Hay anécdotas que valen más que un informe entero. Dan Lefkovitz, estratega de Morningstar Indexes, cuenta que en una presentación reciente a sus nuevos colegas del Center for Research in Security Prices (CRSP) —el centro de datos bursátiles de la Universidad de Chicago adquirido por Morningstar— mostró una diapositiva con un mensaje ya familiar: las 10 mayores cotizadas americanas pesan hoy más que durante la burbuja de internet de los 90. Y entonces Alex Poukchanski, director de analítica de índices de CRSP, levantó la mano: «¿Por qué no ir más atrás? Según nuestros datos, la concentración de 2025 superó su anterior pico de 1932».
De esa pregunta sale este artículo, una pieza de opinión breve pero con uno de los datos más llamativos que hemos cazado este trimestre: la concentración del mercado americano no solo supera la de la burbuja puntocom; supera la de la Gran Depresión.
Cien años de datos y un récord incómodo
La serie de CRSP cubre un siglo de bolsa americana, y la perspectiva larga cambia el relato habitual. Entre los años 20 y finales de los 60, el peso de las 10 mayores cotizadas superaba con regularidad la cuarta parte del valor total del mercado. Lo excepcional, históricamente, no es la concentración actual: es la desconcentración que vino después, un ensanchamiento de varias décadas que atravesó el mercado bajista de los 70 y los alcistas de los 80 y 90.
No fue hasta la burbuja tecnológica de finales de los 90 —con gigantes como Intel, Cisco o General Electric inflando sus cotizaciones— cuando el top 10 volvió a cruzar el 20% del mercado. Curiosamente, aquella concentración persistió un par de años más allá del pinchazo de marzo de 2000, igual que el pico de 1932 llegó después del crash de 1929. La desconcentración no arrancó en serio hasta 2003.
El top 10 no volvió a superar el 20% hasta 2020, cuando la pandemia aceleró las tendencias tecnológicas y el grupo que nació como FANG fue mutando por una serie de acrónimos cada vez más impronunciables (FAAMG, MAMAA, BATMAAN) mientras se hablaba de «winner take all». Tras el mercado bajista de 2022, el lanzamiento de ChatGPT desató el frenesí de la inteligencia artificial que ha llevado la concentración a niveles nunca vistos: la era de los «Siete Magníficos» y los hiperescaladores, con Nvidia tocando un valor de mercado de 5 billones de dólares a finales de 2025.
El resultado, con datos de CRSP: el 31 de octubre de 2025 el top 10 alcanzó el 37,7% del valor del mercado americano, superando el anterior máximo de cierre mensual, el 37,3% del 31 de mayo de 1932.
Figura 1. Peso de las 10 mayores cotizadas en el mercado americano, 1926-2025 — Fuente: Morningstar Indexes (datos CRSP).
1932 frente a 2025: dos top 10, dos revoluciones tecnológicas
El informe incluye una tabla deliciosa para los amantes de la historia financiera: los 10 mayores valores de 1932 frente a los de 2025, con datos de cierre de año. Encabezan American Telephone & Telegraph (10,84% del mercado ella sola) y Nvidia (6,82%). Y la lista de 1932 retrata su época igual que la actual retrata la nuestra: petroleras (Standard Oil de Nueva Jersey y de California), automoción (General Motors), eléctricas y gasistas (Consolidated Gas, United Gas Improvement), química (Du Pont), comercio (Woolworth) y tabaco (R.J. Reynolds).
Como recuerda Lefkovitz, los años 20 fueron —como los 2020— una era de transformación tecnológica: el automóvil, la radio y las telecomunicaciones se hacían mercado de masas, la electrificación se extendía, la desigualdad de riqueza era alta y los hombres de negocios eran celebridades.
Figura 2. Los 10 mayores valores de EE. UU. en 1932 y en 2025, en % del valor de mercado — Fuente: Morningstar Indexes (CRSP).
¿Unos nuevos «felices años 20»?
Lefkovitz acababa de leer 1929, el libro de Andrew Ross Sorkin sobre el crash que desencadenó la Gran Depresión, y los paralelismos le saltaban de la página. «Pero el mayor producto», escribe Sorkin sobre los años 20, «el que hizo posibles todos los demás, fue el crédito. Compre ahora, pague después. Era una especie de magia». Los americanos compraban a crédito coches, radios... y acciones.
¿Y los «rugientes» 2020? La deuda de tarjetas de crédito está en máximos históricos, y los saldos en cuentas con margen superaron los 1,2 billones de dólares en diciembre de 2025, un 36% más que en diciembre de 2024, según FINRA. Entonces no se llamaba FOMO, pero el exceso especulativo estaba por todas partes —Sorkin escribe de «stock pools», «bucket shops» y adivinos de Wall Street—; hoy las apps móviles difuminan la frontera entre invertir, apostar al deporte y los mercados de predicción.
Hasta el duelo de narrativas se repite. En los años 20, el «los precios de las acciones han alcanzado lo que parece una meseta permanentemente alta» de Irving Fisher convivía con el «se acerca un crash» del economista Roger Babson. Hace poco, en Morningstar.com, Why the AI Bubble is Poised to Burst aparecía publicado junto a Nvidia Earnings: No Signs of a Near-Term AI Bubble.
Concentración no es burbuja, pero sí es un factor de riesgo
Aquí el artículo da un giro importante, y es donde más fino hila. Primero, las diferencias: la regulación ha avanzado mucho y las instituciones —empezando por la Reserva Federal— son hoy mucho más sofisticadas que en 1929.
Segundo, y más relevante para el inversor: la concentración no es un buen predictor de crisis. Los mercados concentrados han producido históricamente retornos fenomenales —sin ir más lejos, los últimos años—. El Morningstar 2026 Global Investment Outlook recuerda que el peso del top 10 ya superó sus niveles de la burbuja de internet a finales de 2020, y que «el inversor que se hubiera apartado entonces se habría perdido varios años de ganancias excepcionales, salvo el breve retroceso del selloff inflacionista de 2022». Moraleja explícita: evitar el market timing.
«La concentración no es mala ni buena per se», escribe el equipo de Manager Research de Morningstar en su estudio Bold Portfolios: Are They Worth Their Risks?. Puede ser estupenda para la rentabilidad cuando los líderes tiran del mercado. Pero tiene una cara B: «aunque la concentración no garantice una caída, erosiona los beneficios de la diversificación y hace a los mercados más vulnerables a los giros de sentimiento».
Y el peso del top 10 es solo una dimensión del problema. La concentración sectorial también ha subido: la tecnología domina hoy el mercado americano más que a finales de los 90 —un 32,7% del valor total a enero de 2026—, y eso sin contar Alphabet y Meta (clasificadas en servicios de comunicación) ni Amazon (consumo cíclico). A ello se suma la concentración temática: a medida que los hiperescaladores suben sus apuestas en IA, su suerte queda ligada a una tecnología nueva e incierta que ya ha sido fuente de volatilidad significativa, con rotaciones de mercado a comienzos de 2026 cuyo desenlace está por ver.
Un detalle regulatorio que retrata la situación: muchos fondos han tenido que registrarse como «no diversificados» ante la SEC, porque incluso fondos indexados al mercado amplio pueden incumplir los requisitos de diversificación de la Investment Company Act de 1940. Que el índice de todo el mercado no se considere legalmente diversificado debería, como mínimo, hacernos pensar.
Figura 3. Peso del sector tecnológico en el mercado americano, 1998-2026 — Fuente: Morningstar Indexes (Morningstar Direct).
¿Qué puede hacer el inversor?
La respuesta de Lefkovitz es de manual, pero está bien armada: no hace falta creer que hay una burbuja de IA para preocuparse por el riesgo de concentración que la IA ha creado. Y si la cabeza pesada del mercado americano te incomoda, no estás obligado a poseer el mercado. Las alternativas que enumera: selección activa de valores; equiponderar a través de fondos pasivos; sesgar hacia value, dividendos, pequeñas capitalizadas o compañías de calidad infravaloradas (cita el Morningstar Wide Moat Focus Index); o, simplemente, equilibrar la exposición a la bolsa americana con otros activos —renta variable internacional, bonos y más—. En una palabra: diversificar.
«La diversificación es el único almuerzo gratis de la inversión», recuerda el autor, que predica con el ejemplo: su cartera personal combina acciones, bonos y materias primas, con un buen bloque de bolsa internacional (emergentes incluidos), growth y value, y grandes, medianas y pequeñas capitalizadas. Y añade un dato de actualidad: en lo que va de 2026, la diversificación está siendo una estrategia ganadora.
Nuestra lectura
Nos gusta este artículo precisamente porque no cae en el catastrofismo fácil que sugiere el titular. El dato del récord de 1932 es de los que se quedan grabados, pero la lección útil no es «viene un crash» —nadie lo sabe, y el propio texto documenta que apartarse del mercado en 2020 habría salido carísimo—. La lección útil es doble: primero, que la concentración actual erosiona silenciosamente la diversificación de quien cree estar diversificado por tener «el índice» (hasta el punto de que la ley americana de 1940 ya no considera diversificados a muchos fondos indexados); y segundo, que la respuesta sensata no es adivinar el techo, sino construir la cartera para resistir escenarios distintos. Sobretodo eso: cuando el mercado concentra tanto peso en tan pocos nombres y una sola temática, la diversificación deja de ser una virtud teórica y pasa a ser la única defensa práctica que el inversor controla de verdad.
