Llevo unos días dándole vueltas a una de esas contradicciones que, cuando uno la mira de frente, dice mucho más sobre el futuro de un sector que cualquier titular. La acaba de poner negro sobre blanco McKinsey en su Global Banking Annual Review 2026, subtitulado Precision with speed: la banca mundial firmó en 2025 el mejor año de su historia y, al mismo tiempo, sigue siendo la industria peor valorada de toda la bolsa. Las dos cosas a la vez. Y conviene entender por qué, porque ahí hay una lectura para el patrimonio que va mucho más allá de si tienes o no acciones de un banco en cartera.
Un récord que la bolsa mira con desconfianza
Empecemos por los números buenos, que son de verdad buenos. El beneficio neto de la banca global subió a 1,3 billones de dólares en 2025, un 7% más que el récord de 2024. De hecho, según McKinsey, la banca volvió a ser el sector que más beneficio neto generó de toda la economía. Los balances (depósitos, préstamos y activos bajo gestión) crecieron un 6,5%, y los bancos apartaron otros 853.000 millones de dólares de flujo de caja libre excedente. Es la foto de una industria que florece.
Y sin embargo, miremos al otro lado. Los ratios de valoración de la banca —el price-to-book (precio sobre valor contable) y el price-to-earnings (precio sobre beneficios)— llevan años rezagados respecto al resto de industrias. Y tras todo el éxito de 2024 y 2025, la brecha apenas se ha cerrado: la banca sigue teniendo, en palabras textuales del informe, el P/B y el P/E más bajos de cualquier industria. ¿Tiene sentido? Que un sector gane más que nadie y, a la vez, cotice peor que nadie es exactamente el tipo de señal a la que personalmente le doy mucha importancia.
La explicación, tal como yo la leo, es que el inversor está encantado con los resultados recientes pero no se cree la historia de crecimiento a largo plazo. Y los datos de fondo le dan munición: la rentabilidad sobre el capital tangible (ROTE) ha vuelto a bajar, de 12,4% en 2024 a 11,8% en 2025. McKinsey lo recuerda con una frase que es casi melancólica: el pico del año pasado es una sombra de los años verdaderamente grandes de la banca, 2003-2007, cuando el sector llegó a tocar el 20% de ROTE. Y nadie ha olvidado la década perdida de 2012-2021, cuando la industria sencillamente no creó valor real para el accionista.
Aquí hay una primera lección de planificación, y es una de las que repetimos en BISSAN hasta la saciedad: los beneficios contables de un año no son lo mismo que el valor que el mercado le reconoce a un negocio. El inversor mira hacia delante. Y lo que ve hacia delante, en la banca, no le acaba de convencer.
Cuando los márgenes se estrechan despacio pero sin pausa
¿Y por qué no se lo cree? Una parte de la respuesta está en los márgenes. McKinsey muestra que el margen de ingresos del sistema bancario (ingresos netos sobre balances) ha bajado de 0,97% en 2024 a 0,94% en 2025. Es poca cosa en un año, sí. Pero cuando uno se aleja y mira el gráfico desde el año 2000, la película es otra: el margen tocó techo en torno a 1,17% a principios de los 2000 y desde entonces no ha hecho más que descender, con sus altibajos, hasta el 0,94% actual. La buena noticia es que los costes también han mejorado mucho —el ratio coste/activos ha caído de un dantesco 3% en el año 2000 al 1,23% de hoy—, pero esa eficiencia ha servido sobretodo para compensar la erosión del margen, no para ensancharlo.

De hecho, hay un cambio más profundo en el modelo de negocio que el gráfico de márgenes no muestra del todo. McKinsey calcula que el sistema financiero global mueve ya 468 billones de dólares, pero la parte que está dentro del balance de los bancos se ha encogido: del 44% en 2022 al 40% en 2025. Dicho de otra forma, cada vez más dinero pasa por el sistema sin tocar el balance del banco. Y eso importa, porque el balance era precisamente el terreno donde el banco tradicional jugaba con ventaja. Las áreas que ganan peso —banca transaccional y distribución— son justo las que tienen más competencia y más disrupción. Así pues, la banca gana mucho dinero, sí, pero lo gana en un terreno que se mueve bajo sus pies.
La frontera que Revolut y Nubank acaban de romper
Y aquí entra la parte que de verdad me parece relevante para entender hacia dónde va esto. Durante veinte años los fintechs fueron, en palabras de McKinsey, poco más que una molestia para la banca establecida. Una molestia, no una amenaza. Pues bien, en 2025 la molestia se convirtió en algo más serio.
Pensemos en lo que cuenta el informe. Si comparamos los 1.000 mayores bancos del mundo con los 1.000 mayores fintechs por valoración, los fintechs ya representan el 17% de los ingresos conjuntos, frente al 10% que pesaban en 2021. Sus ingresos crecieron un 22% entre 2021 y 2025, mientras los de los bancos lo hicieron un 5%. Y el mercado lo ha visto: esos 1.000 fintechs valen ya cerca del 37% de la capitalización bursátil de los mil grandes bancos, muy por encima de su peso en ingresos. El inversor, una vez más, mira hacia delante.
Pero el dato que de verdad rompe los esquemas es otro. Durante décadas los bancos han aspirado a colocarse en un punto óptimo de la frontera entre crecimiento y rentabilidad: o creces mucho sacrificando rentabilidad, o eres muy rentable a costa de crecer despacio. Revolut y Nubank han hecho saltar esa frontera por los aires. Revolut tiene ya 69 millones de clientes, es el undécimo banco más valioso de Europa, y opera con un ROE de en torno al 35%. Nubank suma 131 millones de clientes, es el banco más valioso de Latinoamérica, y ronda el 30% de ROE. Para que nos hagamos una idea de la eficiencia: lo hacen con plantillas de 12.000 y 10.000 personas respectivamente, una fracción de lo que necesita un banco tradicional comparable.

El gráfico es elocuente: las flechas de Revolut y Nubank se disparan hacia la esquina superior derecha, mucho más allá de la zona sombreada donde McKinsey dibuja la curva habitual de los bancos de toda la vida. No es la vieja historia del crecimiento a cualquier precio, esa que tantas veces ha terminado mal. Es crecimiento con rentabilidades superiores a las de la mayoría de bancos consolidados. Y eso es, sencillamente, otra cosa.
El activo que nadie creía que se pudiera tocar: la confianza
Si me detengo a pensar dónde está la verdadera vulnerabilidad de la banca, no es en el margen ni en el balance. Es en algo más difícil de cuantificar y, precisamente por eso, más valioso: la confianza. McKinsey recuerda un detalle bonito —la palabra crédito viene del latín creditum, «algo confiado a otro»—, y durante siglos esa confianza ha sido el cemento que ataba al cliente con su banco. Las relaciones bancarias son complejas, son «pegajosas», cuesta cambiarse, y la mayoría de ingresos del banco vienen de stocks de activos y pasivos ya existentes, no de negocio nuevo. Por eso el banco podía permitirse ir despacio.
Pues bien, ese cemento se está agrietando. Por primera vez, según la encuesta de McKinsey a clientes europeos, los fintechs no solo dan más satisfacción que los bancos, sino que también lideran en confianza, el privilegio histórico de la banca de toda la vida. En satisfacción neta del cliente, los fintechs puntúan 39 frente a 15 de los bancos: 24 puntos de ventaja. Y en confianza —el dato que de verdad me hizo levantar la ceja— los fintechs sacan 8,3 sobre 10 frente al 7,9 de los bancos, cuatro décimas por encima.

Cuatro décimas no parecen mucho. Pero conviene entender lo que significan: durante generaciones, la confianza fue el último foso del banco, lo que quedaba en pie aunque el fintech tuviera mejor app o comisiones más bajas. Que ese foso se haya cruzado es, a mi juicio, el dato más importante de todo el informe.
Y la brecha generacional lo agrava. McKinsey cita que un 65% de la Generación Z se plantearía probar un proveedor de monedero electrónico, frente a solo un 30% de los boomers. La banca había sobrevivido a la llegada de internet y del smartphone con una estrategia que el informe llama, con sorna, smart followership: adoptar tarde, ir detrás, porque sus clientes más valiosos (los mayores de 55) también adoptaban tarde. Eso le daba un periodo de gracia. Desgraciadamente para los bancos, esta vez no habrá periodo de gracia: la adopción de la IA generativa es la más rápida de cualquier tecnología en la memoria reciente —del 45% de la población activa estadounidense en 2024 al 55% en 2025—, y jóvenes y mayores están entrando casi al mismo ritmo. Cuando la IA agéntica permita a cualquiera mover su dinero al depósito mejor remunerado de forma automática, ese margen de intermediación que el banco daba por descontado deja de estar garantizado.
Qué nos dice todo esto para el patrimonio
Llegados aquí, ¿qué hacemos con esta información quienes nos dedicamos a cuidar patrimonios? Saco tres lecturas, y las tres tienen que ver más con cómo pensamos que con qué acción concreta tomamos hoy.
La primera es que beneficio récord y mala valoración pueden convivir mucho tiempo, y a menudo el mercado tiene razones. La banca lleva años «barata» por P/B y por P/E, y comprar algo barato porque está barato —sin entender por qué lo está— es uno de los errores más caros que existen. El value mal entendido es una trampa. Aquí el descuento refleja un escepticismo de fondo sobre la capacidad de la industria de crear valor a largo plazo, no una simple ineficiencia que el mercado vaya a corregir mañana. Dicho esto, no toda la banca es igual: el propio informe muestra modelos regionales muy distintos, con norteamericanos más desintermediados, nórdicos eficientes, y emergentes con dinámicas propias. La precisión, como siempre, manda.
La segunda lectura es que la disrupción de verdad no siempre llega por donde uno mira. Durante años se anunció la muerte de la banca por la crisis de 2008, por las grandes plataformas tecnológicas, por la primera oleada de fintechs. Y no pasó. El propio McKinsey reconoce, con honestidad, que ellos mismos esperaban esa disrupción antes de tiempo. Tardó más de lo previsto, como casi todo en una industria tan regulada. Pero cuando una tendencia tarda en llegar, es fácil concluir que no llegará nunca, y ese es precisamente el momento en que conviene no bajar la guardia. El punto de inflexión, según McKinsey, llegó en 2025.
Y la tercera, quizá la más útil para una familia: la verdadera ventaja competitiva, en banca y en casi todo, es intangible. Es la confianza. Cuando el activo más difícil de construir empieza a erosionarse, da igual lo bueno que sea el último trimestre. Es la misma idea que defendemos en BISSAN cuando decimos que riesgo no es lo mismo que volatilidad: lo que pone en peligro un patrimonio a largo plazo no es el vaivén de las cotizaciones de un trimestre, sino el deterioro silencioso de las cosas que de verdad sostienen un negocio (o una cartera). McKinsey lo resume en una idea: los bancos deben aprender a moverse a varias velocidades a la vez, manteniendo la prudencia en el núcleo y acelerando en los bordes. Suena sensato. Pero es difícil, porqué pide a una tortuga que aprenda a correr como una liebre sin dejar de ser tortuga.
¿Tendrán éxito? El tiempo dirá. Lo que sí parece claro es que la vieja receta —ir despacio y esperar a que la amenaza se canse— ha dejado de funcionar. Y eso, para quien tiene parte de su patrimonio expuesto al sector, no es un detalle menor.
