aéreas, los vehículos terrestres y los submarinos sostienen fosos amplios: requisitos técnicos muy altos, ciclos de desarrollo de hasta veinte años, ciclos de producción de hasta cuarenta y vidas útiles de cuarenta y cinco años en algunos aviones, con paquetes de soporte que generan ingresos recurrentes de alto margen durante toda la vida del aparato. En cambio, munición, sistemas electrónicos y ciberseguridad sostienen fosos más estrechos: ciclos de desarrollo cortos, mayor competencia y, en el caso del software de ciberseguridad, una vida de producto corta porque la tecnología cambia sin parar.

Hay un matiz de modelo de negocio que merece subrayarse para entender la rentabilidad. La estructura de contratos determina el reparto de riesgo: los contratos «cost-plus» reembolsan al contratista los costes más un beneficio, y es el Gobierno quien asume el riesgo financiero; los contratos a precio fijo fijan un precio cerrado y trasladan el riesgo al contratista, pero pueden ser más rentables. El patrón habitual es empezar en cost-plus —cuando hay más incertidumbre— y migrar a precio fijo a medida que la producción escala y aparecen las economías de escala. El I+D, además, se financia en buena parte con dinero público (en torno al 20% de las ventas), lo que protege los retornos de las empresas.

El pecado original europeo: tres décadas de desinversión

Para entender por qué el supercicio es mucho más explosivo en Europa que en Estados Unidos hay que mirar atrás. Durante la Guerra Fría, los países europeos gastaban de media en torno al 3% de su PIB anual en defensa. Eso cambió en 1992: con la caída de la Unión Soviética, la amenaza percibida se desplomó y muchos países recortaron presupuestos para reasignarlos a programas sociales. Es el famoso «dividendo de la paz».

Dos gráficos de Morningstar (fuentes NATO y SIPRI) sobre la infrainversión europea en defensa. Arriba, evolución 1992-2022: la línea de gasto real (granate) queda muy por debajo de las hipotéticas del 2,97% y del 2,00% del PIB durante todo el periodo. Abajo, brecha acumulada 1992-2022: el gasto real superó ligeramente los 5 billones de dólares; frente al patrón del 2,97% del PIB la infrainversión (naranja) lleva el total por encima de 10 billones, y frente al patrón del 2% la brecha es bastante menor.

Las cifras del agujero son contundentes. Entre 1992 y 2022, el gasto europeo en defensa sumó 5,7 billones de dólares, un 49% por debajo de lo que habría correspondido a niveles de Guerra Fría. Incluso comparado con el objetivo previo del 2% de la OTAN, la brecha sigue siendo enorme: 1,8 billones de dólares. En 2014, tras la anexión rusa de Crimea, los aliados de la OTAN se comprometieron a gastar al menos el 2% del PIB y a dedicar más del 20% del presupuesto de defensa a equipamiento nuevo e I+D, pero la mayoría no alcanzó el objetivo hasta 2024.

Ese «dividendo de la paz» no fue solo dinero no gastado: fue capacidad militar evaporada. El informe, con datos de McKinsey, cuantifica el desplome de inventarios europeos respecto a 1992: los carros de combate principales cayeron un 77%, los aviones de combate un 39%, los grandes buques de superficie un 47% y los submarinos un 57%. Reconstruir eso no es cuestión de un presupuesto anual generoso; es un programa plurianual de reposición de arsenales. Y ahí está, precisamente, la oportunidad estructural que Morningstar describe.

Una industria europea fragmentada hasta la ineficiencia

Hay un problema adicional, muy europeo, que el informe no esquiva: la fragmentación. Europa gasta aproximadamente la mitad que Estados Unidos en defensa, pero ese gasto rinde mucho menos porque está disperso entre decenas de programas nacionales que compiten —o, peor, que no compiten porque cada país protege a sus campeones—.

Treemap de Morningstar (análisis de McKinsey sobre The Military Balance 2023) que compara, por plataforma, el número de sistemas de armamento distintos en EE. UU. (amarillo) frente a Europa (azul); el tamaño de cada bloque representa el número total de sistemas. En todas las categorías —destructores y fragatas, artillería, aviones, carros, torpedos, misiles antibuque, misiles aire-aire, submarinos convencionales y nucleares, helicópteros— el bloque europeo es notablemente mayor que el estadounidense, ilustrando la fragmentación de plataformas en Europa.

El dato que resume el problema es demoledor: Europa opera 179 sistemas de armamento distintos frente a solo 33 en Estados Unidos. Cada bloque azul del gráfico anterior, más grande que su equivalente amarillo, es un recordatorio de cuánta duplicación hay. El resultado se ve en el presupuesto por plataforma: el presupuesto europeo por plataforma es solo una quinta parte del estadounidense (unos 4.000 millones de euros frente a 20.000 millones de dólares), pese a invertir la mitad en equipamiento total. En Estados Unidos, en cambio, el número de contratistas primarios se ha reducido de 51 a menos de 10 desde la Guerra Fría, y muchos segmentos están controlados por empresas en posición de monopolio o casi.

Esta fragmentación es, paradójicamente, una de las grandes oportunidades del ciclo. Si Europa consigue consolidar la compra y la base industrial —el objetivo declarado es abastecerse de al menos el 50% del equipamiento desde dentro de Europa—, las economías de escala y los ingresos de posventa pueden reescalar a los contratistas europeos. El informe estima que la consolidación podría recortar costes para los Gobiernos hasta un 30%. Hay un fondo de compra conjunta de 150.000 millones de euros y proyectos colaborativos en marcha —FCAS y GCAP en cazas de sexta generación, MGCS en plataformas terrestres, la joint venture Rheinmetall-Leonardo, MBDA en misiles, ESSI en defensa aérea—, aunque por sí solos resultan insuficientes.

El supercicio, en un solo gráfico

Llegamos al corazón del informe. La pregunta no es si el gasto sube —eso ya lo sabemos—, sino si estamos ante un fenómeno cíclico pasajero o ante algo estructural. La respuesta de Morningstar es que estamos en la fase inicial de un nuevo supercicio.

Gráfico de Morningstar sobre la evolución del gasto militar global en variación porcentual anual, con barras azules y una media móvil granate. Tras el ciclo alcista de los años 2000 (picos del 7%-8% hacia 2003-2009) y la posterior contracción (mínimos del -6% y varios años negativos a principios de la década de 2010), la serie repunta de nuevo desde mediados de la década de 2010 y se acelera al final: los dos últimos años marcan un 6% y un 9%, etiquetados como «inicio del ciclo alcista» (Start of Up-Cycle).

El gráfico cuenta una historia clara. Hubo un ciclo alcista en los años 2000, con incrementos anuales del 7%-8% en su pico. Luego vino la resaca: varios años de caídas, con un mínimo del -6%, durante la década de la austeridad. Y a partir de mediados de los 2010 la tendencia se da la vuelta y se acelera de forma marcada al final, con los dos últimos años marcando un 6% y un 9%. Morningstar etiqueta ese tramo final, sin ambages, como el «inicio del ciclo alcista».

¿Se está traduciendo ya ese gasto en resultados empresariales? En parte. Los contratistas europeos llevan ventaja: sus ventas crecieron de media un 20% entre 2021 y 2023 y sus márgenes se expandieron unos 120 puntos básicos, a medida que la mayor producción activaba economías de escala. En Estados Unidos, el efecto está apareciendo más tarde —desde 2024— porque la combinación de inflación de costes y una alta proporción de trabajo de desarrollo de bajo margen en grandes programas comprimió los márgenes en el periodo.

La mejor confirmación de que el ciclo es real está en las carteras de pedidos. El ratio book/bill —pedidos nuevos sobre facturación— de todos los contratistas estadounidenses ha superado la unidad tras los baches de 2020-21, y en Europa se mantiene cómodamente por encima de 1 vez mientras los ingresos crecen a doble dígito o dígito alto. Un book/bill por encima de 1 significa que entra más trabajo del que se factura: el crecimiento futuro ya está, en buena medida, contratado. Y eso ni siquiera captura todo el valor: las carteras de pedidos no incluyen las oportunidades de posventa, retrofits y sostenimiento de plataformas de larga vida. En el ejemplo de la joint venture Rheinmetall-Leonardo en Italia, de un contrato total de 27.500 millones de euros solo 10.000 millones de hardware entran en la cartera registrada; el resto —repuestos, actualizaciones, soporte— es valor adicional que llegará después.

Estados Unidos: más presupuesto, menos dependencia de los grandes

El bloque estadounidense del informe tiene un mensaje doble. Por un lado, el presupuesto subirá. Por otro, el Departamento de Defensa (DoD) quiere reducir su dependencia de los cuatro grandes contratistas.

Hoy la concentración es notable: en el presupuesto del año fiscal 2024, los cuatro primeros —Lockheed Martin, General Dynamics, Northrop Grumman y RTX— acaparaban alrededor del 53% de los contratos disponibles, y solo el 45,5% del presupuesto accesible a contratistas se adjudica en competencia (frente a un 54,5% no competido). La guerra de Ucrania, además, ha impulsado la revitalización de la manufactura estadounidense: de los 113.000 millones de dólares aprobados por el Congreso en ayuda, unos 68.000 millones se dirigieron a empresas de defensa domésticas para ampliar capacidad y reponer existencias.

La proyección de Morningstar es que el presupuesto accesible a contratistas crezca en línea con el PIB, con un mayor peso de la adquisición de equipamiento (procurement) y un I+D que podría moderarse ligeramente desde máximos pero manteniéndose por encima de la media histórica. El mantenimiento es la mayor partida del DoD, pero los contratistas solo capturan en torno al 35% de ella. La conclusión interesante para el inversor: a largo plazo hay potencial de que los contratistas más pequeños capturen una cuota relativa mayor, a medida que el DoD trabaja activamente por diluir la concentración de los cuatro grandes.

Europa: rumbo al 3,5% del PIB

Si el supercicio tiene un epicentro, es Europa. Y el catalizador concreto es un cambio de objetivo de la OTAN que el informe sitúa en el centro de todo.

Gráfico de Morningstar (FMI, datos de gasto OTAN, informe anual de Rheinmetall) sobre el presupuesto europeo de defensa hasta 2035. Las barras (eje izquierdo, miles de millones de dólares) muestran la previsión actualizada (azul oscuro) frente a la anterior (azul claro), creciendo desde unos 350.000 millones en 2022 hasta superar los 1.200.000 millones en 2035. La línea amarilla (previsión actualizada como % del PIB, eje derecho) sube desde el entorno del 2% y converge hacia el nuevo objetivo OTAN del 3,5%, frente a la línea gris de la previsión anterior, que se quedaba por debajo. Se marcan el objetivo OTAN del 2% y el nuevo del 3,5%.

El cambio de marco es el siguiente. En su publicación anterior, Morningstar ya defendía que el objetivo del 2% del PIB era insuficiente para revertir décadas de desinversión, y asumía que Europa lo sobrepasaría hasta el 2,4% en 2029 y el 2,8% en 2032. Pero desde entonces, la OTAN elevó su objetivo de gasto en defensa nuclear del 2% al 3,5% del PIB, impulsada por la intensificación de las tensiones geopolíticas y por la presión de Estados Unidos bajo la administración Trump. Morningstar revisa al alza: ahora espera que la defensa nuclear europea alcance el 3% en 2030 y el 3,5% en 2035.

Hay un matiz importante en ese 3,5%. El objetivo total de la OTAN del 5% del PIB para 2035 reserva el 3,5% para defensa nuclear —directamente accesible a los contratistas— y el 1,5% restante para infraestructura de seguridad más amplia, no accesible a contratistas, pero que sí habilita inversión en tecnologías de doble uso y ciberresiliencia. Con el tiempo, las prioridades se desplazarán de las plataformas tradicionales hacia sistemas más avanzados e integrados.

La otra revisión clave es el peso del equipamiento. Morningstar sube su previsión de gasto en equipamiento para Europa al 42% del presupuesto, desde el 32% anterior, reflejando la urgencia europea por reconstruir escala y capacidad. La media reciente ha sido del 28%, subiendo al 31% en 2024. Esta reasignación hacia equipamiento podría desbloquear 1,7 billones de dólares en desembolsos acumulados hasta 2030, y hasta 3 billones en la próxima década —beneficiando principalmente a los contratistas europeos—.

Eso sí, el informe es honesto con los riesgos. La implementación será muy desigual. El objetivo no es vinculante y las restricciones fiscales seguirán siendo un obstáculo. Por ahora, el apoyo llega sobre todo vía la flexibilidad fiscal temporal del plan ReArm Europe, limitada en alcance y duración (cuatro años, referenciada a los niveles de gasto de 2021). País por país, Morningstar dibuja un mapa: Alemania alcanzaría el 3,5% en 2029 tras eximir el gasto militar por encima del 1% del PIB de su freno de deuda, con Rheinmetall capturando más del 50% del gasto en equipamiento; Francia llegaría al 3% en 2030 pese a sus déficits, con Thales y Dassault como beneficiarios; el Reino Unido subiría al 3% en 2030 desde el 2,3% actual, con BAE Systems capturando en torno al 45% del presupuesto de equipamiento; Italia, una de las pocas por debajo del 2% (1,6% en 2024), subiría al 2,8% en 2030, con Leonardo beneficiándose de su papel de Tier 1; y Suecia apuntaría al 3,5% en 2030, con Saab capturando alrededor del 60% de su equipamiento.

Las cadenas de suministro: el talón de Aquiles

Un supercicio de demanda choca con un cuello de botella incómodo: la dependencia de materias primas críticas controladas por países no aliados. Y aquí el nombre que aparece una y otra vez es China.

El informe detalla materiales de muy alto riesgo. En la cadena estadounidense, el itrio, el galio y el tántalo aparecen como críticos, con dependencias de suministro que llegan al 100% en algunos casos. En la europea, el grafito y el aluminio son los dos únicos clasificados como «muy alto riesgo» por la probabilidad e impacto de una interrupción. El dominio del momento es el aire —aviones, misiles, sistemas de defensa aérea dependen intensamente de todos los materiales de alto riesgo—.

El caso de las tierras raras es el más estructural. China produce más del 60% de los minerales de tierras raras del mundo y controla más del 85% del refino, especialmente de las tierras raras pesadas, y utiliza los controles de exportación y las licencias como palanca geopolítica —el endurecimiento más reciente fue en julio de 2024—. Construir una respuesta occidental creíble llevará, según Morningstar, al menos una década: China tardó treinta años en levantar su dominio. Estados Unidos, Canadá y Europa tienen la geología para reducir la dependencia, pero el reto no está en el yacimiento, sino en escalar el refino, conseguir permisos y competir contra la producción de bajo coste china. La UE se ha fijado, con su Critical Raw Materials Act, objetivos vinculantes para 2030: extraer al menos el 10% de los minerales de tierras raras dentro de la Unión, procesar el 40% y reciclar el 15%.

Dónde están las oportunidades concretas

El informe dedica su tramo final a segmentos específicos. No es una lista de recomendaciones de acciones —y, por nuestra parte, tampoco lo será—, pero sí un mapa útil de dónde está la demanda.

Artillería. Es quizá el ejemplo más vívido del desajuste entre demanda y capacidad. Ucrania consume 110.000 proyectiles de artillería al mes, pero necesitaría hasta 600.000 para operar de forma óptima. Y aunque la guerra terminara, el mandato de la OTAN de mantener un inventario para 30 días de conflicto de alta intensidad implica necesidades de reposición enormes.

Dos elementos de Morningstar sobre artillería de 155 mm. A la izquierda, consumo diario de proyectiles: Rusia (barra gris) consume alrededor de 20.000 unidades diarias, más del doble que Ucrania (barra azul, en torno a 9.000-10.000). A la derecha, un esquema de cálculo de la necesidad de munición en un conflicto de alta intensidad para EE. UU. y Europa: 2.840 sistemas × 300-350 proyectiles/día × 30 días de inventario OTAN = 25,6 millones de proyectiles; a un coste de 4.000-6.000 dólares por proyectil, resulta una oportunidad total superior a 100.000 millones de dólares.

El cálculo es elocuente: 2.840 sistemas, 300-350 proyectiles por día y 30 días de inventario dan 25,6 millones de proyectiles; a un coste de 4.000-6.000 dólares la unidad, la oportunidad total supera los 100.000 millones de dólares. En Estados Unidos, Morningstar ve unos 55.000 millones en el ecosistema del 155 mm; la producción pasó de 168.000 proyectiles en 2023 a 400.000 a finales de 2024, con planes de alcanzar 600.000 en 2025 vía la planta de General Dynamics en Texas. En Europa, la reposición vale más de 50.000 millones de dólares, con potencial de duplicarse si se materializa la demanda ucraniana; Rheinmetall, el mayor productor global y plenamente integrado verticalmente, es el principal beneficiario.

Misiles y defensa aérea. Aquí Morningstar describe una carrera contra el reloj. Estados Unidos está agotando sus misiles más rápido de lo que los produce, lastrado por crisis en Oriente Medio y el apoyo a Ucrania e Israel; construir munición guiada de precisión de gama alta lleva dos o tres años, más el tiempo de ampliar capacidad. Europa, por su parte, no logra seguir el ritmo de Rusia, que produce más de 1.000 misiles al año, frente a una producción europea de interceptores Aster de apenas 270-300 anuales. La conclusión es que Europa necesita priorizar la capacidad de ataque de largo alcance y la compra coordinada.

Aire. El F-35 sigue siendo la plataforma dominante de quinta generación, con 110 entregas en 2024 y más de 1.000 unidades entregadas a 19 países. Los retrasos en los programas de sexta generación —el NGAD estadounidense se pausó en 2024— refuerzan el dominio del F-35 y la relevancia de las actualizaciones de 4,5 generación (Rafale F5, Typhoon, Gripen E/F). El mercado de aviones militares para la próxima década, según Aviation Week, suma unos 7.000 aparatos bajo contrato y unos 300.000 millones de dólares, con el top 20 de contratistas capturando el 84%. Por separado, las disrupciones de los drones están reconfigurando la industria: Ucrania ha demostrado que drones ágiles, baratos y de iteración rápida pueden ser más efectivos que sistemas complejos y lentos, y firmas como Anduril, AeroVironment o Helsing están ganando contratos a costa de los incumbentes.

Espacio. Es un mercado de crecimiento estratégico, con un CAGR de un solo dígito alto hasta finales de esta década y mediados de la próxima. Estados Unidos lidera con el 64% del gasto global en 2023; el presupuesto espacial europeo era en 2023 alrededor de un sexto del estadounidense, con un 85% aún destinado a programas civiles.

Naval. Morningstar espera que el presupuesto naval global crezca a un CAGR del 6,3% entre 2024 y 2030, impulsado por Europa y Asia-Pacífico. La oportunidad naval estadounidense la cifra en unos 180.000 millones de dólares hasta 2030, con los submarinos suponiendo el 60%; la europea, en torno a 220.000 millones hasta 2030-32. Y un mercado naciente pero de crecimiento explosivo: la defensa del lecho marino (seabed), con un CAGR superior al 20%, muy fragmentada y favorable a integradores ágiles de doble uso.

Capital privado. El informe constata que el capital privado está entrando con fuerza en la tecnología de defensa, con Estados Unidos liderando en escala y Europa acelerando al calor del empuje de la OTAN. La actividad combinada de EE. UU. y Europa aumentó un 136% desde 2022, y los subsectores que más atraen formación de empresas son los drones y la ciberseguridad —coherente con su aplicabilidad de doble uso, rapidez de llegada al mercado y escalabilidad—.

ESG: del veto a la reconsideración

Un apartado especialmente relevante para nuestro tipo de cliente es el del enfoque ESG, que ha vivido un giro notable. Durante años, muchas políticas de inversión sostenible excluían por defecto a las empresas de defensa por su vínculo con el armamento y los conflictos. Eso está cambiando.

Gráfico de Morningstar sobre rentabilidad. La línea azul (Global Aerospace & Defense GR USD) se separa claramente al alza del resto entre 2022 y 2024, superando ampliamente al mercado estadounidense (naranja), al índice global de mercados (granate) y al de sostenibilidad global (amarillo), que se mueven juntos por debajo; una línea vertical punteada marca el episodio Hamás/Israel. La defensa termina cerca del +60%-70% acumulado, frente al entorno del +25%-30% de los demás.

El gráfico es elocuente: en los tres años hasta el 30 de septiembre de 2024, el índice Morningstar Global Aerospace and Defense rindió un 56,4%, batiendo holgadamente al mercado total estadounidense, al índice global y al de sostenibilidad. Morningstar señala que no hay evidencia de que los inversores estén rehuyendo el sector; más bien al contrario.

El marco regulatorio europeo se está adaptando. La taxonomía verde de la UE especifica que solo las armas controvertidas —nucleares, químicas, biológicas— son socialmente dañinas, y la mayoría de los contratistas europeos tienen poca o ninguna implicación en producirlas (la exposición de BAE y Thales al fósforo blanco es inferior al 0,1% de las ventas y se está eliminando). Eso sí, los riesgos ESG del sector son reales y específicos: huella de carbono (la producción de equipamiento y las operaciones dependientes de combustibles fósiles aportan más del 5% de las emisiones globales), gobernanza y seguridad del producto, ética empresarial en cadenas de suministro complejas y ciberseguridad. La cartera de cobertura tiene una calificación de riesgo media, con el 68% de las empresas en riesgo medio y el 34% en riesgo alto.

La lectura BISSAN

Este informe es, ante todo, una clase magistral sobre cómo se construye una ventaja competitiva duradera. Que la defensa sea el sector con más fosos amplios de toda la cobertura de Morningstar —el 88% frente al 19% del mercado— no es un dato anecdótico: es el recordatorio de que la calidad de un negocio se mide por su capacidad de defender la rentabilidad durante décadas, no por el titular del trimestre. Regulación, ciclos de producto larguísimos, costes de cambio brutales e ingresos de posventa recurrentes son, traducidos a nuestro lenguaje, exactamente lo que buscamos cuando hablamos de compañías que resisten el paso del tiempo. El sector lo tiene casi por diseño.

Dicho esto, conviene situar tres cautelas que nos parecen importantes. La primera es que un buen negocio no equivale automáticamente a una buena inversión: el precio importa. El propio informe recoge múltiplos que en algunos casos son exigentes —Rheinmetall cotizaba a 95 veces beneficios y acumulaba una revalorización del 282% en un año cuando se escribió el informe—, y una rentabilidad reciente del 56% en el índice del sector es, a la vez, la prueba de la tesis y una llamada a la prudencia sobre cuánto de este supercicio ya está descontado. El propio Morningstar lo dice de Europa: «creemos que la mayor parte de este aumento estructural del gasto ya está reflejado en las previsiones». Comprar la historia correcta al precio equivocado sigue siendo una mala decisión.

La segunda cautela es de carácter prudencial y conviene ser muy claro: en BISSAN no invertimos por temática ni por relato. Que una industria tenga viento de cola estructural no nos lleva a montar una apuesta sectorial concentrada en las carteras de las familias. Nuestro trabajo es entender estas dinámicas —la reconstrucción de los arsenales europeos, el giro de la OTAN al 3,5%, la dependencia de China en tierras raras— para gestionar mejor el riesgo del conjunto, no para perseguir el sector de moda. El análisis de una industria no es una recomendación de inversión en ella.

Y la tercera, la de siempre cuando un sector lo ha hecho extraordinariamente bien: cuidado con extrapolar. El gráfico del supercicio enseña justo lo contrario de la complacencia —recordemos que el ciclo alcista de los 2000 fue seguido de años con caídas del 6%—. Los ciclos de defensa son largos, pero son ciclos. La diferencia de este, y es un argumento sólido, es que no nace de una guerra puntual sino de revertir treinta años de infrainversión estructural y de reconstruir inventarios desde mínimos; eso le da una base más duradera que un repunte coyuntural. Pero «más duradero» no es «infinito», y la implementación —el propio informe insiste— será desigual y dependiente de unas finanzas públicas europeas que no están precisamente holgadas.

La conclusión que nos llevamos no es sobre defensa, sino sobre método. Un sector entero estuvo barato y desatendido durante años precisamente cuando el relato dominante miraba hacia otro lado; cuando la realidad geopolítica cambió, el capital volvió de golpe. Esa es la asimetría que un buen análisis permite anticipar: no adivinando el titular, sino entendiendo qué negocios tienen fosos de verdad y qué desequilibrios estructurales —demanda reprimida, capacidad destruida, dependencias mal resueltas— acabarán corrigiéndose. Ese ejercicio, aplicado con disciplina y sin enamorarse del momento, es lo que de verdad protege y hace crecer un patrimonio.