En octubre de 2025, el equipo de Torsten Slok en Apollo —economista jefe de la casa, con Rajvi Shah y Shruti Galwankar— publica su Outlook for Japan, una colección de gráficos con poco texto y mucha señal. No hay tesis de inversión explícita, ni recomendación de compra; es un repaso del estado macro del país. Pero, leídos en bloque, los gráficos cuentan una misma historia, y es una historia grande: Japón ha salido de su trampa de tres décadas. La deflación crónica, los salarios planos y los tipos a cero —el síndrome que bautizó toda una era de la macroeconomía mundial— están quedando atrás.
El sueldo japonés vuelve a crecer
El gráfico que mejor resume el cambio es el de los salarios. Durante quince años, el crecimiento salarial japonés se movió pegado a cero, y en buena parte de 2007 a 2021 directamente en negativo: trabajar más para cobrar lo mismo, o menos, año tras año. Era el corazón de la deflación: sin subidas de sueldo no hay gasto, y sin gasto no hay precios al alza.
A partir de 2023 la línea japonesa rompe ese techo. El crecimiento salarial se dispara por encima del 4% en 2024 —su nivel más alto en toda la serie— y se estabiliza cerca del 2% en 2025. Por contraste, el mismo gráfico muestra el salario estadounidense oscilando arriba, en torno al 3,7% al cierre, tras su pico pandémico cercano al 6%. Lo relevante no es que Japón alcance a Estados Unidos, sino que deje de ser un caso aparte: por primera vez en una generación, el sueldo japonés crece de forma sostenida.

La inflación ha vuelto, y es ancha
Que suban los salarios no sirve de mucho si los precios corren más. La clave del caso japonés es que la inflación que ha vuelto parece amplia y persistente, no un pico puntual de energía. El segundo gráfico lo enseña con dos series largas, desde 1974: en verde, el porcentaje de componentes del IPC que suben en los últimos doce meses; en azul, la inflación subyacente japonesa (IPC excluyendo alimentos frescos y energía).
Ambas se hunden durante los años de deflación —en torno al cambio de siglo, la subyacente llega a perforar el terreno negativo— y ambas repuntan con fuerza desde 2022. La línea verde, que mide la amplitud de las subidas de precios, vuelve a la parte alta de su rango histórico: no es que suba un par de partidas, es que sube casi todo. Y la subyacente se instala por encima del 3% interanual, niveles que Japón no veía de forma sostenida desde hace décadas. Cuando la inflación es ancha y los salarios la acompañan, el círculo deflacionario se rompe de verdad.

El precio del dinero despierta
Si hay inflación y salarios, los tipos no pueden quedarse anclados a cero para siempre. El tercer gráfico sigue el rendimiento del bono japonés a 10 años junto con el rango objetivo que el Banco de Japón fijaba bajo su política de control de la curva. Durante años, el rendimiento se movió pegado a cero —e incluso por debajo, en negativo, hacia 2019— atrapado dentro de unas bandas estrechas que la propia autoridad monetaria iba ensanchando a regañadientes.
Desde 2022 la historia cambia. El banco central va abriendo el rango —se ve cómo las líneas discontinuas del objetivo se separan— y el rendimiento escapa al alza hasta alcanzar cerca del 0,9% a comienzos de 2025. Puede parecer poco para un inversor acostumbrado a los tipos europeos o estadounidenses, pero para Japón es un terremoto: el dinero vuelve a tener precio. Apollo titula el gráfico, con razón, "los niveles de rendimiento se vuelven más atractivos en Japón".

Y la bolsa cierra por fin la herida de 1989
El cierre simbólico lo pone el Nikkei 225. El cuarto gráfico arranca en 1989, justo en el pico de la burbuja japonesa, cuando el índice rozó los 39.000 puntos antes de desplomarse. Lo que siguió fueron más de tres décadas de travesía del desierto: caídas hasta cerca de los 7.000-8.000 puntos en 2003 y 2009, y un mercado que parecía condenado a no recuperar nunca aquel techo.
El gráfico muestra cómo, a partir de 2013, el índice empieza a recuperarse, acelera desde 2021 y termina superando los 45.000 puntos, por encima de su máximo de la burbuja. Treinta y seis años después, la bolsa japonesa por fin deja atrás 1989. No es casualidad que ese hito coincida con el regreso de la inflación, los salarios y los tipos: es la misma corriente de fondo vista desde el mercado.

La lectura BISSAN
Lo que Apollo describe en estos gráficos es, en el fondo, un cambio de régimen. Durante una generación, Japón fue el ejemplo de manual de lo que pasa cuando la deflación se enquista: salarios planos, tipos a cero, una bolsa atrapada en su propio pasado. Que las cuatro variables —salarios, inflación, rendimientos y bolsa— giren a la vez no es un detalle técnico; es la confirmación de que el motor ha vuelto a arrancar.
Para una familia inversora, la lección no está en correr a comprar Japón —no es una recomendación, ni el documento la hace—, sino en lo que enseña sobre la naturaleza de los regímenes de mercado. Los procesos macro profundos duran décadas, y cuando giran lo hacen despacio y luego de golpe. Quien diera por muerto a Japón en 2012 se perdió un índice que ha multiplicado por varias veces su valor. El punto no es predecir el siguiente Japón, sino construir carteras que no dependan de que un único régimen —el que mande hoy— dure para siempre. La diversificación geográfica existe precisamente para esto: para que el inversor participe de los despertares allí donde ocurran, sin tener que adivinar de antemano cuál será.
Y conviene quedarse con el mecanismo, porque es universal: la inflación sostenible nace de los salarios, no del precio del petróleo de un trimestre. Cuando un país consigue que los sueldos suban de forma ancha y duradera, todo lo demás —tipos, bolsa, confianza— tiende a seguir. Japón llevaba treinta años esperando esa frase. Por fin puede escribirla.
