Hay metales que hacen ruido y metales que trabajan en silencio. El oro brilla en las portadas, el litio protagoniza titulares de coches eléctricos, y el cobre, mientras tanto, se limita a hacer lo que lleva haciendo siglo y medio: conducir electricidad por dentro de las paredes, los motores y, ahora, los centros de datos. Durante décadas a este metal se le llamó cariñosamente «Dr. Copper», porque sus subidas y bajadas de precio anticipaban el pulso de la economía mundial. Pues bien, según un extenso informe que S&P Global ha publicado en enero de 2026 («Copper in the Age of AI: Challenges of Electrification»), el viejo doctor ha cambiado de oficio. Ya no es solo un termómetro del ciclo: se ha convertido en una pieza estratégica de la electrificación, la digitalización y hasta la seguridad nacional.
El dato que abre el informe es contundente: la demanda mundial de cobre crecerá un 50% de aquí a 2040, pasando de 28 a 42 millones de toneladas anuales. Y aun así, si nada cambia en la oferta, el mundo se quedará corto en 10 millones de toneladas. Conviene detenerse en esa cifra, porque equivale a un 25% por debajo de lo que se necesitará. No es un matiz menor para nadie que tenga ahorros invertidos en infraestructura, energía o tecnología.
Por qué el cobre se ha vuelto tan importante
El cobre tiene una virtud física difícil de igualar: conduce la electricidad mejor que casi cualquier otro material. Solo la plata, un metal precioso, lo supera. A esa conductividad se le suman la durabilidad y la reciclabilidad, y el resultado es que sustituirlo por aluminio, plástico o fibra óptica resulta complicado en la mayoría de aplicaciones. De hecho, S&P sostiene que la mayor parte de las sustituciones técnicamente viables ya se han producido. Es decir, no queda mucho margen para «estirar» el cobre sin un salto tecnológico de envergadura.
El informe ordena la demanda futura en cuatro grandes vectores. El primero es la demanda económica tradicional (construcción, electrodomésticos, refrigeración, maquinaria). El segundo, la transición energética: renovables, vehículos eléctricos y, sobretodo, la expansión de las redes de transporte y distribución eléctrica. El tercero, el que da título al estudio, es la inteligencia artificial y los centros de datos. Y el cuarto, una sorpresa de los últimos años: la modernización de la defensa, con armamento cada vez más dependiente de electrónica avanzada, sensores y sistemas de comunicación. Lo interesante es que estos vectores son acumulativos: no se sustituyen unos a otros, se suman.
Figura 1. Demanda mundial de cobre por sector, 2025-2040 — Fuente: S&P Global.
La figura es elocuente. En 2025, de los 28 millones de toneladas, 18 corresponden a la demanda económica clásica y 9 a la transición energética. Para 2040, el total trepa a 42: la demanda económica sube hasta 23, la transición energética se dispara hasta 16, y aparecen con fuerza dos vectores que hace pocos años eran casi anecdóticos: la IA y los centros de datos, que llegan a 3 millones de toneladas, y la defensa. No es un crecimiento explosivo en ninguna categoría aislada; es la suma de varias presiones simultáneas lo que tensiona el sistema.
El abismo entre demanda y oferta
Aquí está el corazón del informe. Si juntamos la demanda creciente con una oferta minera que apenas puede mantenerse, el resultado es un desequilibrio incómodo. S&P lo resume en un balance de mercado que conviene mirar despacio.
Figura 2. Balance total del mercado del cobre, 2020-2040 — Fuente: S&P Global.
La línea naranja de demanda sube sin descanso hasta los 42 millones de toneladas en 2040. La oferta minada primaria (la parte roja) avanza un tiempo, pero la propia gráfica advierte: «sin una expansión significativa, la oferta minada está abocada a tocar techo en 2030». El reciclaje (la franja azul) ayuda, pero no llega. El hueco que queda entre la línea naranja y el área de oferta es lo que S&P llama «Demand Gap». La anotación central lo dice sin rodeos: harán falta 14 millones de toneladas adicionales de cobre para cubrir el crecimiento de la demanda hasta 2040.
¿Y de dónde sale ese crecimiento? La respuesta tiene nombre y apellidos geográficos.
Figura 3. Cambio neto de la demanda de cobre por región, 2025 frente a 2040 — Fuente: S&P Global.
De la demanda de 28,4 millones de toneladas en 2025 a los 42,3 de 2040, China aporta 4,8 millones de toneladas adicionales y el resto de Asia-Pacífico otros 3,5. Entre las dos suman 8,3 millones, alrededor del 60% de todo el crecimiento mundial. Europa añade 1,9, Estados Unidos 1,4 y Oriente Medio 0,5. La lectura es clara: el centro de gravedad de la demanda de cobre está, y seguirá estando, en Asia. Para un inversor europeo esto tiene una consecuencia incómoda y honesta: buena parte de la fuerza que mueve el precio de un metal que necesitamos aquí se decide a miles de kilómetros.
La transición energética y el coche eléctrico
Dentro de esos vectores, la transición energética merece párrafo propio porque es, según S&P, la mayor fuente de crecimiento de la demanda entre 2025 y 2040, con 7,1 millones de toneladas adicionales solo por este concepto.
Figura 4. Demanda de cobre de la transición energética por sector, 2020-2040 — Fuente: S&P Global.
La demanda de cobre asociada a la transición energética pasa de 4,7 millones de toneladas en 2020 a 15,6 en 2040. El crecimiento se reparte entre tres patas: las redes de transporte y distribución (T&D), los vehículos eléctricos y las tecnologías limpias (renovables). Y conviene entender un detalle que muchos pasan por alto: el grueso del cobre no está tanto en el panel solar o en el aerogenerador como en los kilómetros y kilómetros de cable que hay que tender para conectar una generación cada vez más dispersa con los puntos de consumo.
El caso del coche eléctrico es especialmente revelador. Un vehículo eléctrico usa 2,9 veces más cobre que uno de combustión. Y aquí va un dato que da vértigo: en 2025 se vendieron en el mundo 22 millones de coches eléctricos, frente a apenas 10.000 quince años antes, en 2010. No hace falta ser ingeniero para intuir lo que eso supone, año tras año, sobre la demanda de un metal que no se fabrica, se extrae.
La IA pide electricidad, y la electricidad pide cobre
Y luego está la inteligencia artificial. Se habla mucho de chips, de modelos y de potencia de cálculo, pero pocas veces se baja al detalle físico: toda esa inteligencia necesita electricidad, y esa electricidad tiene que circular por conductores de cobre que enlazan procesadores, memoria y sistemas de refrigeración. De hecho, la electricidad es hoy la principal restricción para el despliegue de la IA, y el cobre, a su vez, puede ser una restricción de esa electricidad. Un cuello de botella dentro de otro cuello de botella.
S&P pone una cifra que ayuda a dimensionarlo: la cuota de los centros de datos sobre el consumo total de electricidad en Estados Unidos pasará del 5% actual a hasta el 14% en 2030. En medio decenio. Es un salto enorme para una infraestructura eléctrica que ya iba justa.
Figura 5. Capacidad acumulada mundial de centros de datos, 2020-2040 — Fuente: S&P Global.
La capacidad mundial instalada de centros de datos pasa de 151 gigavatios en 2025 a 549 en 2040, un incremento de 398 gigavatios. El panel de la derecha desglosa las tasas de crecimiento anual: el entrenamiento de IA (las franjas naranjas) crece a ritmos del 24,0% y el 23,7% anual, y el uso de la IA ya entrenada a tasas más contenidas pero igualmente notables. Es decir, no solo crece la potencia total, sino que la parte más intensiva en cobre por megavatio (los recintos de IA) es la que más se acelera. El informe hasta apunta un quinto vector posible para la próxima década: los robots humanoides. Lo deja como hipótesis, no como certeza, y me parece sensato que así sea.
El otro lado de la balanza: por qué la oferta no acompaña
Hasta aquí la demanda. Pero un mercado lo determinan dos fuerzas, y la oferta es donde el informe se vuelve, en mi opinión, más inquietante. Porque sacar cobre de la tierra es cada vez más difícil, más lento y más caro.
Figura 6. Producción minada de cobre desde activos en operación, 2010-2040 — Fuente: S&P Global.
Si nos fijamos solo en las minas que hoy están en funcionamiento, sin nuevos desarrollos ni ampliaciones, la producción ha subido alrededor de 7,2 millones de toneladas desde 2010, pero está abocada a caer una cantidad similar (-6,8) hacia 2040, a medida que los yacimientos actuales se agotan. El pico se sitúa hacia 2030. Dicho de otro modo: sin nueva inversión, la producción minada primaria sube de 23 millones de toneladas en 2025 a unos 27 en 2030, y luego retrocede hasta los 22 en 2040. Justo cuando más cobre hace falta, las minas existentes empiezan a dar menos.
Y hay un problema añadido, geológico y silencioso: la ley del mineral está cayendo.
Figura 7. Ley media de cabeza del cobre en las grandes minas, 2000-2024 — Fuente: S&P Global.
La ley media de cabeza (el porcentaje de cobre que contiene la roca extraída) en las grandes minas ha caído alrededor de un 44% desde el año 2000. Cada vez hay que mover más roca, gastar más energía, más agua y más reactivos para obtener la misma tonelada de metal. Hay excepciones brillantes (Kamoa-Kakula, en la República Democrática del Congo, presume de una ley del 5,9%), pero la tendencia general es a la baja. Y eso se traduce, inexorablemente, en costes más altos y en un precio del cobre cada vez mayor para que merezca la pena abrir una mina nueva.
El precio ya lo está contando
¿Y qué hace el mercado mientras tanto? Pues lo que suele hacer cuando intuye escasez: pagar más.
Figura 8. Precio spot del cobre en la LME, 2015-2026 — Fuente: London Metals Exchange / S&P Global.
El precio spot del cobre en la Bolsa de Metales de Londres se ha revalorizado en torno a un 90% en la última década, rondando a finales del periodo los 12.000 dólares por tonelada. No es una línea recta (tuvo su corrección dura en 2020 y otra en 2022), pero la dirección de fondo es inequívocamente alcista. El mercado, a su manera, ya está descontando parte de la historia que cuenta este informe.
Reciclaje, fundición y un cuello de botella en China
¿No puede el reciclaje cerrar la brecha? S&P es honesto: el cobre es reciclable al 100% sin perder sus propiedades, y el reciclaje podría llegar a cubrir hasta una cuarta parte de la demanda total en 2040. Es mucho, pero no basta. La oferta minada primaria sigue siendo insustituible.
Hay además un segundo punto crítico del que casi nadie habla: la fundición y el refinado. El cobre que sale de la mina es concentrado; hay que fundirlo y refinarlo para convertirlo en metal utilizable. Y aquí aparece una concentración geográfica que conviene tener muy presente: China acumula 12 de los 29 millones de toneladas de capacidad mundial de fundición, y esa cifra sigue creciendo. Para colmo, los cargos de tratamiento y refinado (los TCRCs, lo que cobran las fundiciones por procesar el concentrado) están en mínimos históricos.
Figura 9. Cargos de tratamiento y refinado al contado (TCRCs), 2021-2025 — Fuente: S&P Global Market Intelligence.
La línea de los TCRCs al contado cae desde cifras claramente positivas en 2021 hasta cruzar por debajo de cero en 2025: es decir, llega un punto en que la fundición acaba pagando al minero por hacerse con el concentrado, en lugar de cobrar por procesarlo. Es la imagen de un sistema tensionado, con escasez de concentrado y exceso de capacidad de fundición, sobretodo en China. Para las fundiciones menos competitivas, fuera de Asia, esto es una amenaza directa a su viabilidad. Y para el resto del mundo, una dependencia incómoda: si tanto procesado se concentra en un solo país, el riesgo de toda la cadena se concentra con él.
El verdadero cuello de botella: el tiempo
Si tuviera que quedarme con un solo gráfico del informe, sería probablemente este, porque explica mejor que ningún otro por qué la oferta no puede simplemente «acelerar» para responder a la demanda.
Figura 10. Tiempos de desarrollo de las minas de cobre, media mundial — Fuente: S&P Global.
Una mina de cobre tarda de media 17 años desde el descubrimiento hasta la producción. Y lo más revelador es el desglose: 12,2 años se van en exploración, estudios y litigios, frente a apenas 2,6 años para la decisión de construir y 2,3 para construir y arrancar. Es decir, el cemento y la maquinaria no son el problema; el problema son los permisos, las revisiones ambientales y los pleitos. No es un asunto que se resuelva inyectando dinero de golpe. El cobre que vaya a hacer falta en 2040 hay que empezar a buscarlo prácticamente hoy. Y a esto se le suma, según el informe, una creciente brecha de talento: la industria minera afronta una ola de jubilaciones y una matrícula menguante en los programas técnicos.
Lo que sabemos y lo que probablemente significa
Conviene poner las cosas en su sitio sin caer en el alarmismo. S&P deja claro en la primera página que su estudio no hace recomendaciones de política ni, por supuesto, de inversión, y representa su análisis independiente. Y hay que recordar algo que cualquiera que lleve años en esto sabe: las materias primas son cíclicas, volátiles y, a menudo, crueles con quien se enamora de una tesis. Desgraciadamente, la historia está llena de inversores que tenían razón en el fondo y se arruinaron en el camino por el timing.
Dicho esto, lo que el informe describe no es una predicción de precio a corto plazo, sino un desequilibrio estructural: una demanda empujada por cuatro o cinco fuerzas simultáneas (economía, transición energética, IA, defensa y, quizá, robótica) contra una oferta que tarda 17 años en reaccionar, con leyes de mineral en declive y una fase de procesado peligrosamente concentrada en un solo país. Cuando una oferta tan rígida se encuentra con una demanda tan empujada, la teoría económica más elemental sugiere precios más altos y más volátiles. El propio mercado, con esa revalorización del 90% en una década, parece estar empezando a darle la razón.
¿Y esto qué significa para tu patrimonio? Pues que el cobre ha dejado de ser un asunto de mineros para convertirse en un hilo que atraviesa media economía: la energía, la electrificación, la inteligencia artificial, la defensa, la geopolítica de la cadena de suministro. No se trata de salir corriendo a comprar el metal (en BISSAN no construimos carteras a golpe de titular ni de tesis temática de moda), sino de entender que detrás de palabras tan brillantes como «inteligencia artificial» o «transición energética» hay una realidad física, pesada y tozuda: alguien tiene que extraer el metal, fundirlo y tender el cable. Y ese alguien, según S&P, lo va a tener cada vez más difícil.
El informe lo resume mejor que yo: el futuro no es solo intensivo en cobre, es un futuro posibilitado por el cobre. Cada edificio, cada línea de código, cada megavatio renovable, cada coche, cada sistema de armas depende de este metal discreto. El tiempo dirá si el viejo «Dr. Copper» se convierte en el gran facilitador del próximo ciclo de progreso o en su principal cuello de botella. Mientras tanto, nosotros seguimos vigilando ambas cosas: la fuerza de fondo y el ruido de la superficie.
