Hay informes que esconden su tesis entre matices y otros que la gritan desde la portada. El Global M&A Outlook 2026 del banco de inversión de Goldman Sachs pertenece a la segunda clase: se titula Think Big, Build Bigger —"piensa a lo grande, construye más grande"— y no deja lugar a dudas sobre su mensaje. Tras años de sequía relativa en las fusiones y adquisiciones, el banco que más asesora estas operaciones en el mundo ve 2026 como el año en que la actividad corporativa se desata, empujada por una fuerza que lo está cambiando todo: la inteligencia artificial.

El informe se abre con una carta de Stephan Feldgoise, co-responsable global de fusiones y adquisiciones del banco, que lleva casi tres décadas asesorando a empresas "a lo largo de todo su ciclo de vida corporativo". Su lectura es la de alguien que ha visto muchos ciclos: 2026, sostiene, no es un año más de recuperación, sino el inicio de una transformación profunda en la que las compañías reorganizan sus carteras de negocios para adaptarse a un mundo nuevo. Conviene, eso sí, leerlo con la cautela debida, porque Goldman gana dinero cuando hay fusiones y su entusiasmo no es exactamente desinteresado.

Fusiones en máximos, y los megadeals disparados

La fotografía del mercado es la de un mundo que ha vuelto a comprar y vender empresas a un ritmo frenético.

Crecimiento interanual de los volúmenes de fusiones y adquisiciones por región: volúmenes totales (Total Volumes YoY), megaoperaciones (Mega M&A Volumes YoY) y operaciones de patrocinadores financieros (Sponsor M&A Volumes YoY). En América (AMER) los totales crecen un 45% y las megaoperaciones un 108%; en Europa (EMEA), un 38% y un 241%; en Asia-Pacífico (APAC), un 43% y un 385%. Figura 1. Crecimiento interanual de los volúmenes de M&A por región y tipo — Fuente: Dealogic (datos a 30 de noviembre de 2025), Goldman Sachs.

Los números son contundentes. Los volúmenes totales de M&A crecen a doble dígito en las tres grandes regiones del mundo —un 45% interanual en América, un 38% en Europa y Oriente Medio, y un 43% en Asia-Pacífico—, situando la actividad cerca de máximos históricos. Pero el dato verdaderamente llamativo está en las megaoperaciones, las de mayor tamaño: se han más que duplicado en América (+108%), se han más que triplicado en Europa (+241%) y casi se han quintuplicado en Asia-Pacífico (+385%). No es que se hagan más operaciones, es que se hacen operaciones mucho más grandes. La era del megadeal ha vuelto, y con ella la lógica del informe: en un mundo que se transforma a toda velocidad, las empresas buscan ganar escala para no quedarse atrás. El apetito de los patrocinadores financieros —los fondos de capital privado— acompaña, con crecimientos de entre el 38% y el 59% según la región.

¿Por qué ahora? Goldman apunta a una conjunción de factores: la perspectiva de un coste del capital a la baja conforme la Reserva Federal recorta tipos, un entorno regulatorio más permisivo con las grandes operaciones en Estados Unidos y, sobre todo, la urgencia estratégica que impone la inteligencia artificial. Cuando una tecnología amenaza con redefinir sectores enteros en pocos años, esperar puede salir más caro que comprar. La escala deja de ser una ambición para convertirse en una defensa.

El motor: un 'superciclo de innovación'

¿Qué hay detrás de semejante explosión? Goldman lo tiene claro: un "superciclo de innovación" en el que la inteligencia artificial actúa como gran catalizador.

Resultados de la encuesta de Goldman Sachs a 600 clientes corporativos y patrocinadores financieros, realizada en noviembre: el 57% cree que el foco en la escala y el crecimiento estratégico será el principal factor que impulse sus decisiones de fusiones y adquisiciones, y el 51% considera que la inteligencia artificial tendrá un impacto entre moderado y alto en su estrategia de M&A en 2026. Figura 2. Encuesta global de M&A 2026: las cifras — Fuente: Goldman Sachs (encuesta a 600 clientes, noviembre de 2025).

Para tomar el pulso al sentimiento, el banco encuestó en noviembre a 600 directivos de empresas y de fondos. Los resultados respaldan su optimismo: el 57% espera que la escala y el crecimiento estratégico sean el factor principal de sus decisiones de fusiones en 2026, y el 51% cree que la inteligencia artificial tendrá un impacto entre moderado y alto en su estrategia. No es retórica: la magnitud de la inversión en IA es colosal. Goldman recuerda que el gasto de capital de los grandes hiperescaladores estadounidenses —los Amazon, Microsoft, Google o Meta— promedió la friolera de 760.000 millones de dólares entre principios de 2024 y el tercer trimestre de 2025. Ese tsunami de inversión no se queda en los centros de datos: se propaga por toda la cadena de valor —semiconductores, energía, refrigeración, infraestructura— y obliga a las empresas a comprar capacidades, talento y tecnología que no pueden construir lo bastante rápido por sí solas. Comprar se convierte, así, en la forma más veloz de no quedarse fuera de la revolución.

Ese efecto dominó explica buena parte de las megaoperaciones del año. Las compañías de semiconductores, de energía y de infraestructura digital se han convertido en objetivos codiciados, y la competencia por hacerse con ellas ha disparado los precios. La IA no solo crea nuevas empresas; reorganiza el mapa de las que ya existían, obligando a sectores enteros —de las eléctricas a los fabricantes de chips— a repensar su tamaño y sus alianzas. Es la definición misma de un superciclo: una fuerza que no afecta a un sector, sino a casi todos a la vez.

Romper para crear valor

No todo en el mundo de las fusiones consiste en sumar; a veces, el valor está en restar. El informe dedica un capítulo a las separaciones corporativas, y el motivo es un viejo conocido de los mercados: el "descuento de conglomerado". Las empresas demasiado diversificadas, que mezclan negocios dispares bajo un mismo paraguas, suelen cotizar en bolsa por debajo de la suma de sus partes, porque los inversores penalizan la falta de foco. Ese descuento persiste en 2025 como ha persistido durante la última década, y la respuesta de las grandes corporaciones es cada vez más clara: separar, escindir y desinvertir para que cada negocio cotice por lo que realmente vale. Es la otra cara de la moneda del "construir más grande": a veces, para crear valor hay que partir en dos. Y, paradójicamente, esas separaciones alimentan también la actividad de M&A, porque los negocios escindidos se convierten con frecuencia en objetivos de compra para otros. Es, en el fondo, una doble vía para crear valor: las empresas se hacen más grandes donde tiene sentido escalar y más pequeñas y enfocadas donde la dispersión penaliza. Lejos de contradecirse, fusionar y escindir responden a la misma lógica de poner cada negocio en su sitio óptimo.

El capital privado reordena el tablero

La última gran fuerza que dibuja Goldman es la del capital privado, que ha dejado de ser un actor secundario para convertirse en protagonista. El dato más visible es el auge de las exclusiones de bolsa: los volúmenes de operaciones para sacar empresas cotizadas del parqué y llevarlas a manos privadas (take-privates) crecen un 31% interanual. Cada vez más compañías concluyen que la presión trimestral del mercado público no compensa, y prefieren reestructurarse lejos de los focos. A ello se suma una herramienta que se ha vuelto omnipresente: los "vehículos de continuación", que permiten a los fondos de capital privado conservar sus mejores activos más tiempo —en lugar de venderlos por obligación al cumplirse el plazo del fondo— y, a la vez, ofrecer liquidez a los inversores que quieren salir. El resultado es un mercado donde el dinero privado financia operaciones cada vez mayores, y donde Estados Unidos sigue anclando el grueso de ese capital. Más de la mitad de los directivos encuestados reconoce que su acceso al capital privado influirá de forma moderada o alta en sus decisiones de fusión en 2026.

Esta omnipresencia del dinero privado tiene una consecuencia importante para el inversor particular: una porción creciente de la creación de valor empresarial ocurre hoy fuera de la bolsa, en manos de fondos a los que la mayoría de los ahorradores no tiene acceso directo. Es la misma corriente de fondo que está detrás del auge de los fondos evergreen y del debate sobre la democratización de los mercados privados. El centro de gravedad de las finanzas se desplaza, poco a poco, de lo cotizado a lo privado.

Para el inversor de largo plazo, un mercado de fusiones desbocado es una señal de doble filo. Por el lado positivo, refleja confianza: las empresas no acometen operaciones transformadoras de miles de millones si temen una recesión inminente, de modo que el boom del M&A es, en cierto modo, un voto de confianza en el ciclo. Por el lado de la cautela, la historia enseña que los picos de megafusiones —como el de 2000 o el de 2007— han tendido a coincidir con la euforia tardía de los mercados, y que muchas de esas operaciones gigantes, pagadas a precios de optimismo, acabaron destruyendo valor en lugar de crearlo. "Pensar a lo grande" es una estrategia legítima en un mundo que premia la escala; pero, como siempre, el precio que se paga por construir más grande será lo que decida, años después, si la apuesta valió la pena.

Para una cartera bien diversificada, el auge de las fusiones tiene además un efecto práctico inmediato: las empresas opadas suelen subir con fuerza, lo que premia a quien ya estaba dentro, mientras las compradoras a menudo sufren si el mercado juzga que han pagado de más. En un año de megadeals, distinguir entre presa y depredador vuelve a ser una de las claves para acertar. Y, por encima de las operaciones concretas, el mensaje de fondo es el de una economía en plena reorganización: la inteligencia artificial está obligando a las empresas a redibujar sus fronteras, y ese proceso —comprando, vendiendo, fusionando y escindiendo— definirá los líderes de la próxima década tanto como la propia tecnología.