Hay aniversarios que no salen en los periódicos y que, sin embargo, han cambiado la forma en que millones de familias invierten sus ahorros. David Booth, fundador y presidente de Dimensional —y uno de los hombres que ayudó a construir los primeros fondos índice—, dedica este ensayo a uno de ellos: cien años de datos fiables sobre la rentabilidad de la bolsa americana. La pieza se titula The Miracle of Markets and the 100-Year Dataset That Changed the World y, debajo de su aparente sencillez, hay una idea que conviene tomarse en serio. De hecho, es justo una de las columnas que sostienen la forma en que invertimos en BISSAN.
Un siglo de datos que casi nadie celebra
El protagonista del ensayo no es un mercado ni un gestor, sino una base de datos: el Center for Research in Security Prices (CRSP), nacido en los años sesenta en la Universidad de Chicago. Booth lo cuenta bien. Antes de que existiera, cualquiera podía afirmar cualquier cosa sobre invertir. ¿Cuánto había rentado de verdad la bolsa a largo plazo? ¿Un 2% anual? ¿Un 5%? Ni los «expertos» lo sabían. Había corredores que daban consejos, gestores que cobraban comisiones y periodistas que escribían columnas, pero ninguno podía señalar un dato fiable y de largo recorrido. Estaban todos, en el fondo, adivinando.
Dos profesores de Chicago, Jim Lorie y Larry Fisher, se hicieron una pregunta sencilla: ¿qué han rentado realmente las acciones? Su base de datos evitaba el sesgo de supervivencia (la distorsión de ignorar a las empresas que quebraron por el camino), permitía calcular rentabilidades totales incluyendo dividendos y —detalle que Booth subraya con razón— estaba disponible de forma gratuita para otros investigadores. Cuando Jim y Larry hicieron los números, la respuesta sorprendió a todo el mundo: la bolsa estadounidense había compuesto en torno a un 9% anual entre 1926 y 1960, bastante más de lo que mucha gente esperaba.
Aquel primer conjunto de datos cubría 35 años. Ahora son cien. Y aquí está lo verdaderamente notable: el resultado apenas se ha movido. A lo largo del siglo completo, la rentabilidad ha compuesto en torno a un 10% anual. Cualquiera que conozca la investigación económica sabe lo inusual que es que datos posteriores confirmen los hallazgos originales. Pensemos en ello un momento: tres décadas y media de evidencia, ampliadas a un siglo, y la historia se mantiene firme. No es poca cosa.
¿Qué significa de verdad un 10% compuesto?
Booth aterriza el dato con un ejemplo que se entiende a la primera, usando el índice CRSP Deciles 1–10 de mercado total como ejemplo hipotético. Mil dólares invertidos a finales de 2001 habrían valido 8.799 dólares a finales de 2025. Los mismos mil dólares invertidos cincuenta años antes habrían valido aproximadamente 306.433 dólares. Y mil dólares invertidos cien años antes, unos 17,1 millones de dólares. Esa es la fuerza del mercado combinada con la fuerza del interés compuesto —una fuerza que estaba al alcance de quien no eligió acciones, no intentó adivinar el momento del mercado y, sencillamente, se quedó invertido.
El detalle que más me gusta del ensayo no es la cifra final, sino la condición que la hace posible: la paciencia. Cuando se miran los periodos móviles de diez años a lo largo del último siglo, el inversor que se quedó en el mercado durante una década salió ganando en términos reales aproximadamente nueve de cada diez veces. Booth no promete nada (y hace bien en no hacerlo), pero es razonable esperar rentabilidades positivas cuando el horizonte es largo.
Y aquí Booth añade una jerarquía que en BISSAN repetimos hasta el cansancio. A lo largo del siglo, las acciones americanas rentaron alrededor de un 10% anual, los bonos americanos en torno a un 6%, y las letras del Tesoro apenas siguieron el ritmo de la inflación. Las cifras exactas las recoge él mismo en las notas al pie, basadas en índices reales: el S&P 500 entre enero de 1926 y diciembre de 2025 rentó un 10,49% anual; el Bloomberg US Aggregate Bond Index, entre enero de 1976 y diciembre de 2025, un 6,52%; y las letras del Tesoro a un mes, entre 1926 y 2025, un 3,29%. Las acciones son más arriesgadas que los bonos, y los bonos más que el efectivo. En un mercado que funciona, más riesgo debería traducirse en más recompensa. Y así ha sido.
Riesgo no es lo mismo que volatilidad
Llegados aquí, conviene detenerse en una distinción que el propio Booth dibuja sin nombrarla del todo, y que para nosotros es la piedra angular. Él lo dice así: los movimientos de un año a otro pueden parecer caos —arriba un 25% un año, abajo un 30% el siguiente—, pero cuando miras los números desde una perspectiva de largo plazo, ves el orden que hay debajo.
Pues bien, ese es exactamente el punto. La industria financiera, desgraciadamente, ha enseñado a las familias a confundir volatilidad con riesgo. Y no son lo mismo. Para una familia con un horizonte de décadas, el verdadero riesgo no es que la cartera oscile un 30% un año concreto: es no estar invertido cuando el interés compuesto hace su trabajo. La volatilidad es el peaje; la rentabilidad, el destino. Quien confunde el peaje con un accidente se baja del coche a mitad de camino —y se queda sin llegar.
¿Tiene sentido? Creo que sí. El propio Booth lo ilustra con su tesis del «ingenio humano»: cuando compras el mercado amplio, no estás apostando por una empresa ni por un sector, estás invirtiendo en millones de personas que cada día, en miles de compañías, mejoran sus productos, afinan sus servicios y recortan sus costes. No todas tendrán éxito (el futuro nunca está garantizado), pero el sistema de incentivos premia la innovación. Esa es, para él, la auténtica fuente de la rentabilidad de los mercados.
La sabiduría de las multitudes (con condiciones)
Hay una parte del ensayo que merece un matiz, y Booth tiene el cuidado de ponerlo. Ese «orden» que aparece bajo el caos no es gratuito ni automático: depende de unas condiciones que hacen posible una formación de precios justa. Booth las enumera con precisión —acuerdos exigibles, protección al inversor, transparencia, enormes volúmenes de negociación y normas contables sólidas—. En un sistema así, el uso de información privilegiada se persigue, la competencia es feroz y limpia, y los inversores se benefician del acceso a la información. Es lo que permite que funcione la sabiduría de las multitudes: millones de inversores compitiendo por el precio hacen que toda buena y mala noticia sobre una empresa quede reflejada en su cotización.
De hecho, hay un detalle que Booth comenta y que casi nunca se mira desde este ángulo: la rentabilidad del inversor es, al mismo tiempo, el coste de capital de la empresa. Cuando una compañía emite acciones, está renunciando a ese ~10% anual que exigen los inversores a cambio de capital para crecer. Ambas partes salen ganando: el inversor obtiene una rentabilidad atractiva y la empresa, un coste de financiación razonable. El sistema funciona porque es justo, y por eso ha durado.
Conviene subrayar el «con condiciones». Booth habla del mercado estadounidense, el de mayor profundidad, transparencia y protección al inversor del mundo. Trasladar la cifra del 10% a cualquier mercado, sin más, sería un error. El ingenio humano necesita un terreno de juego limpio para florecer —y ese terreno no se da en todas partes ni en todas las épocas—. Es una salvedad importante, y agradezco que el autor la incorpore en lugar de vendernos una fórmula universal.
Lo que esto significa para tu patrimonio
¿Y todo esto qué significa para tu dinero? Mucho, en realidad. El propio Booth lo formula con una honestidad que comparto: la pregunta ya no es si puedes acceder al mercado —puedes—, sino si estás capturando esa exposición de la forma más eficiente posible después de comisiones e impuestos, y si tienes el temple para mantenerte. Ahí, en esas dos cosas, se juega casi todo.
La primera, los costes, es matemática pura: cada décima que se va en comisiones o en fricciones fiscales es una décima que no compone durante décadas. La segunda, el comportamiento, es la batalla de verdad. Booth lo sabe porque lo ha visto: la lección que el siglo de datos repite, década tras década, es siempre la misma. Los mercados recompensan la paciencia, la diversificación funciona, los costes importan, y tratar de ser más listo que la sabiduría colectiva de millones de compradores y vendedores es un juego perdedor.
En BISSAN no decimos otra cosa, y llevamos años diciéndolo. El factor más importante a la hora de invertir no es elegir la acción ganadora ni acertar el momento: es el buen comportamiento del inversor. Y el buen comportamiento no se improvisa cuando el mercado sangra —se construye antes, con planificación. Es el escudo psicológico que permite quedarse sentado cuando todo invita a salir corriendo.
Dicho esto, ojo con leer el ensayo como una garantía. Booth es prudente y no la da, y hago bien en no darla yo tampoco. Cien años de datos americanos son un caso de prueba excelente, quizá el mejor que conozco, pero el futuro no le pertenece a nadie. Las condiciones que hacen posible esa formación de precios justa pueden deteriorarse; los mercados que las cumplen no son eternos por decreto. Por eso la diversificación no es un adorno: es el reconocimiento honesto de que no sabemos qué siglo nos espera.
Booth cierra con una frase que resume su serenidad de veterano: «Ha funcionado durante el último siglo. Tengo todos los datos que necesito para esperar que funcione durante el próximo». Es una confianza tranquila, no una promesa. Y esa es exactamente la actitud que conviene llevar a una cartera: la del que ha estudiado lo suficiente para confiar en el largo plazo, sin olvidar nunca que el futuro no se lo debe a nadie. El tiempo dirá.
