Hay una parte del mercado laboral que las estadísticas oficiales apenas ven. No aparece del todo en la nómina que publica cada mes la oficina de empleo, no encaja limpiamente en la foto de «ocupado» o «parado», y sin embargo mueve a decenas de millones de personas: el trabajo gig. Goldman Sachs le dedica su US Economics Analyst del 17 de noviembre, firmado por Jessica Rindels, con una pregunta muy de su tiempo. Ahora que el mercado laboral estadounidense se enfría —las nóminas han bajado a un ritmo de apenas medio centenar de miles al mes y el paro ronda el 4,5%—, ¿sirve la economía gig de colchón para quien pierde el empleo o reduce horas? ¿Y qué nos dice, de paso, sobre el verdadero estado del mercado de trabajo?

Conviene empezar por lo básico, porque ni siquiera ahí hay consenso: cuánto pesa realmente.

Cuánto pesa, de verdad

La primera sorpresa es la enorme dispersión de las estimaciones. Dependiendo de la encuesta, la participación en la economía gig va del 1% al 27% de la población activa. La razón es que no existe una definición única de qué cuenta como trabajo gig: unos incluyen a los autónomos por contrato, otros a los trabajadores de agencias temporales, otros a los freelance o a los que están «de guardia». Goldman se queda con las estimaciones que considera más creíbles y acota el rango: entre el 5% y el 15% de la población en edad de trabajar hace algún tipo de trabajo gig, entendido en sentido amplio como cualquier actividad remunerada fuera del empleo estándar, de larga duración y contratación directa. La participación en plataformas digitales tipo Uber o DoorDash es bastante menor, del 2-4%.

Exhibit 1 (Goldman Sachs): estimaciones del empleo en la economía gig como porcentaje de la población en edad de trabajar, según distintos estudios. Las más creíbles sitúan la participación entre el 5% y el 15%; las barras rayadas corresponden solo a trabajadores de plataformas online (2-4%), y las tres barras rojas marcan las medias.

Igual de interesante que el nivel es la tendencia. Las encuestas que se repiten año tras año sugieren, quizá contra la intuición, que el crecimiento del empleo gig total ha sido modesto en el mejor de los casos. La narrativa de un mundo laboral arrasado por la «gig-economización» no aguanta el dato agregado. Lo que sí crece con fuerza es la pata digital: los datos de usuarios activos de las apps de oferta de trabajo —el conductor que abre Uber Driver o el repartidor que abre Dasher— apuntan a un crecimiento del 5-8% anual en los últimos años. El fenómeno, en suma, no es tanto que cada vez haya muchísima más gente en el gig, sino que la parte del gig que pasa por una plataforma digital gana peso dentro del total.

El reencuadre: del 60% al 65%

Aquí está el hallazgo que da título al informe —otra perspectiva sobre el mercado laboral— y el que más debería interesar a quien sigue la macro. En principio, todo el trabajo gig debería quedar recogido en la encuesta de hogares (la que se usa para calcular la tasa de paro). En la práctica, no es así. El gig es más esporádico que un empleo estándar: alguien puede no haber repartido ni conducido en la semana de referencia de la encuesta aunque sí lo hiciera el resto del mes, y entonces no se declara como ocupado. Otros directamente perciben su actividad gig como un hobby, no como un trabajo, aunque cobren por ella. A ello se suma una asimetría de las propias encuestas: solo una parte del gig debería captarla la encuesta de establecimientos —la que se nutre de las nóminas de las empresas—, mientras que la de hogares debería recogerlo todo, autónomos incluidos. Pero una parte de esos trabajadores se declara por error como asalariada y otra parte, sencillamente, no figura.

Usando los microdatos de la Survey of Informal Work Participation de la Fed de Nueva York, Goldman estima que en torno al 15% de las personas clasificadas como paradas o fuera de la población activa hacen en realidad algún trabajo gig. La participación es máxima entre los trabajadores a tiempo parcial involuntario, lo que encaja con la idea de que muchos recurren al gig para complementar ingresos cuando no consiguen las horas que querrían en un empleo estándar. Contabilizar todo ese trabajo invisible —unos 14,6 millones de personas— elevaría la tasa de empleo sobre población del 60% oficial a aproximadamente el 65%, y la tasa de actividad del 62% al 67%.

Exhibit 6 (Goldman Sachs): si se contabilizara el trabajo gig que hoy no recogen las estadísticas oficiales —unos 14,6 millones de personas—, el empleo pasaría de los 163 millones reportados a 178 millones, y la tasa de empleo sobre población subiría del 60% al 65%.

No es un matiz de decimales. Es la diferencia entre un mercado laboral que parece haberse quedado estructuralmente por debajo de su nivel previo y uno que, bien medido, está más cerca de pleno empleo de lo que sugieren los titulares. Para quien interpreta los datos —y para quien toma decisiones de política monetaria sobre ellos—, asumir que hay una bolsa de empleo informal de este tamaño cambia la lectura del «slack» que de verdad queda en el sistema.

Quiénes son y por qué lo hacen

El retrato del trabajador gig es bastante nítido. Comparado con el empleo tradicional, tiende a ser más joven, con mayor presencia femenina, más a tiempo parcial y con más probabilidad de tener varios trabajos a la vez. Los datos de Gridwise —una app que permite a los conductores y repartidores comparar lo que ganarían en cada plataforma— muestran que dedican unas 14 horas semanales de media al gig y cobran alrededor de 18 dólares por hora.

La motivación importa tanto como las cifras. Cerca del 50% de los trabajadores gig declara que lo hace para ganar un dinero extra encima de su empleo o de otra fuente regular de ingresos; solo el 15% lo considera su fuente principal de renta. El gig, para la mayoría, es complemento, no sustituto. Y eso se nota en la retribución: por hora trabajada, los trabajadores gig ganan entre el 50% y el 65% de lo que ganarían en un empleo tradicional comparable. La brecha varía mucho por actividad —el VTC paga casi como conducir para un empleador convencional, mientras que el reparto se queda en torno a dos tercios—, pero la dirección es siempre la misma: más flexibilidad, menos remuneración por hora. Puesta en perspectiva, la cifra es elocuente: a través del conjunto de las apps de gig, los trabajadores ganan en torno a la mitad de la retribución media por hora de toda la economía.

Y aquí conecta con el motivo de fondo por el que la pregunta del colchón importa tanto. La investigación académica reciente —Ganong y coautores, en un working paper del NBER de septiembre de 2025— documenta que muchos trabajadores de rentas bajas sufren una elevada volatilidad de ingresos por culpa de cambios impredecibles en las horas que les asigna su empleador. Para ese perfil, una fuente de ingresos con barrera de entrada baja y disponible bajo demanda no es un lujo: es gestión de tesorería doméstica, un grifo que se abre la semana que la nómina se queda corta.

¿Amortigua de verdad el ciclo?

Llegamos a la pregunta del millón. Si el mercado laboral se debilita, ¿ofrece el gig una red de seguridad con barrera de entrada baja para quien pierde el empleo o ve recortadas sus horas? Los datos dicen que algo hace: el 20% de quienes sufrieron un recorte de sueldo, perdieron el trabajo o vieron reducida su jornada en los dos años previos respondieron incorporándose al trabajo gig.

Y los indicadores de alta frecuencia de 2025 confirman que el colchón aguantó. Pese al enfriamiento del mercado laboral en la segunda mitad del año, la demanda de servicios de plataforma —los consumidores que piden VTC o reparto— se mantuvo firme, y las horas trabajadas en las plataformas crecieron más en las ciudades donde el empleo se desaceleró, justo lo que cabría esperar si la gente está usando el gig para amortiguar la pérdida de ingresos. Hay incluso un ángulo de inmigración revelador: el crecimiento de los salarios gig fue más fuerte en las áreas metropolitanas con mayor peso inmigrante, señal de que el endurecimiento de la política migratoria de 2025 tensionó la oferta de trabajadores precisamente donde más se apoya en ellos esta economía. Las estimaciones disponibles apuntan, de hecho, a que entre el 20% y el 50% de los inmigrantes hace algún trabajo gig, lo que explica esa sensibilidad geográfica.

Exhibit 9 (Goldman Sachs): usuarios activos semanales en las plataformas (índice ene-2021 = 100). La demanda de servicios gig por parte de los consumidores (línea clara) aguantó durante 2025 pese al enfriamiento del mercado laboral, mientras que la oferta de trabajadores en plataformas (línea oscura) no llegó a dispararse.

La lectura de Maya

El informe de Goldman es honesto con el límite del argumento, y nosotros también deberíamos serlo. El gig amortigua en tiempos buenos, pero no sostendría a todos los que perdieran el empleo en una recesión, por una razón sencilla y poco consoladora: la demanda de reparto y de VTC cae cuando la economía se debilita y los consumidores dejan de gastar de más en gastos de envío o en una carrera. El colchón existe justo mientras menos se necesita y se deshincha cuando llega el golpe de verdad. Lo que sí puede hacer es repartir el trabajo disponible entre más gente —menos ingresos por persona, pero más personas con algún ingreso—, que es una forma de amortiguación, aunque pobre.

Para nuestra lectura macro, la conclusión operativa es doble. Primera: hay que tomarse con prudencia las cifras de empleo y de actividad tal y como salen publicadas, porque dejan fuera una bolsa de trabajo informal de un tamaño nada trivial; el mercado laboral real probablemente tiene menos holgura de la que sugiere la foto oficial. Y segunda: el gig es un buen termómetro de tensión, no un sustituto del empleo estable. Cuando las horas de plataforma suben donde caen las nóminas, no es una buena noticia disfrazada de flexibilidad —es gente buscando ingresos donde puede. Conviene no confundir el termómetro con la cura.