Hay semanas en las que un solo gráfico te da más que veinte informes. La newsletter de gráficos de a16z del 17 de abril es una de esas piezas que me gusta leer con un café: cuatro historias aparentemente inconexas (valoraciones tecnológicas, juntas de accionistas, beneficios de la IA y petróleo) que, si las pones juntas, dibujan bastante bien el momento de mercado en el que estamos. Y, de propina, una anécdota neoyorquina que tiene más miga patrimonial de la que parece.

Pensemos en lo que ha pasado estos meses: una corrección dura en tecnología, el cierre del estrecho de Ormuz, y un debate creciente sobre si todo el dinero invertido en IA está dando frutos medibles. El correo de a16z toca las tres cosas. Vamos por partes.

La prima ha desaparecido (y los beneficios siguen subiendo)

La primera historia es la más jugosa, y la firma nada menos que Goldman Sachs Research, citado extensamente por a16z: la tecnología y el software han corregido tanto que ya se puede argumentar que están baratos. No lo dice un vendedor de humo; lo dicen los datos de valoración relativa.

Durante años, las tecnológicas cotizaron con una prima enorme sobre el resto del mercado, justificada por un crecimiento de ingresos más rápido y unos márgenes que solo un negocio de coste marginal cero puede ofrecer. Pues bien, a 8 de abril esa prima se ha evaporado (casi) por completo: los beneficios de tecnología y software cotizan todavía con una prima de alrededor del 25% sobre el resto del mercado, pero eso es una fracción de lo que era hace solo un año, y nos devuelve a niveles de 2018.

La prima se ha esfumado: prima/descuento del PER forward a 12 meses ("Premium/discount on 12-month forward price-to-earnings ratio") de las series "Technology vs. world excluding TMT" y "Software vs. world excluding TMT", 1990-2025. El software llegó a superar el 200% en la burbuja puntocom y se movió aproximadamente entre el 80% y el 157% en 2021-2025 (la tecnología, algo por debajo); al final, ambas series caen en vertical hasta la zona del 25%. Fuente: Datastream y Goldman Sachs Research (a 8 de abril de 2026), vía a16z.

De hecho, el dato que más me llama la atención no es ese. Globalmente, el sector tecnológico cotiza ya con un PER inferior al de consumo básico e industriales. Es decir: los supermercados cotizan más caros que los hiperescaladores. ¿Tiene sentido?

Y aquí viene lo verdaderamente extraño de la situación: mientras la prima se desploma, los beneficios tecnológicos siguen creciendo. Según Goldman, en lo que va de 2026 las tecnológicas han revisado al alza sus beneficios más que ningún otro sector a nivel global. Los datos de BlackRock muestran las expectativas de crecimiento del sector IT americano subiendo del 31% a principios de año hasta el 43,4% a 9 de abril, mientras el mercado americano en su conjunto se queda en un 18,7%. El estimado compuesto de crecimiento de beneficio por acción para Info Tech es del 40%, más del doble que el índice general.

Así pues, tenemos expectativas de beneficios subiendo con fuerza y, al mismo tiempo, primas de valoración cayendo en picado. Es una combinación poco habitual. Y si buscas convicción con la piel en el juego, también la hay: las compras de directivos en las compañías del ETF tecnológico de State Street ($XLK) han alcanzado su nivel más alto en 15 años. Como dice el refrán americano, hay mil razones para vender pero solo una para comprar, y si alguien conoce el valor terminal de una tecnológica, son sus propios gestores. Dicho esto, ojo: que los insiders compren no garantiza nada (a16z mismo reconoce que puede ser convicción genuina o simple demostración de fuerza), y hay voces que argumentan que la tecnología todavía no está suficientemente barata.

La IA prefiere a los activistas

La segunda historia me parece fascinante porque conecta la IA con un rincón del mercado del que se habla poco: las batallas de poder en las juntas de accionistas.

Kekst CNC (una firma de comunicación corporativa) hizo un experimento curioso: pidió a cuatro modelos punteros de IA que opinaran sobre unos 50 proxy fights recientes (esas batallas entre la dirección de una empresa y los accionistas activistas que quieren cambiarla), y comparó las recomendaciones de la IA con las de los dos grandes asesores de voto (ISS y Glass Lewis) y con los resultados reales.

El resultado: la IA se puso del lado de los activistas un 45% de las veces (frente al 36% de ISS y el 42% de Glass Lewis) y solo apoyó a la compañía un 37% de las veces. Como dice a16z con sorna, resulta que Skynet está largo de Elliott Management.

Sin embargo, el dato verdaderamente interesante es otro: tanto los asesores como la IA son muchísimo más pro-activistas que los propios accionistas. Los votos reales dan la razón a las compañías el 59% de las veces, y solo favorecen a los activistas un exiguo 14% (un tercio, aproximadamente, de lo que recomendarían los LLMs o los asesores).

Gráfico de barras "Proxy Advisor Support for Activists More Than Doubled in 2025", con el apoyo total a los disidentes ("Total dissident support from ISS and Glass Lewis") por año: ISS pasa del 25% en 2021 y el 29% en 2024 al 68% en 2025; Glass Lewis, del 29% en 2021 y el 37% en 2024 al 79% en 2025. Fuente: Barclays 2025 Review of Shareholder Activism, vía a16z.

¿Por qué los inversores ignoran a sus asesores de voto? Los asesores multiplicaron por 2,5 su apoyo a los disidentes y su tasa de acierto cayó un tercio. La respuesta está en quién vota realmente: BlackRock, Vanguard y State Street (los «Tres Grandes») poseen juntos un 22% de la empresa media del S&P 500, y los diez mayores accionistas suman un 45%. Estas firmas tienen sus propios equipos de stewardship y sus propias políticas de voto. Hay pocos inversores que de verdad importen, y esos ya tienen sus propios asesores.

¿Cambiará esto la IA? Hay señales de movimiento: JPMorgan Asset Management rompió este año con ISS y Glass Lewis y desplegó una plataforma propia de IA (Proxy IQ) para gestionar el voto en más de 3.000 juntas, después de que Jamie Dimon llamara públicamente «incompetentes» a las dos firmas asesoras. Glass Lewis, por su parte, anunció que retirará sus recomendaciones uniformes en 2027. Y mientras tanto, 2025 marcó un récord histórico de campañas activistas. El equilibrio que mantenía a las direcciones razonablemente a salvo de los activistas parece menos estable que antes. Los consejos de administración se van a animar.

Los beneficios de la IA empiezan a poderse contar

Es facilísimo medir el dinero que se está gastando en IA; medir su impacto es otra historia. Las encuestas son blandas por naturaleza, pero la de Morgan Stanley que recoge a16z pregunta específicamente por impactos «cuantificables», que ya es algo.

Pues bien, alrededor del 37% de los encuestados reporta beneficios cuantificables de la IA, un incremento de cerca del 23% respecto al trimestre anterior, con las ganancias de productividad y (esto es lo importante) el impacto financiero directo a la cabeza. Con todo el dinero que se está invirtiendo, era cuestión de tiempo que la dirección de las empresas exigiera un retorno financiero medible, y parece que ese retorno empieza a llegar.

¿Y quién está acelerando? Sorpresa: financieras e inmobiliarias (junto con IT) fueron los sectores que más aumentaron sus menciones de beneficios cuantificables en el trimestre, con subidas de más del 20%. Y por grupos de industria, los mayores beneficiarios reportados son productos del hogar y cuidado personal, telecomunicaciones y bancos. El sector financiero tiene fama de adoptar la tecnología con lentitud; con la IA, desgraciadamente para los escépticos, no parece ser el caso.

El petróleo importa menos que nunca (pero todavía importa)

La cuarta historia es mi favorita, porque es de esas que te obligan a sostener dos ideas en la cabeza a la vez.

La primera idea: la «intensidad petrolera» de la economía mundial (los barriles de petróleo necesarios para producir 1.000 dólares de PIB global) ha caído de 5,3 barriles en 1965 a 0,3 en 2024. Un descenso del 94% en la importancia del petróleo para el PIB mundial. Eficiencia en los coches, servicios y tecnología sustituyendo a la manufactura en el mix, y solar, gas natural y nuclear cargando con más peso energético.

Gráfico de línea "Oil Matters A Lot Less Than It Used To": barriles de petróleo necesarios por cada 1.000 dólares de PIB mundial ("Barrels of oil required per $1,000 of global GDP ('Oil Intensity')"). La serie cae desde 5,3 barriles en 1965 a 3,1 en 1975, 1,8 en 1980, 1,0 en 1990 y 0,3 en 2024. Fuente: RBC Wealth Management y The Energy Institute, datos hasta 2024, vía a16z.

La segunda idea: eso no significa que el conflicto de Oriente Medio no tenga consecuencias. Según la EIA, el cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán ha precipitado una de las mayores disrupciones de oferta de la historia moderna del mercado petrolero, con cortes no planificados de producción de combustibles líquidos unas 4,5 veces superiores a los de un mes típico. Un mundo que usa 0,3 barriles por cada 1.000 dólares de PIB sigue siendo un mundo que compra unos 37.000 millones de barriles al año (en torno a 3 billones de dólares a precios actuales). Es cierto que la economía global extrae hoy 16 veces más producto de cada barril que en 1965, pero los barriles siguen moviéndose por el sistema en cantidades enormes, y una disrupción de ese flujo sigue siendo un shock potencial mayúsculo.

Y aquí viene la observación que más me gusta del correo. Si miramos el gráfico de RBC, la mayor caída de intensidad petrolera de toda la serie de 60 años se produjo entre 1973 y 1985 (de más de 5 a menos de 1,8 barriles), justo la ventana del embargo de la OPEP, la revolución iraní y la respuesta política e inversora a ambos. La necesidad es la madre de la invención: los shocks petroleros de antaño dolieron, pero enseñaron al mundo a depender menos del petróleo (estándares de eficiencia, reserva estratégica, giro al gas, primera generación de coches eficientes). Cada shock es, en palabras de a16z, un anuncio gratuito a favor de la sustitución. Nunca es buena idea apostar contra la Mano Invisible.

La propina: el súper «asequible» más caro de la historia

Y cerramos con la anécdota. El alcalde socialista de Nueva York está cumpliendo su promesa electoral de abrir supermercados públicos, y ya ha desvelado la primera ubicación: La Marqueta, en East Harlem, unos 9.000 pies cuadrados, apertura prevista en 2029 y un coste de 30 millones de dólares para el contribuyente.

¿Es mucho? a16z hace la cuenta de la vieja (con ayuda de una IA, lo reconocen en nota al pie): con 30 millones podrías abrir unos cinco Aldi (con diez veces más superficie comercial), un Kroger (doce veces más grande), o un Whole Foods o un Publix (cuatro veces más grandes) y todavía te sobrarían unos 10 millones. A unos 3.333 dólares por pie cuadrado, el supermercado «asequible» de Nueva York promete ser el más lujoso de la historia por un factor de 10.

Más allá de la ironía, la lección es vieja y la hemos visto por doquier: cuando el Estado se mete a competir en un problema que el mercado ya tiene resuelto, el despilfarro no suele tardar en aparecer. Lo pagan, como siempre, los contribuyentes.

¿Y qué significa todo esto para tu patrimonio?

Mi lectura del conjunto es la siguiente. Primero: la combinación de beneficios tecnológicos al alza y primas de valoración en mínimos de muchos años es exactamente el tipo de divergencia que conviene vigilar; no es una recomendación de compra (puede que el mercado esté descontando algo que las estimaciones aún no recogen), pero sí es un recordatorio de que las correcciones violentas crean situaciones de precio que no se ven en tiempos tranquilos. Segundo: el shock de Ormuz duele hoy, pero la historia sugiere que su efecto de fondo será acelerar la sustitución del petróleo, no frenarla. Y tercero: la IA está dejando de ser una promesa contable para empezar a aparecer en los números, y de paso está moviendo equilibrios tan asentados como el del gobierno corporativo.

Sobretodo, no perdamos de vista la idea que conecta las cuatro historias: los sistemas se adaptan. Las valoraciones se ajustan, las empresas aprenden a usar la tecnología, la economía aprende a necesitar menos petróleo. El inversor con un plan y paciencia juega con esa adaptación a favor; el que reacciona a cada titular, en contra. El tiempo dirá.