Toda revolución tecnológica trae consigo una contabilidad oculta, una de esas partidas que no figuran en los folletos pero que acaban apareciendo en la factura de alguien. La de la inteligencia artificial empieza a tener un nombre concreto: la electricidad. Mientras la conversación pública gira en torno a los modelos, los chips y las valoraciones bursátiles, el equipo de economía de Estados Unidos de Goldman Sachs dedica uno de sus US Economics Analyst a un asunto mucho más terrenal y, precisamente por ello, más revelador: el efecto que la sed de energía de los centros de datos tendrá sobre el precio de la luz que pagan los hogares y las empresas que nada tienen que ver con la IA.
El punto de partida es un dato que ya está sobre la mesa, no una proyección. Los precios de la electricidad subieron un 6,9% interanual hasta diciembre de 2025, y un 6,8% de media anual desde enero de 2022. La inflación general del consumo en esos mismos periodos fue del 2,9% y del 3,4%. Dicho de otro modo: la luz lleva años encareciéndose al doble de ritmo que la cesta media del consumidor estadounidense. Y la película, según Goldman, no ha hecho más que empezar.
La brecha que abre la electricidad
Conviene empezar por ver la fotografía completa de los últimos años, porque explica por qué este asunto ha dejado de ser una nota a pie de página.
Figura 1. El precio de la electricidad ha subido más rápido que la inflación general del consumo en Estados Unidos — Fuente: Department of Commerce, Goldman Sachs Global Investment Research.
Hasta 2021, ambas series caminaban prácticamente de la mano. Desde entonces, la electricidad se ha despegado con claridad: el índice de precios de la luz roza ya los 141 puntos (base 2019=100), mientras el de la inflación general se queda en unos 124. Esa brecha no es un fenómeno uniforme, sino el promedio de realidades muy distintas. La inflación eléctrica ha oscilado, desde enero de 2022, entre apenas un 1% anualizado en estados como Luisiana y Nevada y hasta un 15% en Maryland y Maine. La geografía, como veremos, lo es casi todo en este asunto.
Goldman identifica dos motores detrás de la presión sobre los precios eléctricos en los próximos años. El primero, una demanda que crece empujada por los centros de datos al chocar con una oferta que no acompaña. El segundo, el aumento de la inversión de las eléctricas para ampliar capacidad, que encarece sus costes y, por la mecánica regulatoria del sector, se traslada a las tarifas.
La sed de los centros de datos
El primer motor es la demanda. Hoy los centros de datos representan una porción todavía modesta del consumo eléctrico estadounidense —en torno al 7%—, pero esa cuota se ha disparado en los últimos años y la trayectoria es inequívoca.
Figura 2. La demanda eléctrica de los centros de datos ha crecido con fuerza y Goldman espera que siga impulsando el consumo — Fuente: Department of Energy, Aterio, Goldman Sachs Global Investment Research.
La curva habla por sí sola: lo que durante años fue una línea casi plana en torno al 0,6% del consumo nacional ha pasado, en menos de una década, a una pendiente claramente exponencial que se acerca al 7%. Y los analistas de renta variable de Goldman esperan que la demanda relacionada con los centros de datos aporte 1,2 puntos porcentuales de media al crecimiento del consumo eléctrico en 2026-2030, lo que supone casi la mitad de un crecimiento total previsto del 2,6% anualizado. En conjunto, Goldman calcula que los centros de datos explicarán cerca del 40% de todo el aumento de la demanda eléctrica en los próximos cinco años.
Frente a ese empuje, la oferta avanza con lentitud. Goldman espera que la capacidad de generación crezca apenas un 1,1% anual en los próximos años, lastrada por varios cuellos de botella. El más llamativo: el plazo mediano para conectar nueva generación a la red ha pasado de menos de dos años en 2000 a cuatro años y medio en la actualidad. A esa burocracia se suman la escasez de equipos especializados —las turbinas de gas, por ejemplo— y de mano de obra cualificada, que tarda años en formarse. Cuando una demanda que se dispara se topa con una oferta atascada, el resultado es previsible: tensión en los precios mayoristas.
Un golpe muy desigual sobre el mapa
Aquí aparece uno de los matices más importantes del informe, y el que más debería interesar a quien intente extrapolar conclusiones. La presión sobre los precios no se repartirá de forma homogénea, porque los centros de datos están extraordinariamente concentrados: alrededor del 1% de los condados estadounidenses acaparan en torno al 70% de la capacidad de centros de datos.
Figura 3. Goldman espera los mayores incrementos del precio mayorista en el Medio Oeste, California y Texas — Fuente: Goldman Sachs Global Investment Research.
El contraste es notable. Mientras los mercados mayoristas del Medio Oeste (MISO) y California (CAISO) podrían ver subidas del orden del 18% y el 17% respectivamente entre 2026 y 2028, Texas (ERCOT) y la región del Atlántico medio (PJM) se quedarían en torno al 8%, y Nueva Inglaterra (ISONE) incluso vería una ligera bajada. La factura de la IA, en suma, la pagarán sobre todo las regiones que albergan su infraestructura. Es una asimetría que conviene tener presente: hablar de "la inflación eléctrica de Estados Unidos" en singular oculta que, sobre el terreno, hay vecindarios que sufrirán un fenómeno y otros que apenas lo notarán.
El segundo motor de los precios, recordemos, es la inversión de las eléctricas. Para atender la demanda, las compañías están elevando su capex de forma muy superior a sus ingresos, y como el sector recupera esas inversiones vía tarifas, ese esfuerzo inversor termina en la factura. Goldman documenta que el capex de dieciocho grandes eléctricas reguladas ha pasado de alrededor del 21% de sus ingresos en 2011 a cerca del 43% en 2025, mientras su beneficio neto apenas se movía del 10% al 15%. La tijera entre lo que invierten y lo que ganan se ha abierto de par en par, y esa diferencia la financia, en buena medida, el cliente.
¿Quién paga la fiesta?
El reparto del coste es, quizá, el verdadero campo de batalla. La infraestructura que exigen los centros de datos sirve, en gran parte, a los propios centros de datos, y los reguladores han empezado a diseñar mecanismos para que sean ellos —y no el conjunto de los consumidores— quienes la financien. En su escenario base, Goldman asume que los centros de datos asumirán en torno a dos tercios del exceso de capex que generan, mientras hogares y empresas cargan con el tercio restante.
Pero blindar por completo al ciudadano es difícil: las políticas no cubren todos los costes, las empresas de IA pueden buscar emplazamientos más laxos y los precios pueden dispararse antes de que las normas entren en vigor. De ahí que Goldman maneje también un escenario más adverso, en el que los clientes no vinculados a la IA soportan la mitad del coste incremental en lugar de un tercio.
Figura 4. Goldman espera que la inflación eléctrica del consumo siga cerca del 6% en 2026-2027 antes de moderarse — Fuente: Department of Commerce, Goldman Sachs Global Investment Research.
La conclusión central del informe queda recogida en esta última imagen: en su escenario base —con un tercio del coste trasladado al consumidor—, Goldman espera que la inflación eléctrica del consumo se mantenga en torno al 6% en 2026-2027 y se modere hacia el 3,5% en 2028, a medida que ceda el precio del gas natural. En el escenario más severo, con la mitad del coste repercutido, los precios subirían alrededor del 8% de media en 2026-2027 y un 4% en 2028-2030. Para las empresas ajenas a la IA, Goldman prevé subidas similares en 2026-2027, pero una desaceleración más rápida, hasta cerca del 2% en 2028.
¿Cómo se traduce todo esto en la macroeconomía? Aquí el informe pide prudencia con los titulares alarmistas. El efecto directo sobre la inflación general del consumo es modesto: unas décimas (0,1 / 0,07 / 0,05 puntos en 2026 / 2027 / 2028). Sumando el efecto indirecto —las empresas trasladan a sus precios el encarecimiento de la energía—, el impulso total sobre la inflación general ronda los 0,2 / 0,15 / 0,1 puntos. Y el arrastre sobre el crecimiento es pequeño: alrededor de dos décimas sobre el consumo en 2026-2027 y una décima sobre el PIB, ya que el lastre del consumo se compensa en parte con el empuje de la inversión de las eléctricas.
El golpe, eso sí, no se reparte por igual entre los hogares. Goldman estima que el recorte de renta real será mayor para las familias de renta baja, porque la electricidad pesa más en su presupuesto: el primer quintil de renta sufre el mayor arrastre y el quinto, el menor. Es la cara regresiva de esta historia. Y existe un riesgo de cola que el banco no ignora: si la tensión en los mercados eléctricos aumentara la frecuencia o duración de los apagones, las pérdidas serían mucho mayores. Goldman cita estimaciones según las cuales un apagón cuesta a la economía estadounidense en torno a 8,4 dólares por kilovatio-hora no suministrado, casi cincuenta veces el precio medio de la electricidad para un cliente residencial.
Lo que esta historia nos enseña
La tesis de Goldman, leída en frío, es matizada y, en ese sentido, sensata: el coste eléctrico de la IA es real, palpable y, sobre todo, desigual, pero el banco lo considera pequeño frente al beneficio que la propia IA aportará a la productividad. De hecho, calcula que el valor presente de las pérdidas de PIB derivadas del encarecimiento eléctrico equivale a menos del 3% del valor presente del crecimiento que la IA inducirá hasta 2035.
Conviene quedarse con esa asimetría, pero también con sus implicaciones. Primero, que toda gran ola de inversión tiene externalidades que no figuran en el relato dominante, y que en ocasiones las paga quien no participa del negocio. Segundo, que los promedios engañan: una inflación eléctrica "nacional del 6%" esconde regiones con subidas del 18% y hogares modestos que verán mermada su renta más que la media. Y tercero, una lección que viaja bien a Europa, donde la transición energética y el despliegue de centros de datos plantean dilemas equivalentes: el cuello de botella decisivo no suele estar en la tecnología ni en el capital, sino en la oferta física de energía y en la maraña regulatoria que ralentiza su despliegue. La pregunta de quién paga la infraestructura del futuro —y con qué reglas— seguirá siendo, durante años, una de las más relevantes para la inflación, para los mercados y para la cohesión social.
