El McKinsey Global Institute (MGI) publicó en febrero de 2026 este artículo sobre el balance nacional del Reino Unido, firmado por Anna Kortis, Jan Mischke, Michael Birshan y Tera Allas, con Carlo Tanghetti y Rebecca J. Anderson. Es la aplicación al caso británico del informe global Out of balance: What's next for growth, wealth, and debt? (octubre de 2025), y resulta especialmente interesante porque el Reino Unido es el laboratorio perfecto de una tesis que MGI lleva años desarrollando: la del "balance global" desanclado de la economía real. De hecho, el caso británico añade un capítulo que el informe global solo esbozaba: qué pasa cuando la corrección llega de verdad, y quién paga la factura.
Dos décadas de riqueza de papel
El punto de partida es global. Desde 2000, la riqueza mundial creció de $200 billones a $600 billones, y los activos globales pasaron de 6,0 a 7,5 veces el PIB. El problema no es el crecimiento en sí, sino su composición: los hogares del mundo ganaron unos $400 billones de riqueza entre 2000 y 2024, pero más de un tercio de ese aumento fue "riqueza de papel" —revalorización de activos desacoplada de la actividad económica real—. La aritmética que resume el período es contundente: cada dólar de inversión generó 2 dólares de deuda y 4 dólares de riqueza.
Figura 1. Cada dólar de inversión global generó $2 de deuda y $4 de riqueza entre 2000 y 2024 — Fuente: McKinsey Global Institute.
La descomposición de la barra derecha del gráfico es la clave de todo el artículo: del crecimiento de la riqueza de los hogares globales entre 2000 y 2024, solo el 29% corresponde a inversión neta acumulada —lo único que construye capacidad productiva—. Un 39% es inflación general y un 36% es revalorización de activos por encima de la inflación: riqueza de papel en estado puro. Cuando los precios de los activos suben más deprisa que la economía que los sustenta, la creación de riqueza se vuelve cada vez más financiera y menos productiva. Esa es la frase que define el informe.
El Reino Unido es un ejemplo extremo de este patrón. La riqueza de los hogares británicos se multiplicó por 2,5 en términos nominales en 25 años, impulsada por subidas de precios de activos significativamente mayores que las de las economías europeas comparables, antes de la Gran Recesión y de nuevo en la segunda mitad de los 2010.
La corrección: necesaria, pero carísima para los hogares
Lo que distingue al Reino Unido de casi todos sus pares es que su corrección ya ha ocurrido. La inflación persistente desde 2020 —la más alta del G7 en algunos tramos, según cita el propio informe— y la subida de tipos de interés deshicieron buena parte de las ganancias de papel. El gráfico en cascada que descompone el patrimonio neto de los hogares británicos entre 2000 y 2025 es, a nuestro juicio, el mejor del documento.
Figura 2. El patrimonio de los hogares británicos: creación de riqueza de papel hasta 2020 y reversión posterior — Fuente: McKinsey Global Institute.
Léase con calma porque condensa 25 años de historia económica británica. De 2000 a 2020, el patrimonio neto de los hogares pasó de £4,4 a £11,5 billones; de ese aumento, solo £1,1 billones fueron inversión neta, mientras que £2,8 billones fueron inflación general y £3,3 billones revalorización adicional de activos. De 2020 a 2025, la dinámica se invierte: la inflación añade £3,0 billones nominales, pero la corrección de precios de activos resta £4,3 billones, y el patrimonio cae a £10,6 billones estimados. En términos reales, el resultado es brutal: los hogares británicos perdieron casi £4 billones de riqueza real, un 25% de media por persona.
Los dos grandes responsables son el inmobiliario y las pensiones. El inmobiliario —que pesa un 60% de la riqueza de los hogares británicos, frente a un 50% global y un 40% en EE.UU.— cayó de 2,8 veces el PIB en 2020 a 2,1 veces en 2025. Y las pensiones, el mayor activo financiero de las familias británicas, pasaron de 2,1 a 1,0 veces el PIB: en términos nominales, de £4,4 a £3,1 billones, un 30% menos, por el desplome de precios de los bonos de larga duración que tienen los fondos de pensiones cuando subieron los tipos (con el matiz técnico, que el informe detalla, de que unos £600.000 millones de esa caída son contabilidad de pensiones de prestación definida, no pérdida directa de los partícipes).
A cambio, el balance ha quedado más saneado. La deuda corporativa y de los hogares está en mínimos de más de dos décadas relativa al PIB (en torno al 60% y al 75%, respectivamente), la ratio deuda/activos de las empresas no financieras bajó del 40% al 30% entre 2020 y 2025, y la renta variable cotiza a 1,8 veces el PIB, en línea con su media histórica 1970-2024 y lejos del pico de 2,4 veces de finales de los noventa. Hubo desapalancamiento real, no solo dilución por inflación.
Un balance corregido… en un país descapitalizado
Aquí llega la segunda parte de la tesis, y la más incómoda para Londres: la corrección ha reducido el riesgo de un reset brusco, pero no ha resuelto el problema de fondo, que es la escasez crónica de capital productivo. El stock británico de maquinaria, infraestructura y propiedad intelectual es inferior al 80% del PIB, frente al 100-110% de las economías europeas comparables.
Figura 3. El capital productivo británico lleva 45 años por debajo del de sus pares — Fuente: McKinsey Global Institute.
El gráfico es elocuente: la línea británica no se ha cruzado con las de Francia, Alemania, EE.UU. o la eurozona ni una sola vez desde 1980. En 2025, el capital productivo británico es 0,78 veces el PIB frente a 1,04 de Alemania, 1,05 de la eurozona, 1,06 de EE.UU. y 1,14 de Francia. El trabajador británico opera con aproximadamente un tercio menos de capital por hora trabajada que sus pares, y estimaciones con definiciones amplias de capital sitúan la brecha en unos £2 billones en 2019. Ese capital shallowing —el capital creciendo más despacio que las horas trabajadas desde 2010— es, según el informe, un factor material del estancamiento de la productividad británica de los últimos 10-15 años. Los síntomas acompañan: I+D en el 2,6% del PIB, y formación bruta de capital fijo del 18% del PIB en 2000-25, frente al 21% de EE.UU. y el 22% de Francia y Alemania.
A esto se suman dos rasgos estructurales. Primero, el ahorro de los hogares está sesgadísimo hacia el ladrillo: la renta variable pesa solo un 11% de la riqueza de las familias británicas, frente al 14% en Francia, el 15% en Alemania y el 35% en EE.UU. Segundo, el Estado tiene poco margen: la deuda pública a valor facial ronda el 100% del PIB, muy por encima del 85% medio de los 2010.
Cuatro escenarios: ganar £35.000 o perder £15.000 por cabeza
El cierre del artículo aterriza los cuatro escenarios del informe global de MGI al caso británico, y la horquilla de resultados es enorme.
Figura 4. Cuatro escenarios 2025-33 para la riqueza y el crecimiento británicos — Fuente: McKinsey Global Institute.
En el escenario de aceleración de la productividad, el PIB real crece al 1,4% anual y cada británico gana £35.000 de riqueza real per cápita hasta mediados de los 2030 (un 20% más que las £155.000 actuales). En el extremo opuesto, el balance sheet reset —recesión prolongada con caída adicional de precios de activos— combina un PIB real retrocediendo al −0,4% anual con una pérdida de £15.000 per cápita. Entre medias, dos escenarios mediocres que curiosamente acaban en el mismo sitio (+£15.000): la inflación sostenida, con crecimiento decente (0,8%) pero poca creación de riqueza real, y el estancamiento secular (0,1% de crecimiento), que recrearía la riqueza de papel de la era pre-2020 con sus mismos desequilibrios.
Las recetas de MGI son dos. Una, reconstruir el stock de capital productivo: acelerar inversión pública y privada en infraestructura, maquinaria y tecnología, atraer inversión extranjera directa, agilizar permisos, abaratar la energía y facilitar el acceso a capital de las empresas en crecimiento (el Banco de Inglaterra documenta que las scale-ups con activos intangibles son las que más sufren para financiarse). Y dos, reconectar los mercados de capitales con la economía real: redirigir el ahorro desde activos de baja productividad hacia usos productivos, tocando desde la asignación de los fondos de pensiones hasta los incentivos al inversor minorista —el informe cita como ejemplo prometedor la reforma de las ISA de diciembre, que mantuvo el régimen fiscal favorable para acciones y bonos pero lo limitó para depósitos.
Nuestra lectura
El artículo tiene una virtud poco habitual en este género: cuantifica con honestidad el coste distributivo de "sanear" un balance vía inflación. La macro agregada del Reino Unido ha mejorado —menos deuda, valoraciones más razonables, menos riqueza de papel—, pero el mecanismo de ajuste fue un impuesto inflacionario del 25% sobre la riqueza real de las familias, concentrado en pensiones e inmobiliario, los dos activos del ahorrador conservador. Es un recordatorio de que los desequilibrios de balance acaban pagándose, y de que la factura rara vez recae sobre quien generó el desequilibrio. Para el inversor de largo plazo, la lección es doble: la inflación es el riesgo patrimonial más corrosivo precisamente porque no aparece en los extractos nominales, y la composición del patrimonio —cuánto ladrillo, cuánta duración, cuánta renta variable productiva— importa tanto o más que su cifra total. El sesgo británico hacia el inmobiliario y los bonos largos de las pensiones convirtió una corrección macro en una pérdida personal de £15.000-35.000 por cabeza según el escenario que viene. Diversificar entre fuentes de riqueza reales y productivas no es una sofisticación: es la diferencia entre los escenarios del gráfico final.
