Cada diciembre, las grandes casas de inversión publican sus perspectivas para el año entrante, y desde hace cuatro, Coinbase —el mayor exchange de criptoactivos de Estados Unidos— hace lo propio para su parcela del mercado. Su 2026 Crypto Market Outlook, firmado por el responsable global de análisis de la firma, David Duong, es uno de los documentos más completos del sector, y precisamente por eso conviene leerlo con una doble disposición: con interés, porque condensa una enorme cantidad de datos sobre un fenómeno que ya no se puede ignorar; y con distancia crítica, porque nadie tiene más interés que Coinbase en que la historia de la cripto se cuente en clave alcista. En Maya analizamos la cripto como fenómeno —entenderla es parte de entender los mercados del siglo XXI—, pero no la empleamos como vehículo de inversión para nuestras carteras. Con esa brújula, el informe es una lectura valiosa.
Antes de entrar en materia, una nota sobre el contexto. Este es el cuarto outlook anual de Coinbase, lo que permite leerlo también como una crónica de la propia evolución del sector: de los primeros informes centrados en la mera supervivencia y la legitimidad, a este, que habla ya de estructura de mercado, marcos regulatorios y arquitectura institucional. Ese cambio de tono es, en sí mismo, una de las pruebas de la transformación que el documento describe. La cripto ha pasado, en cuatro años, de pedir que la dejaran existir a discutir cómo integrarse en el sistema financiero. Y aunque buena parte de ese discurso sea aspiracional —el sector arrastra una larga historia de promesas incumplidas—, los datos concretos de 2025 sugieren que, esta vez, algo de fondo se ha movido.
La tesis de Duong es deliberadamente poco espectacular, y ahí radica su fuerza: 2026, dice, no va de especular con un único relato, sino de reconocer cómo la claridad regulatoria, la arquitectura institucional y una participación más amplia están convergiendo para convertir la cripto en parte del sistema financiero. Es un mensaje de madurez, no de euforia. Y se apoya en un año, 2025, que el informe describe como extraordinario y transformador.
2025: el año de la institucionalización
Empecemos por la fotografía de conjunto, porque pone el resto en contexto.
Figura 1. Capitalización total del mercado cripto, 2018-2025 — Fuente: CoinMetrics, TradingView y Coinbase.
El mercado cripto en su conjunto tocó un máximo de unos 4,2 billones de dólares en 2025 antes de retroceder hacia los 3,0 billones. Pero, para Coinbase, lo relevante de 2025 no fue el precio, sino el cambio de quién está dentro y por qué. La adopción avanzó de forma material: los ETFs al contado dieron acceso regulado a un público amplísimo, y emergió una nueva figura, las llamadas digital asset treasuries (DATs) —empresas cotizadas que destinan una parte sustancial de su balance a mantener cripto—. La tokenización y las stablecoins se adentraron en los flujos financieros centrales. Y, sobre todo, la base inversora se diversificó: de un mercado dominado por tecnólogos y pioneros se pasó a uno con asignadores institucionales y usuarios finales. La consecuencia, según el informe, es que la demanda ya no depende de un único relato, sino del cruce entre macroeconomía, tecnología y geopolítica, anclado a una integración de largo plazo en las finanzas tradicionales. Eso, sostiene Duong, debería traducirse en un capital más persistente y menos puramente especulativo.
Hay un matiz interesante sobre la propia tecnología. El informe reconoce que la innovación específicamente cripto se ralentizó en 2025, "desplazada en el margen por la inteligencia artificial", que ha acaparado el talento, el capital y la atención. Lo que ha ocurrido, en su lectura, es un reequilibrio sano: la infraestructura madura mientras mejoran las capas de aplicación y de distribución, especialmente los "raíles" que conectan geografías y horarios para construir mercados siempre activos y programables. La cripto, en suma, ha pasado de prometer revoluciones a construir cañerías. Y las cañerías, aunque menos vistosas, son las que de verdad cambian un sistema financiero.
Conviene situar todo esto en su contexto macro, porque el informe lo hace con una analogía provocadora. Para Coinbase, la pregunta crítica de 2026 es si los mercados están viviendo una euforia parecida a la de finales de los años noventa —ese momento previo a los excesos especulativos de 1999—, en el que una revolución tecnológica real, la de internet, convivió con una sobrevaloración que acabó corrigiéndose con dureza. La diferencia, sugiere, es que esta vez el motor de la productividad podría ser la inteligencia artificial, cuyo impacto el mercado quizá esté infravalorando. La lección que extrae no es de calendario, sino de actitud: distinguir la transformación real de su sobreprecio, y navegar el año a través de la lente de la "destrucción creativa" y de los cambios estructurales que están redibujando la asignación de capital. Es un marco sensato, aunque conviene recordar que la analogía de los noventa corta en ambas direcciones: la tecnología cambió el mundo, sí, pero por el camino arruinó a muchos inversores que confundieron la revolución con su precio.
El informe baja además a las prioridades prácticas que harán o desharán esta transición, y son más mundanas de lo que el gran relato sugiere. Para que el "dinero programable" se vuelva masivo, dice, la interfaz para el usuario corriente debe abstraer la complejidad de las cadenas de bloques, incorporar el cumplimiento normativo por diseño y hacer que pagar con cripto se sienta tan familiar como con una tarjeta —instantáneo, global y seguro—. Eso pasa por mejoras técnicas poco vistosas pero decisivas: la "abstracción de cuentas" (que elimina la pesadilla de gestionar claves privadas y frases semilla), el acceso mediante passkeys (las mismas credenciales biométricas que ya usamos en el móvil), los pagos nativos con stablecoins y las "atestaciones" claras de identidad y elegibilidad. La lección, a menudo olvidada en el ruido especulativo, es importante: las tecnologías ganan al usuario corriente cuando se vuelven invisibles, no cuando son revolucionarias. La cripto que de verdad triunfe será, probablemente, la que el usuario ni siquiera note que está usando.
El giro regulatorio
Si hay una palanca por encima de todas en el informe, es la regulación. Durante años, la falta de reglas claras fue el gran freno a la entrada institucional. En 2025, según Coinbase, eso cambió de forma decisiva.
Figura 2. Las tres piezas de la legislación cripto estadounidense — Fuente: Coinbase, 2026 Crypto Market Outlook.
En Estados Unidos, 2025 marcó un giro decisivo. La GENIUS Act se convirtió oficialmente en ley, estableciendo un marco federal para supervisar a los emisores de stablecoins denominadas en dólares. Y la CLARITY Act —la ley de estructura de mercado que define quién regula qué (si la SEC o la CFTC) y cómo deben operar los exchanges— avanzó en la Cámara de Representantes con apoyo bipartidista. El informe representa el conjunto como un puzle de tres piezas que encajan: materias primas digitales bajo la CFTC, valores digitales bajo la SEC, y stablecoins con su propio marco supervisor. Por debajo, la SEC dirigió a su personal a redactar directrices claras sobre cuándo un criptoactivo es un valor, a modernizar los requisitos de custodia y a crear exenciones de innovación para nuevos modelos de negocio. El cambio operativo más tangible: la SEC aprobó estándares genéricos de cotización para ciertos productos cotizados sobre materias primas, lo que recortó el plazo máximo de aprobación de un ETF de 270 a apenas 75 días.
El giro no es solo estadounidense, y el informe dedica un repaso geográfico que dibuja un mundo entero moviéndose en la misma dirección. En Europa, el reglamento MiCA está plenamente operativo, dando a la región uno de los marcos más completos del planeta: reglas armonizadas para los emisores de criptoactivos y los proveedores de servicios en los veintisiete Estados miembros, con un régimen específico para las stablecoins. En Oriente Medio y el Norte de África, varios reguladores —con los hubs del Golfo a la cabeza— han legislado a gran velocidad para atraer a la industria. Asia protagoniza lo que el informe llama un "salto regulatorio", con jurisdicciones que compiten por convertirse en centros de referencia. Australia ha pasado de la "zona gris" a las "barandillas", dotándose por fin de un marco claro. Y América Latina, en cambio, sigue presentando un mosaico de marcos fragmentados, con países muy avanzados conviviendo con otros que apenas empiezan. La conclusión de Coinbase es directa: esa combinación de claridad regulatoria y madurez tecnológica es el verdadero motor de 2026. La lectura geopolítica de fondo es interesante: en una época de fragmentación y rivalidad, la regulación de la cripto se ha convertido en una herramienta de competencia entre jurisdicciones, cada una tratando de atraer el capital y el talento del sector con reglas más atractivas que las del vecino. Conviene, eso sí, recordar que la claridad regulatoria también es exactamente lo que más beneficia a un exchange regulado como Coinbase, que durante años libró batallas legales con la propia SEC. Que celebre el cambio es comprensible; que lo presente como un bien incuestionable, parte de su libro.
La avalancha institucional: ETFs y tesorerías
El segundo gran tema es quién está comprando, y con qué vehículos.
Figura 3. Bitcoin frente a la masa monetaria global M2 — Fuente: Bloomberg, TradingView y Coinbase.
El ciclo de mercado actual, dice el informe, ha visto un crecimiento sin precedentes de la adopción institucional, con dos protagonistas. El primero, los ETFs al contado, que tras la aprobación de los estándares genéricos de cotización ganarán aún más tracción, al desaparecer la necesidad de aprobar cada producto caso por caso. El segundo, las tesorerías corporativas de cripto (DATs), las empresas cotizadas que llenan su balance de criptoactivos. Estas últimas, sin embargo, atraviesan una fase de consolidación "disciplinada por la valoración": sus mNAV —la relación entre el valor de mercado de la empresa y el valor neto de los activos que tiene— se han comprimido hacia la paridad, o por debajo, en el cuarto trimestre de 2025. Es un detalle revelador, porque desinfla una de las modas más especulativas del año: durante un tiempo, el mercado pagó primas absurdas por tener cripto "envuelta" en una acción cotizada, y esa prima se ha evaporado. El informe lo reconoce con honestidad, hablando de un periodo intenso de actividad "jugador contra jugador" en la segunda mitad de 2025.
El auge de las tesorerías cripto tiene, además, una raíz contable concreta: fueron posibles, en buena medida, gracias a un cambio en las normas de contabilidad de los criptoactivos que entró en vigor en diciembre de 2024, y que permitió a las empresas reflejar en sus cuentas el valor de mercado de sus tenencias en lugar de obligarlas a registrar solo las pérdidas. Ese tecnicismo, aparentemente menor, desató una oleada de imitadores que llenaron sus balances de cripto buscando que el mercado les pagara una prima por ello. La posterior compresión de esas primas hacia la paridad es, en el fondo, una lección clásica de los mercados: cuando una estrategia se vuelve demasiado popular y demasiado fácil, su ventaja desaparece. Que el propio informe lo reconozca, en lugar de barrerlo bajo la alfombra, habla bien de su rigor analítico —y es una de las razones por las que merece la pena leerlo pese a su evidente sesgo comercial—.
Hay un hilo macro que recorre todo el análisis: la liquidez. El gráfico que relaciona el precio del bitcoin con la masa monetaria global M2 ilustra una de las convicciones de la casa —que la cripto, y el bitcoin en particular, se comporta como un activo de riesgo extraordinariamente sensible a las condiciones de liquidez global—. Cuando los bancos centrales abren el grifo, la marea levanta también a la cripto; cuando lo cierran, la resaca llega primero a los activos más especulativos. Es una relación que conviene no perder de vista, porque desmiente parcialmente el relato del bitcoin como "oro digital" descorrelacionado: por ahora, sigue bailando al son de la liquidez como cualquier otro activo de riesgo.
Esa diversificación de la base inversora es, quizá, el cambio más profundo del año, por encima de los vehículos concretos. El informe insiste en que la demanda de cripto ya no descansa en un único relato —ni el "oro digital", ni la "revolución DeFi", ni la "web3"—, sino en una mezcla de motivaciones: cobertura macro, exposición a una tecnología disruptiva, diversificación, e incluso simple infraestructura de pagos. Cuando un mercado deja de depender de una sola historia, se vuelve estructuralmente más estable: distintos compradores entran por distintas razones y en distintos momentos, lo que amortigua los ciclos de euforia y pánico que caracterizaron a la cripto de la década pasada. El informe lo formula con elegancia: una base más amplia debería traducirse en un capital más persistente y en menos rotación puramente especulativa. Es una aspiración razonable, aunque conviene esperar a verla confirmada en el próximo gran susto del mercado, porque la verdadera prueba de un capital "paciente" no llega en los años buenos, sino el día que las cosas se tuercen.
Tokenomics 2.0: la cripto que reparte beneficios
Una de las ideas más finas del informe es la que Coinbase llama "Tokenomics 2.0". Durante años, la inmensa mayoría de los tokens no daban a sus tenedores ningún derecho económico real: eran apuestas puras sobre un precio, sin flujos de caja detrás. Eso, sostiene el informe, está cambiando. Cada vez más protocolos se inclinan hacia la captura de valor —mecanismos que vinculan la economía del tokenholder con el uso real de la red—: recompras de tokens, reparto de comisiones, y la distribución de los ingresos del protocolo a quienes participan en su gobernanza o aportan seguridad mediante staking. Es, en esencia, el intento de que un token se parezca un poco más a una acción que reparte dividendos y un poco menos a un billete de lotería.
Esta evolución importa porque ataca una de las críticas más certeras a la cripto: que la inmensa mayoría de los tokens no eran más que apuestas circulares, objetos cuyo único valor era la expectativa de que otro pagara más por ellos mañana. Si un número creciente de protocolos genera ingresos reales —comisiones por el uso de la red, por ejemplo— y los devuelve a sus tenedores, entonces algunos tokens empezarían a tener un suelo de valoración anclado en flujos de caja, como una acción. Es la diferencia entre especular y, por fin, invertir en algo con sustancia. El informe lo presenta como una señal de maduración del sector, y lo es. Pero la cautela es obligada: la mayoría de esos "ingresos" dependen todavía de una actividad —el trading de otros criptoactivos— que es ella misma especulativa, de modo que el "flujo de caja" de muchos protocolos no es tan distinto, en el fondo, de los ingresos de un casino. Que la analogía con la renta variable se sostenga a lo largo de un ciclo bajista completo está aún por demostrar.
El paralelismo con la renta variable es tentador y, hasta cierto punto, ilustrativo: si un protocolo genera ingresos reales y los devuelve a sus tenedores, su valoración puede empezar a anclarse en algo más que la pura especulación. Pero conviene la cautela: a diferencia de una empresa cotizada, la mayoría de estos protocolos operan en un limbo legal sobre qué derechos confieren realmente esos tokens, y los "ingresos" de muchos de ellos dependen de una actividad —el trading especulativo de otros criptoactivos— que es ella misma cíclica y frágil. La idea de fondo es interesante y marca una maduración; su aplicación práctica, todavía está por demostrarse a lo largo de un ciclo completo.
Privacidad, inteligencia artificial y mercados nuevos
Bajo los grandes titulares, el informe identifica un puñado de corrientes técnicas que conviene conocer. La primera es, paradójicamente, la privacidad. A medida que las instituciones entran en la cripto, aumenta su sensibilidad hacia el control y la vigilancia: una empresa no quiere que sus movimientos en una cadena de bloques pública sean visibles para cualquier competidor o contraparte. Esa demanda está impulsando arquitecturas de pago centradas en la privacidad —tecnologías como las pruebas de conocimiento cero (ZKP) o el cifrado totalmente homomórfico (FHE), que permiten verificar una transacción sin revelar sus detalles— y un repunte visible de las transacciones "blindadas". Es una de esas tensiones fundamentales de la cripto: nació con la bandera de la transparencia total, pero su adopción institucional exige, a la vez, capas de confidencialidad. Resolver esa contradicción —privacidad para el usuario, cumplimiento verificable para el regulador— es uno de los grandes retos de diseño del sector, y el informe lo sitúa, con acierto, en el centro de la agenda de 2026.
La segunda corriente es la relación entre la inteligencia artificial y la cripto, que el informe resume con un guiño: "la IA por la cripto ha muerto, larga vida a la IA por la cripto". La explicación es que la primera oleada de proyectos que mezclaban ambas etiquetas —muchos de ellos puro humo especulativo— se desinfló, mientras la IA "de verdad" acaparaba el capital y el talento del mundo tecnológico. Pero, lejos de matar la convergencia, ese reajuste la está depurando: la cripto puede aportar a la IA precisamente lo que esta necesita y de lo que carece —raíles de pago nativos para que los agentes autónomos transaccionen entre sí, mecanismos de identidad y procedencia para verificar quién (o qué) está actuando, y micropagos instantáneos de coste casi nulo—. La intersección más prometedora ya no es un token con la etiqueta "IA", sino la infraestructura que permita a los agentes de inteligencia artificial pagar, cobrar y operar de forma autónoma. Es un giro conceptual importante: de la especulación con narrativas a la construcción de cañerías para una economía de máquinas.
La tercera corriente son los nuevos mercados. El informe destaca la maduración de los derivados cripto y, en particular, de los futuros perpetuos, que están dejando de ser meros vehículos de apalancamiento aislados para convertirse en "primitivas componibles" dentro de las finanzas descentralizadas: piezas que se combinan con otros protocolos —de préstamo, de provisión de liquidez— para construir estructuras más sofisticadas. Y apunta una frontera concreta y reveladora: los futuros perpetuos sobre acciones. A medida que crece la participación minorista global en la bolsa estadounidense, estos instrumentos —que combinan el acceso ininterrumpido y la eficiencia de capital de los derivados cripto con la demanda de exposición a grandes valores como los del S&P 500 o el Nasdaq— podrían convertirse en el vehículo preferido de una nueva generación de operadores minoristas que quieren negociar acciones fuera del horario de mercado, las noches y los fines de semana. Es un ejemplo perfecto de cómo la cripto no solo crea activos nuevos, sino que reescribe la forma de negociar los de toda la vida.
Por último, los mercados de predicción. Contra el consenso de que su volumen se desinflaría tras las elecciones estadounidenses de 2024, Coinbase había anticipado —y el informe celebra haber acertado— que seguirían creciendo. La razón es estructural: los mercados de predicción construidos sobre raíles de cadena de bloques ofrecen ventajas claras frente a sus alternativas centralizadas, como la resolución descentralizada de disputas y la liquidación automática según el resultado. Desde entonces se han expandido del terreno político a los deportes, la economía y el entretenimiento, y el informe espera que ganen aún más tracción en 2026. Es otra muestra de la cripto colándose en rincones inesperados de la vida económica, para bien y para mal.
Bitcoin: un refugio que aún madura
El informe dedica su primera gran sección por activo al bitcoin, y su lectura es la de un activo que se consolida como "refugio" dentro de la propia clase, aunque siga sujeto a la naturaleza de un mercado naciente.
Figura 4. Hitos del bitcoin en 2025 — Fuente: CoinMetrics y Coinbase.
El año del bitcoin fue, según el informe, de "volatilidad modesta y dinámicas en evolución". Entre los hitos: el giro político en Washington, el anuncio de una Reserva Estratégica de Bitcoin a nivel federal, el ruido arancelario, la aprobación de la GENIUS Act, un nuevo máximo histórico seguido de un evento de desapalancamiento, y la decisión de Texas de comprar bitcoin para sus arcas. Es la crónica de un activo que se está incrustando en la conversación financiera y hasta política global. Pero el dato más interesante para un inversor escéptico es otro, y tiene que ver con la volatilidad.
Figura 5. Volatilidad del bitcoin frente a Nvidia y Tesla — Fuente: CoinMetrics, TradingView y Coinbase.
La vieja objeción al bitcoin —"es demasiado volátil para invertir"— se sostiene cada vez menos en términos relativos. El gráfico muestra que la volatilidad realizada del bitcoin, en torno al 40%-65%, es comparable a la de Nvidia o Tesla, dos acciones que muchos inversores tienen en cartera sin pestañear. No significa que el bitcoin sea un activo tranquilo —lo es muy poco—, sino que su perfil de riesgo se ha ido normalizando a medida que su base inversora se ensancha vía ETFs y vehículos tradicionales. Es exactamente el mismo argumento que esgrime el resto de la industria, y tiene su parte de verdad; pero conviene no olvidar que "tan volátil como Nvidia" sigue siendo extraordinariamente volátil para un activo que muchos venden como reserva de valor.
El informe aborda dos debates clásicos del bitcoin. El primero, la relevancia de su famoso "ciclo de cuatro años" —el patrón histórico de tres años al alza y uno de corrección, ligado al halving—, que la casa cree cada vez más diluido por la entrada de capital institucional, que cambia la dinámica del activo. El segundo, mucho más serio a largo plazo, es la amenaza de la computación cuántica: la posibilidad de que ordenadores cuánticos suficientemente potentes acaben rompiendo la criptografía que protege las claves del bitcoin. Coinbase no lo presenta como un riesgo inminente, pero sí dedica espacio a definir el problema y a discutir las posibles mitigaciones —migrar el protocolo a una criptografía resistente a lo cuántico antes de que la amenaza se materialice—. Es, probablemente, el riesgo existencial más subestimado de todo el universo cripto, y merece el reconocimiento que el informe le da.
Conviene detenerse aquí, porque la amenaza cuántica condensa bien la asimetría que un inversor prudente debería tener siempre en mente con la cripto. La seguridad del bitcoin descansa por completo en que romper su criptografía es, hoy, computacionalmente imposible; el día que deje de serlo —y la mayoría de los expertos lo sitúan en algún punto incierto de la próxima década o dos—, la promesa de "dinero imposible de falsificar" se tambalearía en sus cimientos. La defensa existe, sí: migrar el protocolo a una criptografía post-cuántica antes de que el peligro llegue. Pero esa migración exige coordinar a una red descentralizada y sin autoridad central que imponga el cambio, lo cual no es trivial ni rápido. No decimos que vaya a ocurrir mañana, ni siquiera que vaya a ocurrir; decimos que es un riesgo de cola —baja probabilidad, impacto catastrófico— que rara vez aparece en los argumentarios alcistas y que, sin embargo, cualquier asignación responsable tendría que ponderar. Que el propio Coinbase lo aborde con seriedad es de agradecer, y dice mucho a favor del rigor del documento; que el inversor medio lo ignore por completo dice bastante sobre cómo se compra hoy la cripto. Para nosotros, en cambio, es una pieza más de la misma conclusión: fascinante de estudiar, demasiado incierta de fondo para confiarle el patrimonio de una familia.
Conviene detenerse en el debate del "ciclo de cuatro años", porque encierra una pregunta de fondo sobre la madurez del bitcoin. Durante una década, el activo se movió en un patrón casi ritual: el halving —la reducción a la mitad de la emisión de nuevos bitcoins cada cuatro años— precedía a un mercado alcista, seguido de un desplome y un largo invierno. Muchos inversores construyeron su estrategia sobre ese reloj. Coinbase, como buena parte del sector, cree que la entrada masiva de capital institucional vía ETFs está rompiendo ese patrón: cuando el comprador marginal ya no es un especulador minorista, sino un fondo que asigna a largo plazo, la dinámica de oferta y demanda cambia y el viejo ciclo se diluye. Es una tesis razonable, pero también interesada: "esta vez es diferente" es, históricamente, una de las frases más caras de los mercados, y conviene tomarla con cautela viniendo de quien gana dinero con que el mercado no caiga.
En cuanto al relato del bitcoin como "oro digital" y reserva de valor, el año dejó argumentos para ambos bandos. A favor: la creación de una Reserva Estratégica de Bitcoin en Estados Unidos y la decisión de un estado como Texas de comprarlo para sus arcas son señales de una legitimación impensable hace pocos años. En contra: su estrecha correlación con la liquidez global y con los activos de riesgo, que vimos antes, sigue desmintiendo la idea de un refugio verdaderamente descorrelacionado. El bitcoin de 2026, en suma, es un activo a medio camino: demasiado institucionalizado para ser la apuesta marginal de antaño, pero todavía demasiado volátil y dependiente de la liquidez para merecer plenamente la etiqueta de "oro digital" que sus defensores le cuelgan.
Ethereum: la capa de liquidación del nuevo sistema
Si el bitcoin es el "refugio", Ethereum aparece en el informe como la infraestructura, la capa sobre la que se está construyendo buena parte de la tokenización y los pagos.
Figura 6. Hitos de Ethereum en 2025 — Fuente: Glassnode y Coinbase.
El año de Ethereum estuvo marcado por las mejoras técnicas de su red (las actualizaciones "Pectra" y "Fusaka") y por la irrupción de las tesorerías corporativas como un nuevo y potente comprador. Pero su papel más interesante es el de capa de liquidación de los activos del mundo real tokenizados.
Figura 7. Activos tokenizados sobre Ethereum y su momentum — Fuente: rwa.xyz y Coinbase.
El valor de los activos del mundo real tokenizados sobre Ethereum creció con fuerza durante 2025, consolidando a la red como la plataforma de referencia para llevar a la cadena de bloques bonos, fondos y otros instrumentos tradicionales. Es la traducción concreta de la gran promesa de la tokenización: que un bono del Tesoro o una participación en un fondo puedan existir, negociarse y liquidarse en una red pública 24 horas al día, los siete días de la semana, con liquidación casi instantánea. Para el inversor institucional, esa eficiencia operativa —menos intermediarios, liquidación más rápida, colateral que se mueve en tiempo real— es, probablemente, el argumento más sólido de toda la cripto, mucho más que la especulación con el precio de los tokens.
El informe detalla los motores concretos de Ethereum en 2025. El primero, la demanda de las tesorerías corporativas, que empezaron a comprar ETH de forma material a partir de mediados de año, replicando para el segundo criptoactivo el fenómeno de las DATs que ya hemos descrito. El segundo, las mejoras técnicas de la red: la actualización "Pectra" y la posterior "Fusaka" buscan aumentar la capacidad y reducir los costes de la cadena, condición necesaria para que pueda soportar el volumen de la tokenización y los pagos a escala institucional. El informe también señala un fenómeno técnico revelador: los máximos históricos en la "cola de salida" de los validadores —el tiempo de espera para retirar el ETH bloqueado en staking—, una señal de la enorme cantidad de capital comprometido en asegurar la red. En conjunto, Ethereum aparece menos como una apuesta especulativa y más como una infraestructura crítica en construcción, con todos los riesgos y oportunidades que eso conlleva: si la tokenización y los pagos en cadena despegan de verdad, su papel de capa de liquidación sería enormemente valioso; si se quedan en promesa, gran parte de su valoración carecería de sostén.
Solana: tras la fiebre de los memecoins
La tercera gran cadena que analiza el informe es Solana, y su año fue una montaña rusa que ilustra bien las dos caras de la cripto.
Figura 8. Hitos de Solana en 2025 — Fuente: Glassnode y Coinbase.
Solana vivió a principios de 2025 el cenit de la fiebre de los memecoins —tokens sin más fundamento que la especulación viral, simbolizados por el lanzamiento del token $TRUMP—, y después su agotamiento. El informe habla precisamente de "agotamiento de los memecoins" y del ascenso de nuevos modelos de creación de mercado. Pero la historia más relevante de Solana es técnica: la mejora "Alpenglow", aprobada por sus validadores en septiembre de 2025 y prevista para 2026, supone la reforma más profunda de su protocolo desde su creación. Sustituye sus mecanismos de consenso por un diseño más eficiente que promete reducir el tiempo de confirmación de un bloque de los 12-13 segundos actuales a 100-150 milisegundos —una velocidad que abriría la puerta a aplicaciones que exigen liquidación en tiempo real, como las bolsas descentralizadas, los mercados de predicción o los videojuegos en cadena—. Coinbase ve en estos cambios la posibilidad de que Solana se posicione como una capa base más madura y lista para las instituciones.
Más allá de la mejora técnica, el informe analiza la evolución del modelo económico de Solana. Tras el agotamiento de los memecoins, la red ha visto el ascenso de los "creadores de mercado automatizados propietarios", un cambio en la forma de proveer liquidez que altera la economía de la cadena. Y dedica espacio a las implicaciones de inflación de su token —el calendario de emisión de nuevos SOL y su efecto sobre el valor— y a sus motores de demanda, desde los pagos hasta los activos tokenizados, pasando por las aplicaciones de consumo de alto volumen. La conclusión de Coinbase es que Solana, si culmina su transformación técnica y económica, podría madurar hasta convertirse en una infraestructura más sólida y apta para instituciones, más barata de operar y más resistente. Es, en muchos sentidos, el arquetipo de la cripto de 2026: menos fiebre especulativa, más obsesión por la infraestructura. Si esa transición tendrá éxito, y si el mercado la premiará, es harina de otro costal.
Hay un apunte del informe que merece subrayarse por su honestidad, y que vale para todo el universo de las altcoins: en promedio, sostiene, las altcoins seguirán probablemente el comportamiento del precio del bitcoin, con independencia de sus catalizadores fundamentales, mientras no se produzca una ruptura decisiva en la dominancia del bitcoin. Dicho de otro modo: por mucho que cada proyecto cuente su propia historia de innovación, a la hora de la verdad casi todos suben y bajan con la marea del bitcoin. Es un recordatorio incómodo de que, bajo la narrativa de los fundamentales, buena parte del mercado sigue moviéndose como un solo bloque especulativo.
Ese apunte tiene una lectura práctica que va más allá de la cripto. Para un inversor, significa que la promesa de "diversificación" dentro del mundo cripto —repartir el riesgo entre bitcoin, Ethereum, Solana y una constelación de altcoins— es en buena medida una ilusión: si todo sube y baja con la misma marea, no se está diversificando nada, solo multiplicando la exposición al mismo factor de riesgo subyacente. Es la misma lección que aprendimos en otros activos cuando la correlación se dispara en los momentos de tensión: la diversificación que de verdad protege es la que cruza clases de activo genuinamente distintas, no la que acumula variantes de la misma apuesta. Que el propio Coinbase lo reconozca, en un documento pensado para entusiastas, es un detalle de honestidad analítica que conviene anotar y agradecer. Y es, de paso, una de las razones por las que la cripto, pese a su atractivo narrativo, encaja mal en una cartera construida sobre el principio de no depender de un único factor para sobrevivir a los malos años.
Stablecoins: la verdadera historia de los pagos
Si hay una parte del informe difícil de rebatir, es la de las stablecoins. Aquí la cripto no promete revolucionar el futuro: ya está cambiando el presente.
Figura 9. Capitalización de las stablecoins, 2020-2025 — Fuente: CoinMetrics, DeFiLlama y Coinbase.
Las stablecoins —tokens que replican el valor de una moneda fiduciaria, sobre todo el dólar— han crecido a una tasa compuesta del 65% anual desde 2021, superando los 300.000 millones de dólares de capitalización. Y, lo más importante, su uso se desplaza de la mera especulación cripto hacia los pagos reales. El informe lo enmarca como "una historia de pagos": las stablecoins ofrecen una forma más barata, rápida y global de mover dinero, y empiezan a integrarse en la liquidación "contra entrega" (delivery-versus-payment) de transacciones tokenizadas y a colarse en los flujos financieros institucionales. Para quien haya intentado enviar una transferencia internacional un viernes por la tarde y haya visto cómo tardaba días y dejaba comisiones por el camino, el atractivo de un dólar digital que se mueve en segundos y a coste casi nulo es evidente. Es, sin duda, la aplicación de la cripto con un caso de uso más tangible y menos dependiente de la euforia. Eso sí, conviene recordar que las dos mayores stablecoins concentran casi todo el mercado, lo que plantea sus propios riesgos de concentración, y que su explosión es precisamente lo que más vigila el regulador, consciente de que una stablecoin lo bastante grande puede afectar a la estabilidad financiera.
Hay, además, una dimensión geopolítica que el informe apenas roza pero que conviene tener muy presente: la inmensa mayoría de las stablecoins están denominadas en dólares y respaldadas por deuda del Tesoro estadounidense. Su expansión global es, por tanto, una forma silenciosa de exportar el dólar a rincones del mundo donde la banca tradicional no llega y donde la divisa local es inestable, reforzando la hegemonía del billete verde justo en una era en la que su papel se cuestiona en voz alta. No es casualidad que Washington haya legislado con tanta celeridad para encuadrar —y no asfixiar— a las stablecoins: una stablecoin de dólar exitosa es, a la vez, un competidor para los bancos y un aliado para la política monetaria y geopolítica estadounidense, porque genera demanda estructural de deuda del Tesoro y prolonga el alcance del dólar. Para Europa, ese dominio del "dólar digital" privado es precisamente uno de los motores que empujan el proyecto del euro digital y el endurecimiento de las reglas de MiCA sobre stablecoins extranjeras. La batalla de las stablecoins es, en el fondo, también una batalla por la soberanía monetaria del siglo XXI, y conviene leer el entusiasmo de un actor estadounidense como Coinbase con esa partitura de fondo sonando.
El informe profundiza en cómo sería esa disrupción de los pagos. La promesa no es solo abaratar las transferencias internacionales —aunque eso ya sería transformador para los miles de millones de personas que envían remesas o comercian a través de fronteras—, sino reescribir la liquidación de las transacciones financieras. En un mundo donde el dinero es un token programable que se mueve a la velocidad de internet, la liquidación "contra entrega" —el intercambio simultáneo de un activo y su pago— puede ocurrir de forma instantánea y atómica, sin el riesgo de contraparte ni los días de espera que caracterizan a la infraestructura actual. Para los mercados de capitales, eso significa menos capital inmovilizado en tránsito, menos riesgo operativo y liquidez disponible las veinticuatro horas. La pregunta que se hace el informe —"¿cuánto puede crecer este mercado?"— tiene, por tanto, una respuesta potencialmente enorme: tan grande como la fracción de los pagos y la liquidación mundiales que acabe migrando a estos raíles. Es, junto a la tokenización, la apuesta más sólida y menos especulativa de todo el documento, y la que con más probabilidad cambiará la vida del ciudadano de a pie aunque nunca llegue a comprar un solo bitcoin.
Tokenización: el mundo real entra en la cadena
La última gran corriente del informe es la tokenización de activos del mundo real (RWAs), de la que las stablecoins son, en realidad, el primer y mayor ejemplo.
Figura 10. Activos del mundo real tokenizados por tipo, 2025 — Fuente: rwa.xyz y Coinbase.
El valor de los activos del mundo real tokenizados se acercó a los 18.000 millones de dólares en 2025, dominado abrumadoramente por la deuda del Tesoro estadounidense —fondos del mercado monetario llevados a la cadena de bloques—, seguida a distancia por materias primas, fondos alternativos institucionales, crédito privado y renta variable. El informe identifica varias tendencias: la entrada de actores de peso (el uso del fondo tokenizado BUIDL de BlackRock como colateral en Binance es uno de los ejemplos citados), y la emergencia de las acciones tokenizadas, con iniciativas como xStocks o el lanzamiento de Robinhood en Europa. En el caso de las acciones, el informe distingue dos modelos que conviene entender: los "tokens de plena seguridad", que representan una participación legal directa en la acción subyacente, custodiada por un depositario regulado a través de un vehículo de propósito especial; y los "tokens sintéticos o derivados", que solo replican el precio de la acción sin conferir propiedad legal. La tendencia regulatoria, señala, favorece claramente a los primeros sobre los segundos. Es la diferencia, en el fondo, entre poseer de verdad un trozo de una empresa y limitarse a apostar por su cotización —una distinción que el inversor haría bien en no olvidar cuando le ofrezcan "acciones tokenizadas".
El informe identifica además las grandes tendencias de fondo de la tokenización y los tipos de activo que la dominarán. Por ahora, el rey indiscutible es la deuda pública estadounidense de corto plazo: fondos del mercado monetario tokenizados que ofrecen a los inversores de cripto un lugar donde aparcar capital obteniendo el rendimiento sin riesgo del Tesoro, sin salir de la cadena de bloques. Es revelador que la "aplicación estrella" de la tokenización no sea un activo exótico, sino el más conservador del mundo: la deuda del gobierno de Estados Unidos. A partir de ahí, el informe ve la expansión hacia el crédito privado, los fondos alternativos institucionales, las materias primas y, eventualmente, la renta variable. La lógica es la misma en todos los casos: llevar a una infraestructura abierta, programable y siempre activa unos activos que hoy viven en sistemas cerrados, lentos y fragmentados. Si esa promesa se cumple aunque sea solo parcialmente, las implicaciones para la eficiencia de los mercados de capitales serían profundas, con independencia de lo que haga el precio de cualquier token especulativo. Es, probablemente, el puente más sólido entre el mundo cripto y las finanzas tradicionales, y el que un inversor convencional debería vigilar con más atención.
Coinbase y el amanecer de los pagos 'agénticos'
El informe se cierra con una sección sobre la propia Coinbase que, lógicamente, conviene leer como lo que es —parte marketing corporativo—, pero que apunta a una de las ideas más sugerentes del año: los pagos "agénticos". La firma describe 2025 como un año de fuerte crecimiento de su negocio institucional y dibuja lo que considera la próxima frontera: un mundo en el que los agentes de inteligencia artificial no solo razonan y escriben, sino que transaccionan de forma autónoma. Un agente que reserva un viaje, contrata un servicio en la nube o paga a otro agente por una tarea necesita una forma de mover dinero que sea instantánea, programable y disponible las veinticuatro horas —exactamente lo que las stablecoins y las redes cripto ofrecen y el sistema bancario tradicional, con sus horarios y sus intermediarios, no—. Coinbase lleva tiempo apostando por esta visión a través de su propia cadena de bloques, Base, concebida como una capa de bajo coste para construir aplicaciones de consumo y de pagos.
La idea de los pagos agénticos es, probablemente, donde la convergencia entre la inteligencia artificial y la cripto deja de ser un eslogan para convertirse en algo concreto. Si la próxima generación de software va a actuar de forma autónoma en el mundo —y todo apunta a que así será—, necesitará una capa de pagos nativa de internet, sin fronteras y operativa a cualquier hora. Que esa capa acabe siendo cripto, un sistema bancario modernizado o una mezcla de ambos está por ver, y es una de las grandes incógnitas de la próxima década. Pero la dirección del viaje es difícil de discutir: el dinero se está volviendo programable, y eso tendrá consecuencias mucho más profundas y duraderas que el precio del bitcoin en un día cualquiera. Para un inversor de largo plazo, esa es la señal que conviene seguir, por encima del ruido diario de las cotizaciones.
Lo que de verdad importa (y la cautela necesaria)
Llegados al final, conviene separar la señal del ruido, y hacerlo con la honestidad que el tema exige. El informe de Coinbase es, en su mayor parte, un documento riguroso y bien documentado, y su tesis central —que la cripto está atravesando una transición desde el activo especulativo de nicho hacia una pieza integrada en la infraestructura financiera— es difícil de rebatir a la vista de los datos. La claridad regulatoria es real, la entrada institucional vía ETFs y tokenización es real, y las stablecoins como medio de pago son una aplicación genuinamente útil y en pleno crecimiento. Quien ignore por completo esta transformación se arriesga a no entender una parte cada vez mayor del sistema financiero.
Conviene ser justos con el documento: no es un panfleto. A lo largo de sus páginas, Coinbase combina la lógica del entusiasta con la honestidad del analista, reconociendo los excesos, datando las modas que se desinflaron y midiendo con rigor lo que de verdad ha crecido. Esa mezcla es, precisamente, lo que lo hace útil para un lector externo: permite separar la transformación estructural —regulación, stablecoins, tokenización, infraestructura— de la espuma especulativa que la acompaña. El error, tanto para el creyente como para el escéptico, sería quedarse solo con una de las dos capas. El creyente que solo ve la transformación se expone a comprar humo a precio de oro; el escéptico que solo ve la espuma se arriesga a no enterarse de un cambio real en las cañerías del sistema financiero. La lectura inteligente es la que sostiene ambas cosas a la vez: hay una revolución de infraestructura en marcha y hay, sobre ella, una capa de especulación tan intensa como siempre.
Pero hay tres cautelas que ningún lector prudente debería pasar por alto. La primera, la más obvia: Coinbase es el mayor exchange de criptoactivos cotizado de Estados Unidos. Su negocio crece cuando crece la cripto, su acción sube cuando sube el mercado, y su propio futuro depende de que el relato de la institucionalización se cumpla. Su análisis está extraordinariamente bien informado —probablemente nadie tiene mejores datos del sector—, pero no es el de un observador neutral, y conviene leerlo descontando ese sesgo estructural.
La segunda cautela es que el propio informe, para su crédito, deja entrever los excesos del año: la compresión de las primas de las tesorerías cripto hasta la paridad —es decir, el desinflado de una burbuja menor—, la euforia "jugador contra jugador" de la segunda mitad del año, y el reconocimiento de que las altcoins siguen moviéndose en bloque con el bitcoin pese a sus supuestos fundamentales propios. Bajo la narrativa de la madurez sigue latiendo un mercado profundamente especulativo, sensible a la liquidez global y propenso a las modas.
Y la tercera, la que más nos importa en Maya: analizar la cripto no es lo mismo que invertir en ella. Entender la institucionalización del sector, la tokenización de activos reales o el ascenso de las stablecoins como medio de pago es parte de nuestro trabajo de comprender hacia dónde van los mercados. Pero ese entendimiento no se traduce, en nuestra gestión, en una asignación a unos activos cuya volatilidad sigue siendo extraordinaria, cuyo marco regulatorio acaba de empezar a construirse y cuyos riesgos de fondo —desde la concentración de las stablecoins hasta la amenaza cuántica sobre el bitcoin— están lejos de resolverse. La cripto es un fenómeno fascinante que merece estudio, no una recomendación de cartera. El informe de Coinbase ayuda a lo primero; corresponde al lector no confundirlo con lo segundo.
Si tuviéramos que quedarnos con una sola idea de todo el documento, sería esta: la parte verdaderamente importante de la cripto en 2026 no es el precio del bitcoin ni la última moda especulativa, sino la lenta y silenciosa construcción de una infraestructura financiera nueva —stablecoins para pagar, activos tokenizados para invertir, raíles programables para liquidar—. Esa fontanería avanzará con casi total independencia de que el mercado suba o baje en un trimestre dado, y sus efectos, si se materializan, serán más profundos y duraderos que cualquier rally. Un inversor prudente no necesita comprar cripto para tomar nota de ello: le basta con entender que el dinero, el ahorro y la liquidación de las transacciones se están volviendo programables, y que eso reconfigurará, con el tiempo, el terreno sobre el que se construyen todas las carteras. Estudiar ese cambio es una obligación; surfear su volatilidad, una elección que cada cual debe medir con honestidad sobre su propia tolerancia al riesgo y su horizonte. En Maya hemos hecho la nuestra: mirar de cerca, aprender mucho, e invertir el patrimonio de nuestros clientes en otra parte.
Esa decisión no es un juicio sobre el futuro de la tecnología —que puede ser brillante—, sino sobre la naturaleza de nuestro mandato: gestionar el patrimonio de familias con horizontes, necesidades y tolerancias al riesgo concretas, no perseguir la frontera de la innovación financiera por el simple placer de estar en ella. Habrá quien gane mucho dinero con la cripto en los próximos años, como lo habrá quien lo pierda; nuestro trabajo no es adivinar quién, sino construir carteras que no dependan de acertarlo. La diferencia entre un casino y una gestión patrimonial seria no está en si el activo sube o baja, sino en si el resultado de una familia depende o no de una apuesta cuyo desenlace nadie controla. Y desde esa atalaya, el outlook de Coinbase se lee mejor que nunca: no como una invitación a comprar, sino como un mapa detallado de un territorio que conviene conocer a fondo aunque uno decida, con plena conciencia, no habitarlo. Estudiarlo nos hace mejores asesores; confundir el estudio con la recomendación nos haría peores. Y esa distinción, en nuestro oficio, lo es todo.
