Llevo años observando cómo el mercado cambia de favorito con una facilidad pasmosa. Durante más de una década, el inversor quería negocios ligeros de activos: software, márgenes robustos, poco capex, mucha caja. Pues bien, Apollo nos cuenta en esta nota breve de Rob Bittencourt (socio y responsable de inversión temática de la casa) que la moda se ha dado la vuelta: ahora las fábricas, la fibra y los ferrocarriles son las nuevas celebridades del mundo inversor. La cosa tiene hasta acrónimo propio, HALO (Hard Assets, Low Obsolescence): activos duros, baja obsolescencia.
¿Y de dónde sale este giro? De la angustia creciente alrededor de unos modelos de IA cada vez más potentes y de su capacidad para dejar obsoletas grandes partes de la economía. Lo interesante de la nota de Apollo no es la anécdota del acrónimo, sino que pone números (y números muy grandes) a la pregunta que de verdad importa: quién paga toda esta revolución y qué tiene que pasar para que las cuentas salgan.
El software, de celebridad a sospechoso
El primer damnificado del miedo a la obsolescencia es el software empresarial. Según Apollo, los múltiplos de ingresos de las compañías SaaS se han desplomado un 38% en los últimos seis meses. Y el gráfico que acompaña la nota es de los que se quedan grabados: el múltiplo EV/NTM Revenue medio de su universo de software pasó de 5,2x en 2015 a un pico de 17,0x en plena euforia de 2021, volvió a 7,5x en 2022 y se movió en la zona de 6x-7x entre 2023 y 2025, y hoy (con datos a 6 de marzo de 2026) está en 4,6x. Es decir, por debajo de donde estaba hace once años. El mercado ha pasado de pagar el software como un monopolio eterno a pagarlo como un negocio amenazado.

Y la onda expansiva no se detiene en el software. Apollo señala que la ansiedad por la disrupción se ha extendido a profesiones intensivas en trabajo cualificado: contabilidad, corretaje de seguros y, atención, asesoramiento patrimonial. Desgraciadamente (o no, según se mire), los que nos dedicamos a esto también estamos en la lista de sospechosos. Mi lectura es que la IA va a transformar las herramientas de nuestro oficio mucho antes que la relación de confianza que lo sustenta, pero reconozco que el mercado, de momento, no se para en matices: vende primero y pregunta después.
La cuenta que hay que hacer
Vamos al corazón de la nota. Apollo estima, a partir de las guías de los hyperscalers, los proyectos anunciados y las proyecciones de demanda de terceros, que el mercado descuenta entre 4 y 5 billones de dólares (billones europeos, con doce ceros) de inversión en infraestructura digital de aquí a 2030: centros de datos, infraestructura eléctrica, chips, servidores y equipos de red. Para que esa inversión genere un retorno aceptable, calculan que los ingresos anuales de la IA deben escalar hasta un rango de 1,5 a 2 billones de dólares en 2030.
¿Y dónde estamos hoy? Según Apollo, los ingresos de las aplicaciones genuinamente nuevas de IA fueron de apenas 35.000 a 65.000 millones de dólares en 2025. Hagamos la cuenta nosotros mismos: pasar de unos 50.000 millones a 2 billones implica multiplicar por cuarenta en cinco años. Parte del camino vendrá de mejoras aceleradas por GPU en cargas de software ya existentes (mejores modelos publicitarios, mejores motores de recomendación), pero el grueso, dice Apollo, tendrá que venir de productos y servicios verdaderamente nuevos.

¿Imposible? No. ¿Ambicioso? Muchísimo
El segundo gráfico de la nota es un ejercicio de perspectiva muy bien traído, porque admite las dos lecturas a la vez. Por un lado, 2 billones de dólares de ingresos de IA en 2030 equivalen al tamaño conjunto del software empresarial global y de toda la publicidad online del mundo. Pensemos en lo que eso significa: la IA tendría que construir, en cinco años, una industria tan grande como dos de las mayores industrias digitales jamás creadas, sumadas.
Por otro lado, la ambición de la IA no es competir con el software: es automatizar una parte de los 60 billones de dólares que el mundo paga cada año en compensación al trabajo del conocimiento. Visto así, 2 billones representan apenas un 3% de penetración. Ambicioso, sí, pero no matemáticamente implausible (la expresión es de Apollo, y me parece muy honesta). Así pues, la montaña de ingresos que hay que escalar es empinadísima, pero existe un camino. La pregunta es si se recorre a tiempo.
El cuello de botella que Apollo ve de cerca: el balance
Y aquí llegamos a lo que diferencia esta nota de tanta literatura sobre IA: Apollo no escribe como tecnólogo, escribe como inversor de crédito. Cada categoría del capex (regulación, capacidad eléctrica, chips) tiene sus propios cuellos de botella, pero hay uno que ellos conocen especialmente bien: el capital. De hecho, la capacidad de balance se está convirtiendo en el factor limitante de todo el ecosistema, desde los hyperscalers hasta los desarrolladores de modelos y los proveedores de infraestructura. Que OpenAI haya cerrado una ronda de financiación superior a los 100.000 millones de dólares (después de haber levantado otra de 40.000 millones que ya batió récords) da la medida del capital necesario para sostener el despliegue.
La pregunta de Apollo es la que se haría cualquier acreedor sensato: ¿cómo se financia una inversión de varios billones y quién carga con el riesgo de balance si los ingresos llegan más tarde de lo previsto? Su diagnóstico cabe en una frase: la innovación está yendo más rápido que la capacidad de financiación. Las revoluciones no se sostienen con benchmarks de modelos, se sostienen con flujo de caja. Cuanto más rápido la disrupción se convierta en ingresos recurrentes y caja libre, más autofinanciable será el despliegue; cuanto más tarde, más dependerá de balances ajenos dispuestos a asumir el riesgo.
Y esto, ¿qué significa para tu dinero?
Si bien es cierto que nadie sabe cómo acabará esta historia (y quien te diga lo contrario, desconfía), la nota de Apollo deja varias ideas aprovechables para el inversor de a pie. La primera: el castigo al software cotizado ya es brutal, con múltiplos por debajo de 2015. Eso no lo convierte automáticamente en una oportunidad (la amenaza de obsolescencia es real), pero sí nos recuerda que el pesimismo también se puede pasar de frenada, igual que la euforia de 2021 a 17,0x se pasó en la dirección contraria.
La segunda: el riesgo de esta revolución se está desplazando del accionista al financiador. Quien preste a este ecosistema (deuda privada, bonos, vehículos de infraestructura) debe entender que está financiando una apuesta cuyo punto de equilibrio exige multiplicar los ingresos por cuarenta. Algunos proyectos lo lograrán con creces; otros, desgraciadamente, quedarán como los tendidos de fibra oscura del año 2000.
Y la tercera, la más BISSAN de todas: cuando una sola narrativa concentra tanto capital, tanta deuda y tantas expectativas, la diversificación deja de ser una virtud aburrida y pasa a ser pura supervivencia. No hace falta adivinar el ganador para proteger un patrimonio; basta con no depender de que la cuenta de la lechera salga perfecta. Nosotros vigilaremos, como Apollo, la variable que de verdad importa: la conversión de la disrupción en caja. El tiempo dirá.
