Hay un consejo que en el mundo del asesoramiento se repite tanto que corre el riesgo de vaciarse de sentido: diversifica. Reparte, no lo pongas todo en el mismo sitio, que cuando una parte de la cartera sufra otra tire del carro. Es de las pocas cosas en las que casi todos coincidimos. Pero conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿y si diversificar tal como lo hemos entendido siempre —repartir por geografías, comprar Europa y Asia para no depender únicamente de Estados Unidos— estuviera perdiendo eficacia justo cuando más falta nos hace?

Es, en esencia, la tesis de un informe reciente de Principal Asset Management, firmado por la estratega de mercado Magdalena Ocampo, con un título que ya avanza el argumento: «Rethinking diversification in an AI-driven world» (repensar la diversificación en un mundo movido por la inteligencia artificial). Vale la pena leerlo despacio, porque toca una de las vigas maestras de cualquier cartera bien construida.

El regreso a casa y el problema de la concentración

La historia que cuenta el informe arranca en 2025. Aquel año, según su lectura, la agitación en la política estadounidense empujó a muchos inversores a salir de los activos domésticos y buscar cobijo en mercados internacionales, sobretodo en aquellos apuntalados por políticas internas favorables y por unas perspectivas de crecimiento que mejoraban. Diversificar geográficamente funcionó y funcionó bien.

Pero este año, dice Principal, el péndulo ha vuelto a Estados Unidos. El shock energético (con el conflicto en Oriente Medio de fondo) puso de relieve la resiliencia relativa de la economía americana y reforzó sus ventajas estructurales en terrenos como la inteligencia artificial. El dinero, que es tímido y gregario a partes iguales, regresó a casa.

Y aquí aparece el primer nudo. Esa vuelta a Estados Unidos se produce sobre un mercado muy concentrado: la tecnología representa ya cerca del 40% del S&P 500. Es un dato que conviene no leer de pasada. Significa que la suerte del índice más seguido del planeta descansa, en buena medida, sobre las expectativas de gasto de un puñado de grandes plataformas (los llamados hyperscalers). Si esas expectativas se enfriaran, el inversor quedaría muy expuesto. De hecho, el informe cifra el capex previsto de esos gigantes en unos 700.000 millones de dólares en 2026 y por encima del billón en 2027. Cifras dantescas que hoy sostienen buena parte de la narrativa alcista.

El problema es que las cadenas de suministro tecnológicas son globales. Así pues, un frenazo en la inversión en IA en Estados Unidos no se quedaría en Silicon Valley: se propagaría a todas las regiones cuyos beneficios están atados a ese mismo ciclo. Y ese, en el fondo, es el argumento central del informe: cuando media docena de mercados que parecían distintos responden a los mismos dos o tres motores, la diversificación geográfica deja de ser el escudo que creíamos.

Corea y Taiwán: en el corazón del ciclo de la IA

El caso de Corea del Sur y Taiwán es el más ilustrativo. Son de las regiones más expuestas al conflicto de Oriente Medio, porque una parte relevante de sus importaciones de crudo y de gas natural cruza el estrecho de Ormuz. Y sin embargo, cuenta Principal, el golpe macroeconómico ha sido menos severo de lo que se temía, y sus bolsas rebotaron con fuerza tras las caídas de marzo. Según el informe, a 1 de junio los índices MSCI de Corea del Sur y Taiwán acumulaban en el año rentabilidades en dólares del orden del 117% y el 63%, respectivamente. Retornos extraordinarios, apuntalados por una razón de fondo.

Esa razón es estructural. Décadas de deslocalización de la producción de semiconductores desde Estados Unidos hacia Corea y Taiwán han colocado a ambas regiones en el epicentro de la construcción de la IA. Acuerdos plurianuales con los hyperscalers americanos y una dependencia enorme de la demanda estadounidense han tejido una relación casi simbiótica entre los líderes tecnológicos de EE. UU. y sus proveedores asiáticos. Mientras el capex de la IA siga creciendo, la demanda de chips seguirá empujando los beneficios coreanos y taiwaneses.

Pero esa misma fortaleza, y aquí está la paradoja que el inversor debe entender, es también su límite como diversificador. Piénsalo un momento: si Corea y Taiwán suben cuando sube la IA americana, y bajarían cuando bajara, entonces no están diversificando nada; están replicando el mismo riesgo con otra bandera. El informe lo aterriza con un dato contundente sobre la composición del índice de emergentes.

Composición del índice MSCI Emerging Markets: peso por regiones en 2020 frente a hoy. China cae del 39,1% al 20,4%; Taiwán y Corea suben del 24,4% al 49,5%; el resto de países ("Other") pasa del 36,5% al 30,2%. Fuente: MSCI, Principal Asset Management, datos a 31 de mayo de 2026.

Como se ve en el gráfico, Corea y Taiwán juntos representan hoy cerca de la mitad del MSCI Emerging Markets (un 49,5%), prácticamente el doble de su peso en 2020 (24,4%). China, en cambio, ha recorrido el camino inverso: del 39,1% al 20,4%. Es un cambio de fisonomía profundo. El inversor que compra «emergentes» pensando que compra algo distinto a Estados Unidos, en realidad está comprando, cada vez más, una apuesta apalancada al ciclo de la IA estadounidense. La etiqueta dice diversificación; el contenido dice concentración.

Europa: rehén de la energía

Europa, históricamente, ofrecía diversificación precisamente por su menor exposición a la tecnología. El año pasado esa virtud se reforzó, cuando el giro desde la austeridad fiscal hacia la expansión dio aire al crecimiento y a las bolsas. Parecía que el viejo continente volvía al tablero.

Sin embargo, la foto se ha vuelto a torcer. Europa es importadora neta de energía, y eso la hace particularmente vulnerable a los shocks energéticos, como se ha visto durante las tensiones recientes entre Estados Unidos e Irán. Desde finales de febrero, según el informe, las bolsas europeas han quedado por detrás de las estadounidenses y siguen por debajo de los niveles previos al conflicto. Por eso, en estos meses, Europa no ha sido percibida como un buen refugio frente al ciclo de la IA.

Dicho esto, Principal no cierra la puerta: si las tensiones geopolíticas se relajaran (y hay quien apunta a un posible acuerdo entre EE. UU. e Irán), la energía se estabilizaría y el interés inversor podría volver, apoyado además en los vientos de cola de infraestructuras y defensa. Es un condicional grande, todo hay que decirlo. Pero conviene tenerlo anotado.

China: el diversificador más independiente

Y luego está China, que es donde el informe se pone verdaderamente interesante. Frente a los mercados asiáticos atados a la IA y frente a una Europa rehén de la energía, China destaca por lo contrario: su empeño en reducir la dependencia externa, tanto en energía como en insumos tecnológicos críticos (los semiconductores, sobretodo).

Por el lado energético, su esfuerzo de años por diversificar el mix —desplegando renovables a la vez que ampliaba la capacidad de carbón— le ha permitido acumular reservas de crudo y reducir su sensibilidad a los sustos globales. Eso ayudó a que su bolsa aguantara el bache de marzo con una caída modesta, en línea con el retroceso del propio S&P 500. Por el lado tecnológico, el informe señala el desarrollo del modelo de DeepSeek entrenado con semiconductores de fabricación nacional como muestra de esa voluntad de emanciparse de los chips avanzados estadounidenses.

El resultado se ve en la correlación, que es donde de verdad se mide si un activo diversifica o no.

Correlación mensual media del índice MSCI China frente a grandes índices globales: media 2018-2019 comparada con la de los últimos 24 meses. La correlación cae en todos los casos: con el S&P 500 pasa de en torno al 70% a alrededor del 14%; MSCI Europa del ~67% al ~29%; MSCI Corea del ~71% al ~18%; MSCI Taiwán del ~64% al ~14%; MSCI Japón del ~72% al ~3%; MSCI LatAm del ~42% al ~19%. Fuente: Bloomberg, Principal Asset Management, datos a 31 de mayo de 2026.

El gráfico es elocuente. La correlación mensual media de la bolsa china con los grandes índices del mundo ha caído en todos los casos respecto a 2018-2019. Con el S&P 500 baja del entorno del 70% a alrededor del 14%; con el MSCI Japón, del 72% a un exiguo 3%. Dicho de otra forma: en un mundo donde casi todo se mueve al son de los mismos factores macro, China es de los pocos mercados grandes que baila una música distinta. Y encima, apunta el informe, con valoraciones todavía relativamente atractivas.

Qué significa para una cartera de largo plazo

Hasta aquí la lectura de Principal. ¿Y esto qué significa para tu dinero, que es al final lo único que importa?

Mi lectura es que el informe pone el dedo en una llaga real, pero conviene no sacar la conclusión equivocada. La llaga es que la diversificación geográfica clásica —«tengo Estados Unidos, Europa y emergentes, luego estoy repartido»— se ha vuelto engañosa. Cuando el motor común es el ciclo de la IA (y, en segundo plano, la energía), esas tres etiquetas pueden esconder el mismo riesgo tres veces. Y un riesgo repetido tres veces no es diversificación: es concentración disfrazada.

La conclusión equivocada sería salir corriendo a comprar China porque un gráfico muestra correlaciones bajas. Una correlación baja de los últimos veinticuatro meses no es una promesa de futuro (de hecho, las correlaciones tienen la mala costumbre de dispararse hacia uno justo cuando más las necesitas, en los momentos de pánico). Además, aquí no hay recomendación alguna de BISSAN: esto es la lectura de un informe de un tercero, con sus supuestos y sus riesgos, no un consejo de compra.

Lo que sí me parece una enseñanza sólida es más de fondo. La verdadera diversificación no se mide por el número de banderas de la cartera, sino por si esas piezas responden de verdad a fuerzas distintas. Repartir por países que dependen del mismo ciclo tecnológico es como llevar tres paraguas del mismo color un día de sol: aparentan protección, pero cuando llueve de verdad se mojan los tres. La pregunta correcta no es «¿en cuántos sitios estoy?», sino «¿de qué depende, en última instancia, cada cosa que tengo?».

Y ahí es donde el largo plazo juega a nuestro favor. Para una familia con horizonte largo, el riesgo relevante no es la volatilidad de un trimestre, sino la posibilidad de una pérdida permanente de capital por estar mal repartido sin saberlo. Desgraciadamente, muchas carteras que parecen diversificadas en el folleto están, por debajo, apostando a lo mismo. Revisar de vez en cuando qué motores mueven de verdad cada posición —y no solo su etiqueta geográfica— es de las cosas más rentables (y más baratas) que puede hacer un inversor.

El tiempo dirá si China mantiene su independencia y si la IA sigue tirando de Corea y Taiwán. Nadie lo sabe con certeza, y quien diga lo contrario vende algo. Lo que sí podemos hacer es mirar nuestras inversiones con honestidad y preguntarnos si diversifican de verdad o solo lo aparentan.

Nota: lo anterior es un análisis editorial de un informe de un tercero (Principal Asset Management) y no constituye una recomendación de inversión de BISSAN. Las rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras.